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Sembrando el futuro

Redacción
27 de septiembre, 2016

Por Luis Felipe Garran

“Quiero ser jardinero”. Con una gran sonrisa en el rostro, esto fue lo que me respondió un niño de una aldea de San José Pinula cuando le pregunté qué quería ser de mayor. Cursa tercero primaria y, además de ir a clases de lunes a viernes en la escuela pública de la aldea, cada dos sábados va al mismo establecimiento para recibir un pequeño refuerzo de matemática y lenguaje. Él quiere ser jardinero.
Cuando escuché su respuesta, y la ilusión con que me la dio, me sorprendí mucho, aunque más me sorprendí un par de horas después cuando pensé “¿Por qué eso ha de sorprenderme?” ¿Es en serio tan extraño que alguien, desde pequeño, aspire de forma convencida a dedicarse a la jardinería?
Guatemala es un país de demasiados contrastes. No es raro ver un conjunto de chabolas (o chambas, como me dicen que se dice) debajo del dos de los bloques de pisos más exclusivos de la Capital, ni a un BMW X6 esperando a que el semáforo se torne verde entre dos carros que una vez fueron de alguna marca coreana, pero que ahora tienen al óxido como principal “desarrollador”. Sin embargo, aunque lo material impone una gran barrera, es la forma de pensar de ciertos sectores el verdadero Muro de Berlín entre las clase sociales.
Yo me gradué de un buen colegio privado, y la mayoría de mis compañeros de aquella etapa pertenece a una clase acomodada. El listado de carreras que escogimos (sí, me incluyo) resulta repetido en la mayoría de alumnos de Guatemala pertenecientes al mismo estrato socioeconómico que nosotros; derecho, administración, ingeniería, arquitectura (periodismo no tanto, pero vamos a incluirlo). Aunque son carreras bien vistas, y mejor remuneradas, pocos hablan de ellas con la felicidad de aquel niño cuyo sueño es trabajar con la pala y la azada. Ninguno se decantó por un oficio.
Labores como la jardinería, la albañilería, la seguridad, etc., no son contempladas como opciones reales para la gente de las clases socioeconómicas media y alta; al parecer son “poca cosa” u “oficios de pobres”. Es verdad, son trabajos de pobres, pero porque nosotros hemos querido que así sean.
Un graduado de algún colegio privado de Carretera a El Salvador tiene dos opciones claras: ir a la universidad o tomar un empleo (de buen rango, normalmente) en la empresa de sus padres. No digo que eso sea algo malo, pero quizá no es lo que le corresponde a todos. Vivimos en una sociedad en la que si no eres licenciado, es mejor que seas ingeniero, porque solo los titulados tienen opciones reales.
Obviamente si alguien aspira a un puesto de oficina, lo mejor es que tenga algún título universitario, pero, ¿por qué todos tenemos que aspirar a un puesto de oficina? Ciertamente, tener la preparación intelectual para desempeñar trabajos como el de abogado o arquitecto implica un arduo proceso; cinco años (como mínimo) en la universidad, prácticas “poco amigables” en algún bufete, horas y horas invertidas en estudio que se descuentan del apartado de “sueño necesario”. Todo eso es muy cierto, y quien logra salir adelante en una profesión como esas se merece todo el reconocimiento del mundo, pero, ¿acaso no se lo merece también el jardinero?
Este niño de la aldea de San José Pinula, casi seguro, no irá a la universidad; posiblemente llegue hasta sexto primaria, o quizá hasta tercero básico. No estudiará cálculo, ni conocerá a los grandes literatos de la Antigua Grecia. Pero eso a él le da igual, él quiere ser jardinero. Tal vez no sepa diseñar una casa, ni se aprenda de memoria el código civil de Guatemala, pero sabrá escoger entre un producto u otro para sembrar; sabrá cuál es la mejor época del año para aplicar ciertos tratamientos a las plantas; podrá predecir las condiciones climáticas a partir del comportamiento de las nubes, o de las aves (eso no te lo enseñan en la escuela de leyes). No tendrá un despacho, pero sí un horario de hasta 12 horas al día. Su aire acondicionado será la brisa, cuando la haya, y al sol solo lo extrañará cuando no esté extrañando a la lluvia. Sus horas de sueño no quedarán enterradas en extensos tomos, sino en bellas orquídeas, arbustos de formas imposibles y fuentes relucientes.
A su manera, cada decisión tiene punto de dificultad que la hace admirable, pero solo una de las dos es reconocida como loable. No podemos pensar que un trabajo es inferior a los demás, cuando en realidad cumple una función igualmente importante para mantener el equilibrio de la sociedad. Melvin (que así se llama el niño) a ti te digo: “Adelante, hazte jardinero, lucha por ser el mejor en tu oficio, lo demás no está en tus manos, sino en nuestra mente”.

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