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Argentina y España ¿Qué Ha Pasado?

Daniel Lacalle
15 de diciembre, 2020

Muchas veces, cuando escribo sobre la economía argentina, mis lectores españoles me responden “pasa como en España”, y lo mismo ocurre con mis lectores argentinos cuando leen sobre los problemas económicos de España. Y, en gran parte, tienen razón.

¿Qué es lo que ha pasado en las dos economías para que estén convergiendo en sistemas extractivos dominados por la burocracia?

España y Argentina son dos países maravillosos, con un importante capital humano, ciudadanos respetuosos y trabajadores y un potencial enorme. Sin embargo, sin ignorar sus diferencias, ambos países muestran importantes similitudes negativas que impiden que el potencial económico se alcance.

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Para España, la gran salvación de los últimos años ha sido estar en la Unión Europea y no tener moneda propia y política monetaria. Si España no estuviese en la Unión Europea y tuviese política monetaria propia, los riesgos de caer en la espiral argentina de empobrecimiento y políticas extractivas serían enormes. ¿Por qué lo sabemos? Porque cuando España tenía moneda propia, la peseta, acudía constantemente a la devaluación y destrucción del poder adquisitivo de la moneda para perpetuar desequilibrios estructurales.

España realizó siete devaluaciones mal llamadas “competitivas” entre 1959 y 1992, y entre 1992 y 1995 se implementaron otras cuatro devaluaciones para “combatir” la grave crisis del 92. Se destruyó el poder adquisitivo de la moneda, se tardaron doce trimestres en recuperar la economía y el paro apenas bajó del 24% al 20,8%. La utilización constante de la depreciación de la moneda para esconder problemas de productividad y estructurales es algo que, conociendo la historia, se habría perpetuado de no haber entrado en la moneda única, el euro. Pero el euro no es una solución mágica. Si algo ha ayudado a España en este periodo ha sido pertenecer a una Unión Europea que garantiza la seguridad jurídica y unas reglas comunes de credibilidad institucional.

Sin embargo, aunque no sufra la inflación desbocada de Argentina y esa política monetaria empobrecedora, España se enfrenta también a importantes retos ante un sistema donde el populismo busca multiplicar el gasto político y, de hecho, acercarse a un modelo de presión fiscal anticompetitiva y gasto público extremo como es el de Argentina. En Argentina se perpetúa con la destrucción de la moneda y los ahorros y salarios reales de los ciudadanos, en España con el exceso de deuda pública. Por supuesto que hay diferencias importantes. En España, el sistema de comunidades autónomas ha funcionado bien como forma de vertebrar la sociedad de una manera más cercana a los ciudadanos, reducir desigualdades y mejorar la cohesión social, pero el riesgo de que se convierta en un sistema clientelar y extractivo no es pequeño.

En mi artículo “Cinco Debilidades de la Economía Argentina” (https://www.diagonales.com/contenido/cinco-razones-de-la-debilidad-de-la-economa-argentina/14131) explicaba como una política monetaria y fiscal extractiva y confiscatoria están cercenando el potencial de un gran país como Argentina.

Según el Ministerio de Trabajo, el 35% del empleo en Argentina es del sector público (incluyendo nacional, provincial y municipal). Una enorme carga burocrática. Pero, si analizamos el empleo público respecto al privado por provincias, 18 provincias tienen más de un 40% de empleo público, y cinco provincias tienen más del 60%. No existe el sector público sin el sector privado y, cuando se asalta a los sectores productivos por vía monetaria y fiscal, terminan por abandonar la actividad.

La alta pobreza de Argentina es una causa directa de la destrucción constante del poder adquisitivo de la moneda y de una visión extractiva y confiscatoria de la producción. Que un país rico como Argentina sea pobre tiene dos causas: la presión fiscal más alta del mundo a pequeñas y medianas empresas y la política monetaria más destructiva de la región, solo superada por Venezuela.

La presión impositiva a la producción representa el 106% de la ganancia neta (antes de impuestos) de una pequeña o mediana empresa, según la consultora Data Driven Argentina usando datos del Banco Mundial. Adicionalmente, Argentina ha aumentado su base monetaria en los últimos diez años un 1.213,06% según el Banco Central, es decir, más de siete veces el aumento de EEUU pero con una demanda decreciente de pesos.

En el caso de España, la situación es también preocupante. Con una deuda superior al 110% del PIB, una carga fiscal de un 8,1% superior a la media de la UE y un 13% superior a la OCDE según el Instituto de Estudios Económicos y un gobierno que, como el de Argentina, siempre argumenta que recauda poco para aumentar gasto improductivo y subir más los impuestos, la situación económica se agrava. De hecho, en España se utiliza por parte de los gobiernos de la izquierda más populista la “paradoja Argentina” de manera constante: Dicen que recaudan poco, suben los impuestos, gastan más, recaudan menos y entonces los vuelven a subir.

El peligroso aumento del gasto clientelar es muy preocupante con el auge de los populismos de izquierda, obsesionada con subir el gasto público sin defender el tejido productivo. La Encuesta de Población Activa correspondiente al cuarto trimestre del año estima que hay 3.253.300 personas empleadas por el sector público, un 17% del total. Esta cifra incluye a los trabajadores de la Administración central, autonómica, provincial y local, así como a los asalariados vinculados a empresas públicas. Sin embargo, en España casi 20 millones de personas cobrarán del sector público en 2020 incluyendo pensionistas, parados y sueldos públicos, y solo quedan 15 millones de trabajadores viviendo de los ingresos que genera su actividad privada.

El ejemplo de España y Argentina nos muestra el daño que hace el populismo y que los desequilibrios generados por un gasto político improductivo y una fiscalidad anti-competitiva dejan secuelas muy relevantes a medio y largo plazo que no son fáciles de solventar cuando se crea una clase dependiente del sector político que orienta las políticas públicas a autoperpetuarse, no a generar riqueza y progreso, que es lo que garantiza el bienestar social. Ambos países pueden y deben salir de esa espiral negativa de gasto improductivo y fiscalidad extractiva, y lo pueden hacer si la sociedad entiende que no se empiezan las casas por el tejado, que para poder distribuir la riqueza hay que generarla.

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