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Una nueva forma de guerra

Warren Orbaugh
02 de diciembre, 2019

La guerra es una actividad exclusiva de los humanos. Los animales se comen unos a otros y pelean por dominio territorial y de apareamiento, pero no guerrean. Sólo el hombre tiene la capacidad de vislumbrar, elegir y perseguir metas y valores a mediano y largo plazo mediante la determinación de sostener una actividad organizada. El origen de cada guerra se apoya en nuestra capacidad de pensar conceptualmente, de crear y concebir. Esta facultad nos permite elegir la política de la nación, identificar un propósito para bien o para mal, seleccionar aliados y enemigos, tomar decisiones políticas, manufacturar armas, diseñar las estrategias y las tácticas necesarias para sostener nuestra decisión a través del tiempo y motivar a poblaciones enteras a matar y destruir. La guerra es pues, consecuencia de ideas morales o ideologías que pueden llevar a naciones enteras a masacrar a otros en nombre de un ideal, líder o tribu. 

El propósito moral de una guerra, es decir, el fin por el cual una población pelea, establece el contexto básico para evaluar un conflicto y establece la calidad moral de los beligerantes. Aquellos que hacen la guerra con el propósito de esclavizar a otros o de imponer una dictadura a naciones vecinas, buscan un fin a todas luces totalmente inmoral y de ningún modo se les debe juzgar como iguales a aquellos que se defienden de tales ataques. Es imprescindible evaluar el propósito de una guerra cuando se evalúan los medios por los cuales se pretende alcanzar dicho fin. 

La guerra es un acto de fuerza para obligar al enemigo a hacer lo que deseamos. La derrota de las fuerzas armadas del enemigo no es el objeto de la guerra, ni lo es la ocupación de su territorio. Estos son sólo los medios para alcanzar el fin. Y el fin es destruir la voluntad de resistir del enemigo.

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Varios países de Hispanoamérica estamos en guerra, queramos o no. Los enemigos pretenden esclavizarnos imponiéndonos dictaduras del Socialismo del Siglo XXI.  El objetivo de estas huestes comunistas es destruir nuestra civilización occidental, que no se refiere a una locación geográfica, sino a las naciones que adoptan ciertos valores de la Ilustración: el principio de que la razón –la observación y la lógica –es el medio de conocimiento del humano; el principio de que los individuos tienen el derecho moral a su vida, a su libertad, a su propiedad y a buscar su propia felicidad; y el principio de su libertad política, que incluye la libertad de consciencia y expresión, como requisitos para una sociedad civilizada. 

Es una nueva forma de guerra. Una que pretende ser velada, ocultando su naturaleza hasta que sea demasiado tarde. No es la ‘Blitzkrieg’ (guerra relámpago) de los Nazis, que consistía en una táctica militar calculada para provocar shock y desorganización en las fuerzas enemigas por medio de la sorpresa, velocidad y superioridad en el poder bélico. Tampoco es la guerra de guerrillas, auspiciada por Cuba y países comunistas, que nos atacó, de los cincuenta hasta los ochenta, y que no alcanzó su objetivo. La de ahora usa nuevas tácticas y debemos identificarlas si hemos de conservar nuestra libertad.

Somos testigos hoy de una ofensiva coordinada y concertada por paramilitares urbanos, escondidos entre los civiles que, según ellos como Aqueos saliendo del Caballo de Troya, pero en realidad, como ratas saliendo de las alcantarillas, se han dedicado a llevar a cabo misiones terroristas, a destruir e incendiar las urbes de Chile, Colombia, Bolivia y Ecuador. La misión es destruir a estos países desde adentro. Estos guerrilleros urbanos saben que para tener éxito es menester minar la voluntad de los ejércitos y cuerpos policiales de combatir a los paramilitares. Es necesario hacerles sentir a las tropas que han perdido el apoyo y respaldo de la población a la que defienden. Para ello han desarrollado una táctica que consiste en lo siguiente: a.) La creación de organizaciones no gubernamentales que dicen defender los derechos humanos; b.) La distorsión del concepto de derechos humanos; c.) La infiltración y apoderamiento de los sistemas de justicia y tribunales, para tener, cual alfiles, a sus oficiales en posiciones clave a la hora de atacar; d.) La invención de crímenes inexistentes; f.) La infiltración en colegios y universidades para ideologizar (con la ideología más tonta del mundo https://republica.gt/2019/11/25/la-ideologia-mas-tonta-del-mundo/?fbclid=IwAR1FgazJBCxSrXE-_QpCVsEOTY_gGho4Ci4MDuswS5F1vQCZCtlx30TcL6c ) y reclutar tontos útiles.

En Guatemala esta estrategia ha funcionado de la siguiente manera: Las ONG que supuestamente defienden los derechos humanos siempre señalan, acusan y condenan a los militares y policías que reprimen a aquellos manifestantes que en realidad violan los derechos de guatemaltecos inocentes. Lo mismo hacen las ONG internacionales contra militares y policías de Guatemala y de los otros países Hispanoamericanos con excepción de los de Venezuela y Cuba. 

Pretenden confundir los derechos, que son principios morales que definen y establecen la conducta correcta en sociedad, con la demanda de servicios gratuitos (que de hecho ésta viola los derechos de otros) mediante la inflación del término ‘derecho’ al asignarlo a múltiples demandas y el establecimiento de jerarquías en ‘derechos’. Así por ejemplo, afirman que los niños, adolescentes y jóvenes tienen derecho a la educación, lo que quiere decir, que demandan una educación que ni ellos ni sus padres pagarán. Pero como la educación es un servicio que debe proveerlo alguien (el profesor) y tiene un costo. Y como el profesor quiere vivir, debe cobrar por el servicio que provee. Y como el constructor y los albañiles quieren vivir, deben cobrar por las escuelas que construyen. Y como el vendedor de materiales didácticos quiere vivir, debe cobrar por los cuadernos, lápices y libros que provee. Y como el fabricante de materiales didácticos desea vivir, tiene que cobrar por la fabricación de éstos. Y como deben cobrar, de lo contrario no funciona el sistema educativo, se le cargan los costos mediante la fuerza a aquellos que ni se benefician del producto ni pueden exigir la calidad del mismo. Así, empresarios, profesionales, obreros, comerciantes y gente productiva pagan para que se les enseñe a estos estudiantes a odiar y ver como enemigos a sus benefactores, que califican de burgueses oligarcas y neoliberales. Resultado de la ideologización comunista la vimos cuando la tonta útil, la cantante chilena Mon Laferte, defendió, en una entrevista que le hiciera Patricia Janiot por televisión, la quema de supermercados, porque según esta estúpida, los supermercados le habían robado toda la vida por cobrar por los artículos que le daban. ¡Esta energúmena cree que le pertenece todo servicio, abarrote y cuanto producto exista en el mercado! Otro ejemplo lo vemos en las publicaciones del brazo propagandístico de CODECA –esos ladrones del fluido eléctrico –, el Consejo del Pueblo Maya, CPO, donde acusan de robar la energía eléctrica a quienes la producen. ¡Vaya descaro!

Estas huestes comunistas, que se denominan a sí mismos como colectivos, cuando hacen manifestaciones, haciendo uso de su derecho de expresión, bloquean las calles y carreteras, violando el derecho de los demás a transitar. Pretenden justificar su violación de los derechos de los demás con el argumento de la jerarquía de derechos –según ellos su derecho de protesta es más importante que el derecho de otro a ir a trabajar, o de transportar su mercadería, o de ir al hospital para ser atendido y así salvar su vida. Y tienen el descaro de decir que la suya es una manifestación pacífica. La realidad es que no existe tal cosa como el derecho a violar los derechos de los demás, ni el usar la fuerza contra otro para impedirle actuar de acuerdo a su mejor juicio es pacífico. Estas manifestaciones son violentas. Lo son aún más cuando hacen pintas en la propiedad de otros. Y aún mucho más cuando destruyen y queman comercios, bancos, hoteles, iglesias y estaciones del transporte público. De hecho estos son actos de guerra.


Los otros batallones comunistas, las ONG, periodistas y sistemas de comunicación por redes, quienes consideran que las mentiras, noticias falsas y la desinformación son armas válidas en su lucha, entran a desempeñar su papel cuando las fuerzas de seguridad se ven obligadas a defenderse de los ataques de los terroristas, acusándolas en los medios de violar los derechos de los civiles, de que la respuesta es desmedida ya que quienes protestan están desarmados. Lo cierto es que una piedra es un arma. Una bomba molotov es un arma. Una escopeta es un arma. Los atacantes no están desarmados.

Si las fuerzas de seguridad tienen éxito en defender su vida, el brazo judicial de estas huestes comunistas entra en acción. Los arrestan y mantienen en prisión sin llevarlos a juicio, como han hecho con el Coronel Juan Chiroy Sal y ocho de sus soldados que han permanecido en prisión preventiva por siete años, con el propósito de intimidar al resto de las tropas. De hecho estos soldados son prisioneros de guerra.

Otro recurso de intimidación y además un medio para agendarse fondos son los juicios de resarcimiento. Inventan crímenes como el genocidio cuando no hubo tal cosa. Rechazan oír los testimonios de los habitantes de Nebaj que afirman que no hubo genocidio sino al contrario, lo que el ejército hizo fue proyectos de carreteras, de energía eléctrica, de viviendas y de repartición de víveres. Pretenden conseguir dinero de los tributarios y en lugar de que se use para lo que estaba destinado: educación, salud y seguridad, usarlo en sus propios proyectos de desestabilización.Buscando ese dinero emitieron sentencia condenando al General Efraín Ríos Mont por el delito de genocidio, inventando un delito que no se dio y violando las leyes y procedimientos del sistema legal de Guatemala. ¡Qué descaro!

Además, pretenden destruir económicamente a Guatemala haciendo que el Estado incumpla sus contratos con mineras e hidroeléctricas, condenándonos a los guatemaltecos a destinar el dinero, que pagamos en impuestos, para pagar por los daños ocasionados a las empresas, en lugar de que éste se destine a educación, salud y seguridad. Provocan como consecuencia el desempleo de las personas que trabajaban en dichas empresas y de todos aquellos que les proveían servicios, imposibilitando el desarrollo de miles de guatemaltecos. Y como si no fuera suficiente, alejan del país a todo aquel que hubiere pensado en invertir aquí.

Todo esto no es producto de la casualidad o del azar, sino de un plan concertado internacionalmente, apoyado por la Internacional Socialista, la ONU, Cuba y Venezuela con ayuda de países europeos y del medio oriente afines y los del Foro de Sao Paulo.

Para detener esta ofensiva y conservar nuestros valores occidentales debemos primero aceptar que estamos en guerra y que el no hacerlo pone en peligro nuestra forma de vida. 

Segundo, identificar al enemigo para parar la ideologización, la infiltración de sus agentes, la sumisión a sus edictos ya que provienen de organizaciones ilegítimas –el Consejo de Derechos Humanos de la ONU que tiene entre sus miembros a los más grandes violadores de derechos humanos que existen y la CIDH que condenó al Estado de Guatemala a pagar resarcimiento a las familias de los dos torturadores y violadores de una niñita. 

Tercero, reconocer y reafirmar nuestro derecho absoluto a la defensa propia, y reconocer que aquellos individuos, grupos y regímenes que pretenden violar nuestros derechos han perdido de manera total, por sus acciones, sus derechos. 

Y cuarto, usar la fuerza total de nuestros militares, en coalición con los países amigos, para eliminar todo régimen y grupos que apoyan y ejecutan ataques contra nuestros países y conciudadanos.

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