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Por un 8M que me represente

Carmen Camey
07 de marzo, 2018

Hoy 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, me encantaría adherirme sin reservas a todas las manifestaciones que se alcen en favor de la mujer. Sin embargo, y llámenme profeta, sé que muchas de las voces que se alzarán hoy no me representarán. El 8M es necesario y su mensaje también, pero parece que muchas de las exigencias y manifiestos que se surgen en este día no me representan y creo que tampoco a muchas otras mujeres. ¿Qué es lo que quiero para este 8M? En definitiva, una sociedad más justa y más pacífica: donde se reconozca y se valore el papel de la mujer en la sociedad. Pero para conseguir esto se necesita un cambio de mentalidad que siga a una reflexión sobre cuál es ese papel de la mujer, qué objetivos queremos y a qué nos referimos con nuestra exigencia de libertad y de igualdad. Lo que no necesitamos es un lenguaje divisivo: un lenguaje que llama a la beligerancia en las cuestiones en torno a la igualdad entre hombres y mujeres. Considero que juntos conseguimos más. Convocar a manifestaciones y huelgas que excluyan a los hombres, dejando aparte cuestiones ideológicas, es poco práctico. Para que la mentalidad cambie necesitamos de ellos y hacerlos a un lado es desaprovechar una gran oportunidad para construir juntos una mejor sociedad.

Me preocupa también que muchas veces los colectivos exigen una igualdad de resultados: paridad en los puestos de gobierno, cuotas en las universidades, x número de mujeres trabajando en tales y cuales empleos… Pero esto no es lo importante: lo importante es eliminar las presiones y los obstáculos que impiden a las mujeres acceder a los campos, a los puestos, a las universidades. Pero, a partir de ahí, libertad. Una investigación recientemente publicada por la revista Psychological Science mostraba que en los países cultural y políticamente más igualitarios (por ejemplo, Finlandia, Noruega, Suiza o Irlanda), la proporción de mujeres en las carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) es menor que en otros menos igualitarios. No es porque sean menos aptas, de hecho los resultados de aptitudes son parecidos o incluso mejores en ellas que en ellos. Lo que demuestra esto es que una vez se eliminan las presiones y los obstáculos las mujeres muchas veces decidirán libremente rechazar estos campos o estas opciones que la sociedad “cree que quieren”. Y esto no es bueno ni malo, porque realmente da igual el resultado, lo importante es que las mujeres tengan la libertad de decidir ellas mismas lo que quieren hacer con sus vidas.

Finalmente, rechazo a todos los colectivos que se valen de la discriminación social a la mujer para alzar sus intereses propios. Esta manera de actuar distrae de los verdaderos problemas de la mujer y además genera una clasificación reductiva de la mujer. Esta visión acaba discriminando a todas aquellas mujeres que no entran en “su comprensión” de lo que una mujer debe ser –todo un despropósito– y excluye a todas aquellas quienes, como yo, no nos sentimos representados por los eslóganes políticos e interesados que ellos mismos proponen. Por eso, me adhiero a un 8 de marzo que me represente: optimista y unitivo, que busque un verdadero desarrollo social inclusivo y que luche por reconocer a la mujer en toda su especificidad, en lo que la hace ser mujer, y en su diversidad, siendo lo que cada una quiera ser.

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