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Se incendió el mundo

José Carlos Ortega
08 de noviembre, 2019

Los que sigan haciendo promesas, incumplibles, para su beneficio, esos tendrán batallas ganadas, venderán su dialéctica de justicia mientras se esconden de sus corrupciones y obtendrán lo que ellos mismos siembren.

Violentas manifestaciones en Chile, Bolivia, Iraq, Líbano y Hong Kong se desarrollan en este mismo momento. En los últimos meses y semanas las hemos visto en Barcelona, Honduras, Nicaragua, Ecuador, Perú y por supuesto Venezuela. A partir de pocos años fue aquí mismo, en Guatemala, donde pacíficamente se realizaron manifestaciones multitudinarias que ayudaron a “aflojar la alfombra” que terminaría en la renuncia de la entonces vicepresidente Ingrid Roxana Baldetti Elías y posteriormente del entonces presidente Gral. Otto Fernando Pérez Molina. Tampoco fuimos los precursores, hubo manifestaciones en la llamada primavera árabe, Túnez, Egipto, Siria, Líbano, Libia e intentos en Turquía, Algeria y otros. Se ha incendiado Francia con los “chalecos amarillos” y también los Estados Unidos en contra de la presidencia de Donald Trump, así como de grupos que en supuesto apoyo al mandatario han aprovechado para manifestar otro tipo de supuestas reivindicaciones.

Muchas de estas manifestaciones no han terminado en los cambios demandados, otras escasas sí. Se dice que no existe la democracia de las manifestaciones porque en estas apenas se manifiesta una proporción de la población y no puede medirse en términos reales cuantos están de acuerdo con ellas de una manera racional, explicando razones y acudiendo a emociones, y cuantas contrarias a ellas. Las masas silentes, que en la cotidianeidad no dirán sus preferencias, que continúan en su trabajo y quehaceres, con valores que no necesariamente se alinean a los de los manifestantes, o sí, pero sin forma de medirlos. Es al final la balanza de poder de las élites la que hará que de uno u otro lado se den los cambios o se retengan luego de represiones, cansancio y diálogos sin sentido, voltear la vista para otro lado mientras se promete o se hace apenas algo de aquello reclamado.

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Los disparadores o “triggers” son variados. Tenemos problemas de representación política, fraudes, contra la injusticia y tiranía, manifestaciones anticorrupción, contra leyes que violentan privilegios o libertades, falta de servicios o incremento en el precio de los mismos normalmente proporcionados o controlados por el Estado, falta de oportunidades de trabajo y otras de movilización social, etc. ¡No hay causas únicas!

Ninguna duda hay que todas estas manifestaciones no se hubiesen dado si no existieran las nuevas formas de comunicación masiva, las redes sociales. Por ello, son principalmente lideradas, sin líderes visibles, por convocatorias de jóvenes que simplemente explotan en las redes: la pólvora se ha acumulado y sólo se necesita una chispa en el lugar y momento adecuado.

Puede ser que exista influencia de conspiradores internacionales. En Centro y Sur América se culpa al eje del mal entre Cuba y Venezuela. Irán acusa a occidente de provocarlas en Líbano e Iraq. Siria acusó a los Estados Unidos inicialmente. Lo complicado de las teorías de conspiraciones es que da para inventarse las ideas más inverosímiles llenas de lógica surrealista que puede incluir desde al “Big brother” hasta extraterrestres.

Pero los hechos son los hechos. El primero de ellos es que estamos viviendo una época completamente diferente en las comunicaciones. Desde la caída del muro de Berlín hace justamente 30 años hasta hoy, el cambio de las comunicaciones ha ido de correos electrónicos a nuestros contactos hasta la viralización de las redes sociales.

El segundo de ellos es la complejidad de un mundo político y de la clase política que en medio de sus progresividad para mantener y aumentar su poder y seguir acaparándolo, inventándose todo tipo de funciones y necesidades de intervención del Estado para sus propios intgereses, se ha alejado de la población, de las necesidades reales y de una comunicación cercana con la población. En consecuencia, aún las democracias que antes parecían más estables, de los países desarrollados, se han visto sacudidas por cambios que se creían impensables y del bipartidismo a ultranza han dado giros bruscos a extremistas, “outsiders” o personas consideradas alejadas a la política, nuevos partidos con discursos diferenciadores que supuestamente pueden representarnos porque nunca han vivido de la política, nunca han sido parte del “stablishment”, no piensan ni actúan como se han comportado los políticos, casualmente, desde el “final de la historia”, cuando desaparecía la amenaza del comunismo y la guerra fría.

Que un grupo de personas, a través de monitorear constantemente esas inconformidades de las diferentes poblaciones sepa cuál será el “trigger” o la “gota que derrama el vaso” para generar la crisis es poco probable. Aprovechar un acontecimiento de estallido e inflamarlo es más posible y probable, pero la libertad de los individuos de manifestarse es individual. De esa forma, pese a intentos de provocar manifestaciones masivas, en momentos que la población reconoce una agenda partidaria, interés o algo que le causará mayores daños termina no apoyando. Lo hemos vivido nosotros en 2017 cuando las demandas sociales fueron monopolizadas a través de la dialéctica de la captura del bien y la construcción del “Pacto de Corruptos”.

Los hechos nos demuestran que lo que estamos viviendo es un cambio de necesidades. Las personas ya no se conforman con la vida que fue sacrificial, del ahorro, hasta la primera mitad del siglo XX, sin olvidar las necesidades básicas de justicia, seguridad y libertad – para poder trabajar, para poder hacer y expresarse. Se espera una vida de comodidad, de bienestar, en muchos casos sin saber cuánto cuesta, propiciada en parte por esa misma clase política que ofrece sin advertir que todo tiene un costo –“there’s no free lunch, someone has to pay for it”- y queriendo que otros paguen por ello. La globalización, ajustando mercados de oferta y demanda desde mano de obra hasta servicios removió, y sigue haciéndolo, la forma tradicional de las economías locales.

El incremento de “necesidad” de servicios ha hecho que la carga tributaria sea mayor. Desde los impuestos por compra-venta hasta los regímenes de pensiones que atentan contra la libertad sobre la propiedad del trabajo y de la planeación individual del futuro crean en los ciudadanos sobre los que se imponen una creencia de exigir más – como cualquier transacción de precios económicos – para obtener más (optimizar) sobre lo que aporta, pero observando que los políticos y sus cercanos son los únicos que han crecido o mantienen estabilidad.

Y con todo esto, la política tradicional, la que se burocratizó, que prometía cualquier cosa para agrandar su poder y su alcance se separó para siempre de la población. La comunicación entre gobernantes y gobernados se perdió en medio de la época de más posibilidad de canales de comunicación. Se le dijo a la población: “nosotros sabemos lo que ustedes necesitan y quieren”, por lo que les vamos a dar las migajas, los que nos sobre, en medio de grandes campañas publicitarias de lo bueno que son.

Y los espacios se llenan, en política y poder esos espacios nunca se mantienen vacíos. Podrán salir vencedores aquellos que puedan comunicarse permanentemente con esta nueva ciudadanía para recoger y consensuar los mínimos que permitan la gobernabilidad. Los que sigan haciendo promesas, incumplibles, para su beneficio, esos tendrán batallas ganadas, venderán su dialéctica de justicia mientras se esconden de sus corrupciones y obtendrán lo que ellos mismos siembren.

Habrá que abrir la comunicación política, la participación y la representación a esa nueva clase. Lo que no se puede admitir es la violencia y la destrucción.

P.S. Tengo que dar honor a mi tía, la poetisa y cuentista altaverapacense y tamahuna, Zoila Santa Cruz Fortín de Moll (1927-2019), que fiel al legado familiar de su madre Ventura Ríos Coto de Santa Cruz, su tía Zoila Santa Cruz Ríos y de sus primos escritores, historiadores y periodistas Rosendo y José Santa Cruz Noriega hemos intentado, yo el menor de todos ellos (y quien me dedicó mi primer poema), seguir la tradición de escribir, porque es nuestro legado, propósito y aporte. Descanse en paz mi tía Zoilita.

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