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El sostén de Asturias y el desamor patrio

Juan Diego Godoy
25 de septiembre, 2018

Yo no soy ningún santo. Una vez, con un amigo cercano, nos subimos al toro que está en la Avenida La Reforma. Sentimos que era “algo que había que hacer” porque “todos lo habían hecho” y en ese momento “pensamos que era cool”. Me recuerdo de eso, me río y luego me avergüenzo porque ahora entiendo lo que significa y esto va más allá de una fotografía para llamar la atención en redes sociales o almacenar un recuerdo gracioso en la cabeza. Por eso, a modo de reflexión, escribo esta columna.

Un día antes de la conmemoración de los 197 años de independencia de Guatemala, un grupo de jóvenes se acercó a la estatua del Premio Nobel de Literatura 1967, se desvistieron y colocaron sus prendas sobre un Miguel Ángel Asturias petrificado en plena Reforma. Llamó la atención el sostén y sombrero que la estatua vistió por unos segundos, mientras se tomaban la foto. A simple vista, y sin pensarlo mucho, esto puede parecer gracioso. Con el nivel de madurez de alguien de 17 años, esto hasta puede parecer “cool”. Legalmente, esto no está penalizado, pues no hubo destrucción o alteración del monumento y la Ley para la Protección del Patrimonio Cultural de la Nación, no contempla la burla o ridiculización del patrimonio cultural en ese contexto.

Múltiples comentarios y reacciones inundaron las redes sociales cuando alguien compartió el video. La discusión sobre incluir estos comportamientos en la ley y penalizarlos, la dejo para otro día. Yo quiero ir más allá: ¿Por qué hacemos esto? ¿Qué me llevó a mi a subirme al toro de la Reforma cuando tenía 17 años? ¿Qué hay detrás del buscar ridiculizar el patrimonio? ¿Qué lleva a otras personas a colocar, sin razón, un preservativo todas las mañanas al otro toro de la Reforma?

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La respuesta duele, pero es cierta: no nos tomamos en serio a nuestro país, no lo amamos de verdad y por eso no cuidamos su patrimonio; nuestro patrimonio. No nos importa que un personaje guatemalteco de la investidura de Asturias (aunque sea su estatua) luzca un sostén a modo de burla. Tampoco organizar un torneo de motocross y dañar las instalaciones del Centro Cultural (¿Recuerdan?). Nos vale madre si todo el Centro Histórico está pintarrajeado, apesta, se ensucia y se destruyen años de historia frente a nosotros. No nos importa porque no amamos de verdad. La banderita de Guatemala en el carro es un “te quiero” débil, un “te quiero” frío, un “te quiero” a veces traidor.

Las raíces de esta falta de amor pueden estar, según algunos historiadores y estudiosos, en la forma en que fue “peleada” la independencia de nuestro país. Hay otros que aseguran que el guatemalteco “culturalmente” es así, desprendido del amor patrio. Personalmente, creo que ninguna teoría sirve en este momento. Amar al país es una construcción cultural que debe llevarse a cabo en los hogares, las escuelas y universidades, espacios recreativos y en todas las instituciones del Gobierno. Estoy de acuerdo en que no podemos forzar a todos a amar a su patria, pues hay quienes nunca la han querido y, aunque triste, es válido. Esto duele, pero es una realidad. Sin embargo, habemos quienes si la queremos y debemos demostrarlo de verdad y esforzarnos mil veces más, porque amar requiere de todas nuestras energías, sacrificios, acciones y deseos.  ¡Es una tarea que comienza de manera individual pero que nos compete a todos! Como escribió Jorge Luis Borges en “El otro, el mismo” (1964): “Nadie es patria. Todos lo somos”. Así que podemos comenzar con analizar la manera en que hablamos de nuestro país, o la forma en que nos trasladamos por Guatemala. Es importante compararse con algunos patriotas de verdad, como un ejercicio de reflexión: ¿Por qué lo mexicanos aman tanto a su México lindo? ¿Por qué los argentinos veneran la punta de Sudamérica? ¿Por qué el estadounidense mira su bandera y automáticamente levanta el pecho, se para firme, sonríe y siente ese fervor patrio? ¿Por qué para el guatemalteco los patrimonios, los símbolos patrios, su historia y su entorno son solo algo que viene con el “paquete” nacional?

La patria no existe sin el amor de sus hijos, dijo el político español Antonio Maura. Yo me quedo también con la frase de Robespierre: “Se puede abandonar a una patria dichosa y triunfante. Pero amenazada, destrozada y oprimida no se le deja nunca; se le salva o se muere por ella”. Entonces, ¿la dejamos o la salvamos?

República es ajena a la opinión expresada en este artículo

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