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Carta abierta a Aníbal Rojas (y otros 86 diputados)

Redacción
30 de septiembre, 2018

Recientemente muchos guatemaltecos vimos con horror cómo el Congreso de la República, en que ustedes ejercen cargo de diputados, aprobó el Punto Resolutivo 5-2018, en el que  “se rechaza categóricamente el ingreso al país de Marduk”. La aprobación del mismo ocurre dentro de un ambiente coyuntural que requiere de muchísimo profesionalismo y sabiduría para priorizar y discutir aquellos temas que deben prevalecer entendiendo que lo que sucede en el Congreso de la República es la construcción paulatina del ordenamiento jurídico guatemalteco. La ley, que procede del Organismo Legislativo, es la primera fuente de Derecho, según la Ley del Organismo Judicial.

Lo primero que llama la atención es que realmente la potestad de legislar no suele utilizarse en pro del “bien común”, que es fin supremo del Estado, sino como herramienta para defender intereses propios. Se ve clarísimo en la pugna de los grupos de poder que en pleno “lawfare” defienden sus intereses utilizando el aparato jurídico a conveniencia propia. Es entonces cuando debe defenderse “los valores espirituales y morales”.

Es en ese contexto que, con una evidente falta de priorización, muchos de ustedes han decidido dedicar valiosísimas horas de trabajo a aprobar un punto resolutivo que rechace el ingreso de un grupo musical por ser considerado blasfemo. En ese sentido, considero:

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  1. Existiendo tal falta de priorización, sucede que algo como esto resulta menos importante que otros asuntos de orden legislativo que el Congreso tiene pendientes. Hay muchísimas leyes por modificar y muchas otras por crear. Vamos, por ejemplo, 2 años atrasados en el compromiso de la Ley de Competencia, y 33 años atrasados en algunas reservas de Ley que hace la Constitución desde 1985 (la peligrosísima Ley de Aguas, por ejemplo). Eso sin mencionar los falentes sistemas de justicia, seguridad, salud (y una amplia gama de etcéteras). Cito un tweet de nuestro más reciente Premio Nacional de Literatura, Francisco Alejandro Méndez:

“Y entonces emitieron un decreto para prohibir la entrada al país a la mariposa monarca.

Nunca entendieron su nombre, menos sus alas de libertad, pero la percibieron como una amenaza para la paz en la que mueren 27 ciudadanos al día.”

En todo caso, entiendo perfectamente que la discusión sobre la Libertad de expresión es de suma importancia intelectual. Vamos, pues, a ello.

2. La libertad como derecho exige fundamentalmente el principio de no agresión: que al actuar en libre albedrío no exista limitación de los derechos fundamentales de otro individuo. En ese sentido, es preciso reconocer que en un contexto de verdadera libertad, la libre expresión no debe tener un límite impuesto en el que por más irracional que resulte lo expresado, quien emite sus “barbaridades” NO sea censurado, mientras sus acciones no limiten los derechos de quien pudiese llegar a ser víctima.

Albert Espuglas refiere que “todo individuo tiene derecho a discriminar a quien quiera en el ámbito privado, o a proferir opiniones intolerantes o controvertidas. La libertad ampara cualquier expresión de desprecio u odio al prójimo, lo mismo que ampara la contestación, la humillación y el ostracismo de los intolerantes”.

Supone esto nada más que una discriminación no-jurídica, que respete la igualdad de derechos aún cuando va acompañada del improperio más desagradable contra un individuo. Lo que no supone en absoluto, es la promoción de una cultura de odio, puesto que tal situación se encuentra al completo arbitrio del conjunto de individuos. El respeto y aprecio mutuos no pueden ni deben ser forzados, sabiendo que tan naturales son las diferencias entre uno y otro como el rechazo que las mismas causen. Este, al final, puede siempre repelerse a través de una tolerancia voluntaria y convencida, y nunca de la censura y la obligación de no ofensa del otro.

Ya que se habla de la familia, fue en la mía, una familia tradicional de padres profundamente católicos en que hace unos días se suscitó una discusión de casi dos horas sobre la libertad de expresión en el arte a raíz de la obra de Manolo Gallarado y, más al extremo, por el revuelo que unas pinturas consideradas como blasfemas de Rilda Paco o Richard Hamilton causaron en Bolivia y Perú.

Yo defendí el derecho de los artistas a expresarse, aún cuando ciertos grupos considerasen ofensivo aquello que se muestra. Sostuve en todo momento, como lo hago ahora, que aún el ejercicio del derecho en expresiones de intolerancia u ofensa hacia las creencias de los demás debe ser respetado puesto que no colisiona con ningún derecho del ofendido.

Considero asimismo que, toda vez que no podemos dotar al Estado de la potestad para decidir aquello que es moral, puesto que no es una autoridad moral, permitir que utilice el poder coercitivo bajo esa bandera resulta en violaciones arbitrarias de derechos.

Quienes discutíamos aquella vez convenimos al final, como concluyo yo hoy, que la mejor forma de luchar contra lo que un individuo o grupo de individuos considera como “bajeza moral” es utilizar esos mismos espacios de libertad de expresión para mostrar la validez del propio argumento y la debilidad del ajeno, nunca intentado que al otro se le niegue su derecho, sino ejerciendo el propio para validar una postura de manera pacífica y armónica.

Quienes aprobaron este punto de acta aducen que “no hay arte” en la expresión del grupo Marduk (que por cierto nunca he escuchado en mi vida), que atenta contra la ley y los deberes del Estado y que existen razones suficientes para prohibir su entrada. Invito pues, al diputado Aníbal Rojas o a cualquiera de los diputados que apoyaron el punto resolutivo, a un debate público en que podamos discutir los fundamentos filosóficos, estéticos, jurídicos y políticos de tal postura. Precisamente porque quiero ejercer mi derecho para validarla.

Pueden comunicarse conmigo a mi correo [email protected] o mi twitter @galvezh97.

Un respetuoso saludo.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo

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