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Eudaimonia

Warren Orbaugh
18 de octubre, 2021

Toda acción humana es una conducta deliberada que persigue un fin. Algunos fines son también medios al estar subordinados a otros fines. ¿Cuál es el fin que persigues al estudiar? Graduarme de ingeniero. Y, ¿cuál es el fin de ser ingeniero? Trabajar en algo que me gusta con el fin de obtener dinero a cambio de los servicios o bienes que ofrezco. Entonces, ¿es el dinero tu fin último? No, no es el fin último, pues es un medio para comprar aquellos bienes que uno desea. ¿Entonces, cuál es el fin último?

Aristóteles se hizo esta pregunta, ¿cuál es el fin último de la vida? ¿Cuál es el fin que no es medio para nada, sino que fin en sí mismo? ¿Cuál es ese fin al que apuntan todas nuestras acciones? Y el estagirita concluyó que ese fin último, al que todas nuestras acciones apuntan, es la eudaimonia. Este término griego se traduce como “florecimiento”.

La moral es fundamentalmente un código de conducta que nos sirve de guía para alcanzar la eudaimonia o florecer. El fin propio de la moral es el florecimiento. Florecer es prosperar, es vivir en buena condición,  es funcionar en forma que uno mejora su perspectiva de supervivencia. La naturaleza de la vida misma nos muestra lo que significa florecer al mostrar las características que representan una buena vida. 

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Un signo obvio de buena vida es la salud, visible tanto en plantas, como en animales, que se manifiesta en el crecimiento, del tamaño, de hojas, flores o frutas en las plantas; de músculos en los animales. La apariencia también testifica que tan bien está un organismo. En la planta: ¿son sus hojas fuertes o frágiles, delgadas y quebradizas o gruesas y fuertes? ¿Es el caballo brioso o famélico? ¿Es el joven un alfeñique o un fornido atleta?

Una vida es buena y una persona florece cuando la serie de acciones que constituyen su vida se desarrollan de acuerdo a un curso que promueve su vida. Florecer se refiere a una vida biológica que tiene un carácter particular: está marcada por el tipo de actividad y crecimiento que avivan y fomentan la supervivencia. Florecer representa enfrentar bien las demandas de la vida. El florecimiento se ve impulsado por el fortalecimiento de las capacidades de una persona para actuar según requiera la vida. Florecer es algo que la persona hace, y no algo que tiene. 

Como florecer es una función de cómo una persona dirige su vida, el florecimiento es resultado de las acciones propias de la persona. Exactamente, florecer es esas acciones, más bien, que el resultado de estas.  Al actuar según lo demanda la vida, una persona consigue la recompensa de florecer, es decir, de seguir viviendo, de extender el proceso de involucrarse en esas actividades que hacen la vida buena.  De hecho, vivir bien, constituye florecer. Y como florecer es vivir bien, y como la vida que vive cada persona es la suya, sólo ella puede vivirla bien.

El florecimiento debe ser auto generado. El que una persona florezca o no depende esencialmente de ella. Inevitablemente, es una función de cómo un individuo vive su vida. Como lo dijo Aristóteles, «La eudaimonia es necesariamente el resultado del esfuerzo personal». No es algo que otra persona pueda darle a uno.

Vivir es florecer. Pensar que debemos escoger entre la vida y el florecimiento como el fin último de la moral es aceptar una falsa alternativa. “Vida” y “florecimiento” son dos perspectivas del mismo fenómeno. “Florecimiento” es cierta característica de la vida y no un objetivo separado. Una persona necesita florecer; el florecimiento no es un adorno opcional, sino que una necesidad.

Rand lo ilustra así:

«El mantenimiento de la vida y la búsqueda de la felicidad no son dos asuntos separados. Tener uno su vida como valor último, y la felicidad de uno como propósito último son dos aspectos del mismo logro. Existencialmente, la actividad de buscar fines racionales es la actividad de mantener uno su vida; psicológicamente, su resultado, recompensa y concomitante como un estado emocional de felicidad.» [Ayn Rand. La Virtud del Egoísmo. “La ética Objetivista”]

Por “felicidad”, Rand se refiere al componente emotivo del florecimiento. El florecimiento es la actividad que una persona hace, y el sentimiento que da esa actividad promotora de vida es la felicidad. 

Como los valores morales son objetivos, es decir, son valores que fomentan la vida, se consiguen mediante acciones promotoras de vida, por medio de acciones acordes a un código moral basado en la vida, el camino a la felicidad o el sentimiento que da el florecimiento, y el camino a la vida, son uno y el mismo, porque, como afirma Rand: «la felicidad es el estado de consciencia que viene de conseguir uno sus valores.»

Si el sentimiento del florecimiento es la satisfacción que uno experimenta de conseguir los valores que promueven la propia vida, entonces, una persona no se ve en la necesidad de elegir entre caminos alternativos: uno que lleva a la conservación de la vida, y otro que conduce a la felicidad. Más bien, el buscar vivir es buscar florecer, y la vida que uno busca y que establece la norma del valor y de la moralidad es una vida floreciente, una vida en su forma ideal, en su punto máximo. La distinción entre calidad y cantidad de vida es una dicotomía falsa. La idea de que el florecimiento se trata de la calidad de vida, con deseos y no con necesidades es un error. ¿Pero de qué se diferencia de la calidad de vida? En realidad la calidad no se puede separar de la cantidad, ni tratar separadamente, como si existieran independientemente. De lo que se trata cuando hablamos de calidad y cantidad de vida, es una cuestión de perspectiva del mismo fenómeno: la vida de una persona.

Una persona no puede tener calidad de vida sin tener alguna cantidad, ni cantidad sin alguna calidad, sea esta deseable o indeseable. Lo que la gente considera calidad versus cantidad de vida, en realidad es sobre una diferencia de grado en la calidad de vida, y no en una ruptura de la calidad. Por lo mismo no existe tal cosa como florecer como opuesto a vivir, o algo que sustituye vivir. Tampoco es el florecer algo que está añadido por encima a la vida. Más bien, “florecer” es la condición que idealmente tiene una vida. Lo que fomenta la vida establece los términos de lo que constituye una cualitativamente buena vida.

La otra distinción que puede distorsionar nuestra comprensión de la relación entre vida y florecimiento es la que se da entre necesidad y deseo. Las personas normalmente conciben la necesidad como esencial y el deseo como opcional, adornos que son gratos pero innecesarios, cosas sin las que uno puede vivir. Pan y techo, son cosas esenciales que todos deben tener; caviar y una casa de playa no. Muchas comodidades, conveniencias y placeres a los que estamos acostumbrados, parecen caer en la clase de deseos innecesarios. Cosas como la música, las películas, los deportes, las fiestas, los regalos de navidad, o ropa de calidad, casas más espaciosas, comida más exótica, etc., parecen prescindibles. Así que si la vida depende de las cosas que necesitamos, y el florecimiento, de las cosas que deseamos, estas imponen prescripciones morales diferentes. Pero para satisfacer las necesidades más básicas de comida, cobijo, vestido, una persona necesita otras cosas, como el tiempo, conocimiento y habilidades para producir comida, cobijo, vestido o el dinero para conseguirlos. Necesita un trabajo para ganar el dinero; educación y entrenamiento para conseguir el trabajo; esfuerzo y disciplina para adquirir las habilidades relevantes; y practicarlas suficientemente para conservar su trabajo. Estas son necesidades también. La salud es una condición necesaria para satisfacer estas necesidades, y a la vez, es otra necesidad. Una enfermedad mental puede obstaculizar e impedir la satisfacción de otras necesidades, así que la salud mental también es otra necesidad. Como vemos, hay diferentes tipos de necesidades. Algunas son primarias y otras derivadas. También hay necesidades externas e internas. Necesitamos oxígeno y comida, así como el buen funcionamiento de nuestros órganos. La persona también tiene necesidades espirituales, es decir, psicológicas, necesidades que conciernen a su mente. Estas necesidades cubren cosas como arte, amigos, esperanza, inspiración, un sentido de propósito y dirección y creer en el valor y la eficacia propia. Tales cosas son necesidades, ya que su ausencia debilita la aptitud para sobrevivir. Por ejemplo, la depresión desmotiva el deseo de vivir de la persona. Pero es obvio que las necesidades varían en complejidad. Algunas se pueden satisfacer fácilmente, mientras que otras dependen de pasos coordinados. 

También las necesidades difieren en frecuencia. También varían en urgencia, que es un factor de lo que está en juego y del tiempo: de la gravedad de la que está en juego y de la velocidad con que debe satisfacerse. Entre más corto el tiempo y más es lo que está en juego, más urgente es. Lo importante aquí es notar que existen varios tipos y niveles de necesidades que oscurecen la diferenciación entre necesidades y deseos. Al reconocer el rango de necesidades físicas y psicológicas, por ejemplo, ejercicio, descanso, nutrición, sexo, bienes materiales, productividad, relaciones sociales, románticas, artísticas, intelectuales, la necesidad de variedad, así como la de simplicidad, urgencia, frecuencia, etc., demuestra que el término necesidad cubre mucho más y un ámbito más amplio y variado que lo que normalmente suponemos.

Muchas personas consideran superfluas cosas como el correo electrónico, los teléfonos celulares, los automóviles, y los mecanismos de control ambiental. Estas conveniencias, dicen, son lujos de los que podemos prescindir. Muchas personas han vivido por siglos sin ellos. Esto indica que las necesidades se identifican en relación a un contexto de lo que está disponible. Lo que consideramos esencial ha escalado a través de los años. Según el historiador Daniel Boorstin, «la necesidad por lo innecesario es otro nombre para el progreso humano». Las necesidades son más elásticas de lo que muchas veces suponemos. Por lo tanto, la línea divisoria entre necesidades y deseos no es fija de manera tal, que podamos con confianza asignarles un estatus subordinado a los deseos. 

El florecimiento es un fenómeno objetivo, a pesar de que diferentes cosas hacen felices a diferentes personas. No obstante, el que una persona piense que está floreciendo no garantiza que en efecto sea así. El que lo sea depende de la relación que sus acciones tengan con la promoción de su vida.

Primero el florecimiento es contextual. Lo que constituye el florecimiento de un individuo depende de sus habilidades particulares, conocimiento y circunstancias. Una persona florece en tanto haga lo mejor que pueda para llevar su vida en una manera que avance, que la promueva, que beneficie su propia vida. Pero lo mejor de una persona puede diferir de lo mejor de otra; y lo mejor de esta persona puede diferir de su mejor en otra época, cuando sus habilidades y conocimiento no estaban tan bien desarrollados. Una persona puede florecer antes de llegar a ser tan bueno como pueda llegar a ser.

La función principal de una ética normativa es identificar los meta-valores que son necesarios en la vida de cada quien. Como el impacto total en la vida, de las elecciones particulares que enfrenta una persona, no son evidentes, y como los sentimientos no son instrumentos confiables para guiar nuestras acciones para promover nuestra vida, un código moral le indica a la persona los principios que debe seguir para florecer. Pero esto deja a los individuos considerable discreción en la elección de valores más específicos que sean consonantes con los meta-valores.

Florecer es otro nombre para la condición de vivir en la única forma que uno puede vivir, si uno ha de sobrevivir. Florecer es a la vez, el medio para valorar y el fin del valor. Es la razón para ser moral.

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