Política
Política
Empresa
Empresa
Investigación y Análisis
Investigación y Análisis
Internacional
Internacional
Opinión
Opinión
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial

EL MÉTODO LITERARIO DE AYN RAND, 4a Parte

Warren Orbaugh
27 de junio, 2018

Vimos en mi artículo anterior que el principio de caracterización de Ayn Rand consiste en caracterizar por esenciales, que es enfocarse en lo universal y omitir lo accidental, lo banal, lo trivial, lo irrelevante, lo contingente, y presentar los principios fundamentales que motivan potencialmente a todo hombre. Evita incluir lo no importante, pues incorporar lo banal, lo trivial, es magnificarlo y darle un estado igual a lo importante, debilitando así lo verdaderamente importante.

La presentación de lo arquetípico al mismo tiempo que dándole suficiente detalle específico de tal manera que el carácter nos aparece como este ser humano particular, nos lo aparece como más real que la realidad, porque descubrimos en él un arquetipo que de un modo u otro nos pertenece por corresponder a una zona de nuestra sensibilidad –sentido de vida– que nos ha sido imbuida a través de una educación. Al limpiarlos de lo no importante, de lo banal, nos hace ver con un enfoque más preciso y claro esos principios que motivan a los personajes. Y no hay nada que hacer. Podemos rechazarlos, reprimirlos, iluminarlos con los focos de la razón, pero no habrá modo de que nos los arranquen de laszonas más recónditas de nuestra psique. La lectura de sus novelas sirve precisamente como reactivo para despertar y dejar al desnudo lo que de primitivo dormita en nuestro interior. Y es precisamente este mecanismo el que hace que sus novelas se dejen penetrar –no solo para recrearnos, sino que con el fin de comprender sus libros en lo que valen porconfrontarnos con nuestros valores más fundamentales y por la utilidad que tienen como documentos de capital importancia que nos ilustran acerca de las contradicciones, éticas y políticas, de la sensibilidad social contemporánea y sus raíces.

Por eso, la literatura de Rand es «revolucionaria» y «reformista». Revolucionaria, por cuanto su hipótesis no se detiene ante las contradicciones periféricas, sino que localiza enseguida el meollo de las contradicciones, y para resolverlas desde su raíz, postula una subversión total del orden de los acontecimientos. Reformista, por cuanto toda la estructura narrativa, donde las soluciones parciales van subsanando paso a paso una serie de pequeñas crisis parciales, encarna y connota una ideología reformista.

SUSCRIBITE A NUESTRO NEWSLETTER

Por ejemplo, en Ideal, Rand presenta a varios ‘deuteroagonistas’ o personajes secundarios en una serie de agniciones y revelaciones al atender la petición para ayudar a salir de su aprieto a la protagonista –Kay Gonda – la que afirman ser su supuesto ideal. La agnición es el reconocimiento de dos o más personas, que puede ser recíproco – «¡Eres mi padre!» «¡Eres mi hijo!» –, o unidireccional – «¡Eres el asesino de mi hijo!». Y la revelación es la ruptura violenta e inesperada de un nudo en la intriga, hasta entonces desconocido para el protagonista, como cuando Edipo  se entera de que es el magnicida, el asesino de Layo. Cuando se entera que además es hijo de Yocasta, se convierte en una agnición recíproca. Los deuteragonistas en Ideal, con la serie de agnicionesrecíprocas entre Kay Gonda y quien ellos supuestamente quieren ser, se ven confrontados con quien realmente son, provocando una revelación al mostrar la contradicción fundamental de sus vidas y valores, que los condena o los salva.

En Los que Vivimos, Rand, al presentar la malicia del totalitarismo, no se enfoca primeramente en los aspectos de la brutalidad física y el horror de los campos de concentración, de las ejecuciones sin juicio previo y de las cámaras de tortura, que son lo temporal y existen en la novela sólo en el trasfondo, sino que se enfoca en una crítica más devastadora de la dictadura totalitarista, en el meollo de su contradicción, al mostrar lo que es en relación a lo que pretende ser: en la condición de la existencia diaria, “normal”, en el espectáculo de hombres reducidos a una preocupación crónica, humillante, e intensa con conseguir aquello necesario para satisfacer sus necesidades físicas más básicas –con el espectáculo de infinitos afiches e interminables discursos proclamando la prosperidad socialista y el deber del hombre para con el Estado, en un mundo de miseria donde la vida privada está prohibida, donde las horas personales de ocio le son arrebatadas a uno en asambleas públicas, desfiles y demostraciones “voluntarias” –el espectáculo de  retorcidos mediocres desesperados por conseguir poder político para regir una nación, o controlar un comité, o disponer de la vida del vecino –el espectáculo de un sistema donde el servilismo y la traición son los medios de sobrevivir, y donde la virtud y la habilidad son el medio para la segura destrucción de uno –el espectáculo de un mundo donde las vidas, las carreras, las aspiraciones y los futuros de las personas son ahogados por una maquinaria irracional e impersonal controlada por bestias histéricas, que se enriquecen ilícitamente gracias a la doctrina de que el hombre no tiene derecho a existir por su propio bien.

La sustancia de la contradicción del sistema político queda manifiesta en la agnición unidireccional y revelación de Kira Argunova, que se había hecho amante de Andrei Taganov, un comunista idealista miembro de la policía Secreta Soviética, para obtener dinero con el cual mandar a un sanatorio de tuberculosis a su amor verdadero, al aristócrata Leo Kovalensky. Ambos hombres se odian y ninguno sospechaba la relación de Kira con el otro.

La situación de una mujer que se ve obligada a ser la amante  de un hombre a quien no ama, para salvar la vida del hombre a quien ama, no es nueva. Es, por ejemplo, el caso de Tosca. Pero la originalidad de Rand consiste en la forma en que complica e intensifica el conflicto. En Tosca, el hombre a quien ella se vende, es indiscutiblemente el malo, un villano a quien ella desprecia, y que ella sabe es quien la ha forzado a actuar de esa manera. Pero en Los que Vivimos, Andrei no es un villano. Ama profundamente a Kira y cree que ella lo ama, e ignora lo que ella siente por Leo. Y Kira no lo desprecia. Conforme lo conoce lo llega respetar, a pesar de saber que él ayudó a establecer el sistema que la forzó a tomar esa medida. Andrei encuentra en esa relación una felicidad que le era desconocida hasta entonces, y empieza a entender la importancia de la vida individual, lo que lo lleva a cuestionar la ideología por la que ha luchado toda su vida. Así se intensifica el conflicto que llega a su clímax cuando Andrei encuentra el vestido de Kira en el closet del apartamento de Leo al arrestarlo por actividades comerciales ilícitas, y descubre entonces la verdad de la relación entre Leo y Kira, justo cuando la vida de Leo está en sus manos. Y la agnición y revelación de Kira ante Andrei precipitan el desenlace de la trama, desnudando al verdadero antagonista de la novela: el sistema que destruye a todos por igual.

El elemento crucial que contribuye a la potencia de la denuncia del colectivismo por Rand, es el hecho de que presenta a un Andrei con el que simpatizamos. No es el peor representante del sistema, sino el mejor, el más idealista, el más sincero. Y es cabalmente por eso, como demuestran los eventos en la novela con inexorable lógica, que inevitablemente, al igual que Kira y Leo, está destinado y condenado a ser destruido. Son precisamente sus virtudes las que hacen imposible su supervivencia.

Continuará.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo