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Ortega: Consumando la Dictadura

Redacción
03 de agosto, 2016

Por Julio Oliva

Ilegal, arbitrario, tiránico, inconstitucional, autocrático. Súmele otros epítetos más y aun así no podrá terminar de calificar la barbarie política llevada a cabo la semana pasada en Nicaragua por el régimen Murillo-Orteguista. Un golpe de estado técnico se realizó cuando el Consejo Supremo Electoral (CSE), un ente satélite del ejecutivo, ordena la destitución de dieciséis diputados propietarios y doce diputados suplentes electos en 2011 bajo la casilla de la Alianza Partido Liberal Independiente. De esta manera, el oficialismo coopta un poder legislativo en donde ya contaba con 62 de los 91 escaños.

Con esta maniobra pseudo-legal, se perpetra la estrategia oficialista para intimidar y callar a cualquiera que ose adversar o cuestionar al poder. Contando ya con las cortes, el poder electoral y ahora el legislativo, Ortega continúa en su escalada de poder.

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Y así, con un decreto, Daniel Ortega terminó de cargarse a una ya moribunda democracia en Nicaragua –una democracia que ya carecía de espacios para la disensión política, derecho de protesta y con aparato estatal cuya maquinaria de propaganda clientelar copa todas las esferas. En resumen, un virtual partido único en el poder cuyas filas llenan todos los poderes del estado: no hay contrapeso que valga. La república ha muerto, ha nacido una dictadura.

O quizás ya había nacido, pero sólo faltaban los formalismos. Ante tanto abuso, ante tanto descaro, ante tanto resquebrajamiento institucional se preguntarán nuestros hermanos nicaragüenses,  ¿para qué votar en las próximas elecciones generales de noviembre? ¿para qué asistir a una farsa electoral?

Recordemos que Ortega ha removido el derecho a la observación electoral independiente y se ha excluido a la oposición real en las papeletas. Nicaragua así, se une al listado de países que irrisoriamente claman, insultando así nuestra inteligencia, de contar con regímenes democráticos sólo por el hecho de que “existen elecciones”.

            Un régimen personalista, sediento de su perpetuación total –no sólo por el poder político que implica sino por la consolidación de fortunas amasadas a costas de estructuras bolivariana-mercantilistas que han forjado los pilares de una nueva casta patrimonial y rentista. Un régimen que, con Rosario Murillo como candidata y virtual vicepresidente, se prepara para la sucesión familiar en el poder –el último estoque en esta triste saga del secuestro del país.

            Sorprende (o quizás no) el silencio de la comunidad internacional –una comunidad que vociferó cuando sucedió lo de Zelaya en Honduras o Lugo en Paraguay, pero que ha quedado en un total mutis con este arrebato a la democracia. Una democracia, eso sí, “a la carta”, solamente cuando conviene, dejando entrever esa hipocresía y doble discurso que maneja la clase política en todos los países.

            El Murillo-Orteguismo se perpetúa con más fuerza en el poder y consuma la dictadura. ¡Por más victorias! Dicen ellos. ¿Victoria para quién? ¿Para la nueva casta económico-política que han instaurado? El sandinismo nació para derrocar una dictadura. El orteguismo secuestró al sandinismo, e instauró la suya.

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