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La vida no deja de transmitir

Luis Felipe Garrán
28 de febrero, 2018

Y de repente, el ARA San Juan dejó de transmitir. Los familiares de la tripulación se enteraron demasiado tarde; el resto del mundo, un poquitín después. No muchos sabían que la Argentina, dentro de su programa naval, aún contaba con una serie de submarinos; menos, aún, eran conscientes de que estos están navegando constantemente las aguas del Atlántico sur. Y de repente, el ARA San Juan dejó de transmitir.

Unos cuarenta marineros de la armada argentina iban a bordo, entre ellos una mujer, la primera en Latinoamérica en llegar a esa posición. Unas cuarenta vidas que, dentro de un ejército de decenas de miles, que defiende a un país de varios millones, parecen pocas, pero son únicas. Jamás pisarán suelo argentino (ni de ninguna parte) 40 como ellos, porque son irremplazables.

Parecía una locura que tantos países se sumara a la búsqueda; que incluso el Reino Unido hubiese olvidado el conflicto de las Malvinas (o Falkland, como prefieren llamarlas) para prestar ayuda con su ejército de primera categoría, pero es que lo que estaba en juego eran 40 mundos.

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Primero los mundos propios. Cada uno de los tripulantes era una cabeza con sus propias emociones, concepciones, ideas y pensamientos. Por mucho que la información fuera transmitida a otros, la forma en que esta se guarda en su intimidad habría sido imposible de copiar.

Luego, los mundos conjuntos. En el intercambio va creciendo la intimidad de cada uno, y ellos, por su edad, habrían dado y recibido tanto de otros que ya formaban parte de esos mundos. Así, intentar salvarlos era cuestión de fuerza, de alto mandamiento.

El ARA dejó de transmitir, pero los tripulantes seguían allí, y la vida nunca deja de hacerlo.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo