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Nuestro estadista

Redacción
08 de octubre, 2018

La vida civilizada es muy distinta a los momentos convulsivos de una nación. Los ingleses lo interpretaban cuando en tiempos de guerra confiaban ciegamente en Winston Leonard  Spencer Churchill pero para la paz preferían a Clement Richard Attlee. Durante la Guerra Civil Española tomó este último bando por el partido Republicano español que marcó las relaciones guatemaltecas desde 1936 a 1975, época en la cual desaparecen del estadista guatemalteco el gens de lettres, lo docto, erudito o mens of ideas para dar paso a una amalgama perversa del poder económico y militar que tiene como consecuencia la dictadura.

El poder ideológico no corresponde al estadista y este debe distinguirse del político porque entre uno y otros hay diferencias de fondo que tienen como escenario real la nación y por tanto no deben enfocar su acción en un Estado de bienestar asistencialista aunque sin ser indiferente a los problemas reales del país. El estadista nace de un contexto histórico determinado y su acción determina el período de la historia de ese país. Su acción no es a histórica y por ello se producen importantes contradicciones en la sociedad especialmente de aquellos que depositaron su voto para elegirlo dentro de un sistema democrático.

En aquellas sociedades donde se fusionan los elementos y se vuelven complacientes con el gobernante, se nubla la visión del estadista y da origen a las principales fuentes de totalitarismo y alianza de poderes que terminan en una destrucción del orden social.

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Lamentablemente en Guatemala la opinión pública aunque garantizada por el gobierno de facto de Enrique Peralta Azurdia y conservada en la Constitución de la República de Guatemala, necesita de actores que la invoquen sin caer en la bufonería y el irrespeto a las instituciones democráticas y sesgando la intencionalidad  de personas prácticas que poco o nada tienen de comprensión de las acciones políticas.

El estadista, por naturaleza debe promover el consenso y el disenso porque lleva sobre sus hombros la responsabilidad histórica de las dimensiones en un país culturalmente diverso. El señor Presidente Constitucional de Guatemala, no puede con su acción ser neutro ya que refleja al actuar el tiempo en el cual le toca gobernar. Los problemas actuales de Guatemala son los que tocan vivir y enfrentar. Por tanto no puede ser comparado con el anterior o el posterior. La desacreditación de la figura pública del Señor Presidente Constitucional de Guatemala es un peligro real de nación que toca a cada guatemalteco evitar.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo

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