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EL MÉTODO LITERARIO DE AYN RAND, 17a Parte

Warren Orbaugh
16 de octubre, 2018

En mi entrega anterior vimos a los superhombres randianos de la “Rebelión de Atlas”: “algo muy superior [al superhombre nietzscheano] y más asombroso que eso: son hombres normales –algo que el mundo jamás ha visto– y su hazaña es que han logrado sobrevivir como tales. Se necesita una mente excepcional y una integridad aún más excepcional para permanecer indemne a las influencias destructoras de cerebros de las doctrinas del mundo, el mal acumulado por siglos –para permanecer humano, ya que lo humano es lo racional.” [Ayn Rand. Atlas Shrugged. Signet, New York, 724]. Ahora le toca el turno a los villanos.

Empecemos con el hermano de Dagny, James Taggart,quien al inicio de la novela cuenta con treinta y nueve años y cuyo nombre significa “suplantador” y cuyo apellido que se deriva de tag”, significa “perseguir”. Es el principal villano de la novela, un nihilista motivado por la envidia a los competentes y el odio a lo bueno por ser lo bueno. Es la encarnación del prototipo del ‘hombre esclavo’ de Nietzsche: un humano débil y enfermizo, que sufre de resentimiento, un enconado odio a la vida generado por la sensación de impotencia ante una realidad amenazadora e irresistible; su resentimiento, traducido en envidia, lo motiva a buscar venganza en aquellos humanos superiores que no sufren como él; trata de traer a todo aquel que es superior, a su nivel de mediocridad, mediante la moral del esclavo o moral del rebaño, moral de negación del ego humano, moral de debilitamiento.

La mayoría de lectores visualiza a James como un hombre bajo, gordo y feo, a pesar de que la descripción actual de él es la de un hombre alto, delgado y aristocrático. Es sólo gracias a la habilidad de Rand, que los lectores lo visualizan inconscientemente como una criatura fea, una apariencia física que corresponde a su carácter. Porque es feo –psicológicamente. Es un hombre mediocre, que hereda el control de Taggart Transcontinental y cuya respuesta neurótica ante los problemas del ferrocarril que dirige es: “No me molesten, no me molesten, no me molesten.” Gradualmente vemos su desintegración psicológica hasta terminar en un estado catatónico. No puede enfrentar el hecho de que es un asesino por el deseo de asesinar”. La psicosis es, en última instancia, su único escape.

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James muestra su odio a la vida mediante su actitud suicida al tratar de obstaculizar cada intento de Dagny para salvar la compañía y su actitud asesina al usar sus conexiones en el gobierno para destruir a sus competidores. Su poder, riqueza, supervivencia y reputación se deben solamente a los heroicos esfuerzos de Dagny para salvar a Taggart Transcontinental. Cuando ella tiene éxito, finge ser él quien dirige y salva a la empresa buscando fraudulentamente el crédito que legítimamente le corresponde a Dagny.

Hace creer a su esposa Cherryl –que significa “querida”– Brooks –que significa “ranura–” una sencilla dependiente, que él es un gran hombre, el héroe que en realidad es Dagny. Cheryl es el carácter más trágico de “La Rebelión de Atlas”. No es particularmente brillante, no es una intelectual y no ambiciona tener una carrera. Es una chica de barrio pobre, de tugurios. Pero es íntegramente honesta, valiente e idealista. Al casarse con James y verse en una situación muy por encima de su status, se esfuerza para convertirse en lo que ella considera apropiado: una dama de alta sociedad. Estudia etiqueta con fervor, cultura y estilo con pasión, para convertirse en la mujer que merece James Taggart. Y lo consigue. La joven de barriada se convierte en una elegante y sofisticada miembro de la aristocracia rica. Aquí vemos como Rand revierte un cliché clásico. Parte de la obra de George Bernard Shaw, Pygmalion, adaptada al cine en 1964 como My Fair Lady”, e inventa una Eliza Doolitle que se transforma a sí misma, por propia iniciativa y esfuerzo, en una dama, aún en contra de la oposición de su ‘benefactor’, quien desea que siga siendo una chica de barriada pobre. Pero el esfuerzo de Cherril para convertirse en una consorte digna de su esposo es en balde, pues Taggartno es un héroe sino que un canalla, que se casó con ella, no para ennoblecerla, sino para destruirla.

La vida de Cherryl se desquebraja cuando descubre la horrenda verdad de que el hombre del que creía haberse enamorado era en realidad todo aquello que ella despreciaba.Cuando averigua que la quería, no por sus virtudes, sinoporque la consideraba mediocre y que cuando descubre que ella tiene la voluntad de superarse, de ser mejor, de ser como Dagny, la odia:

“« ¿Por qué no me dijiste la verdad?» –preguntó ella…

Ella dijo, como si estuviera nombrando sus pensamientos para beneficio del ser racional que no estaba presente, pero cuya presencia tenía que asumir, ya que no había otro a quien dirigirse: « ¿Esa noche… esos encabezados… esa gloria… no eran tuyos…eran de Dagny

« ¡Cállate, maldita putilla asquerosa!»…

« ¿Por qué te casaste conmigo?»…

«Porque eras una barata, indefensa y ridícula pobretona que jamás hubiera podido pensar en igualarse a mí. ¡Porque creí que me amabas! ¡Porque creí que tu deber era amarme!»

« ¿Tal como eres?»

« ¡Sin atreverte a preguntar cómo soy! ¡Sin ningún motivo! ¡Sin ponerme en evidencia, impulsada por tus razonamientos, como si me hallara en un maldito baile de disfraces, hasta el final de mis días!»

« ¿Me amabas… porque no valía nada?»

« ¿Y qué creíste que eras?»

« ¿Me amabas por no ser nadie?»

« ¿Qué otra cosa podías ofrecerme?…»…

«Yo… intenté…merecerlo.»

« ¿Y de qué me habrías servido, si lo hubieras logrado?»

« ¿No querías que lo hiciera?»

« ¡Qué imbécil eres!»

« ¿No deseabas que mejorase? ¿Qué me elevara? ¿Me creíste llena de defectos y querías que continuara así?»

« ¿De qué me hubiera servido que lo merecieras? ¿Para verme obligado a esforzarme en retenerte, mientras tú te vendías en cualquier otro lugar?»…

« ¿Me elegiste porque no valía nada?»

« ¡Sí! »

« ¡Mientes, Jim! –La única respuesta de él fue una mirada atónita– «Esas muchachas a las que solías comprar por el precio de una comida se hubiesen alegrado de convertir su verdadera personalidad en algo sórdido; habrían aceptado tus limosnas y nunca intentarían superarse, pero no te habrías casado con ninguna de ellas. ¿Te casaste conmigo, porque sabías que no aceptaba lo sórdido, ni interior ni exteriormente, que me esforzaba por mejorar y que seguiría haciéndolo –no es cierto?»

« ¡Sí! » –gritó.

Entonces la luz que había sentido precipitarse hacia ella, la alcanzó de lleno –y gritó a la luminosa explosión del impacto –ella gritó presa de un terror físico, alejándose de él.

« ¿Qué te sucede?» –gritó él, temblando, sin atreverse a ver en sus ojos lo que ella había visto.

Ella movió las manos como queriendo aferrarse a algo, medio agitándolas para alejarlo, medio tratando de pescarlo; cuando contestó, sus palabras no pudieron nombrarlo enteramente, pero eran las únicas palabras que pudo encontrar: «Eres… un asesino… por el simple deseo de asesinar.»”

[Ayn Rand. Atlas Shrugged. Signet, New York, 810-832].

Lilian Rearden es la rival adecuada para Dagny, pues es inteligente, capaz de hacer un análisis psicológico sagaz, y dedicada, total e incansablemente, a buscar un fin. Su empeño en destruir a Hank Rearden sigue un plan magistralmente concebido e impecablemente ejecutado. Es solamente gracias a su fuerza interna y a la ayuda esporádica de Francisco y Dagny que Hank se salva:

“Lilian lo había elegido por lo mejor de sus virtudes, por su fuerza, su confianza y su orgullo; lo había elegido como se elige un objeto de amor, como símbolo del poder humano; pero su meta era la destrucción de ese poder.

…El ansia de poder que lleva a otros a esclavizar imperios se había convertido dentro de sus límites, en pasión por el poder sobre él. Ella se había propuesto quebrantarlo, como si, incapaz de igualar sus valores, pudiera sobrepasarlos destruyéndolo; como si la medida de su grandeza quedara así convertida en la medida de ella; como si, pensó estremeciéndose, el vándalo que hacía pedazos una estatua fuese más grande que el artista que la había esculpido, como si el asesino que mataba a un niño fuese más grande que la madre que lo había traído al mundo.

Recordó el modo obstinado en que Lilian se burlaba de su trabajo, de sus fundiciones, de su metal, de sus triunfos; su deseo por verlo borracho, aunque fuera sólo una vez; sus tentativas para empujarlo a la infidelidad; su placer ante la idea de saberlo caído en un sórdido idilio; su terror al descubrir que el idilio en cuestión había significado un logro y no una degradación. Su línea de ataque, que él había encontrado tan desconcertante, había sido, por el contrario, constante y clara: lo que intentaba destruir era su autoestima, sabiendo que quien rinde sus valores se encuentra a merced de la voluntad de cualquiera. Fue su rectitud moral la que se había esforzado en quebrantar; su segura rectitud la que pretendió hacer añicos, valiéndose del veneno de la culpa, como si, en caso de que él llegara a hundirse, su depravación le otorgara derecho a la de ella.”

[Ayn Rand. Atlas Shrugged. Signet, New York, 896].

Continuará.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo

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