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Proteger la narrativa progre a cualquier costo

Alejandro Palmieri
21 de octubre, 2021

Ruth Bader Ginsburg fue una mujer excepcional; superando una serie de adversidades en su infancia y juventud, tuvo una brillante carrera académica; en 1993 el presidente Clinton la nominó para la Corte Suprema de Estados Unidos donde, inicialmente, jugó un papel en el balance de opiniones, aunque luego se alió al  ala “liberal” (opuesta a la posición de los miembros conservadores) de la Corte.  Se podrá diferir de sus posiciones y los temas que abanderó, pero su prepareción académica es incuestionable y su aporte a la jurisprudencia gringa, valioso. 

Así, sus credenciales más que su tendencia son impecables, una mujer con sesudas opiniones más allá, insisto, de sus pocisiones.  No obstante ello, una conocida periodista gringa, con mucho menos lustre, preparación o brillantez decidió editar una entrevista que le hizo para dejar fuera algo que según la periodista, podría ser usado encontra de la Juez Ginsburg.

Resula que Katie Curic le hizo una entrevista a la Juez Ginsburg donde ella, a pesar de su abierta tendencia -llamémosle progresista- se pronunció en contra de la práctica de algunos deportistas negros en hincarse durante el himno de los EEUU antes de los partidos en señal de protesta.  Esa práctica la hizo famosa el ex mariscal de los 49ners de San Francisco, algo que le costó su carrera.

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La cosa es que la Juez Ginsburg, una alida de las revindicaciones sociales, consideró que hincarse durante el himno era algo “tonto e irrespetuoso”.  Una expresión así, viniendo de quien venía, era un duro golpe a la narrativa progresista que de unos años para acá ha tomado auge en los medios gringos, así como en las universidades y en la élite de Hollywood.  Cuando desde la derecha se critica -con razón- actitudes como esa, pero también otras mucho peores como la destrucción de propiedad privada en “rechazo” de una supuesta protesta revindicatoria y hasta violencia física de grupos como Black Lives Matter en contra de particulares inocentes solo por el hecho de no compartir su violento “mensaje”, los medios y activistas “woke” desechan tales críticas porque vienen de quienes ellos señalan como retrógrados o simplemente por ser de derecha. 

Entonces, la dura y puntual crítica de la Juez Ginsburg no podría ser rechazada y por eso la periodista Curic decidió omitir esa parte de la entrevista; no importando que Ginsburg era un baluarte de progresía en la Corte, una mujer admirada por la izquierda gringa, si lo que ella decía era contraproducente a la narrativa que el establishment empujaba, entonces debía ser censurada. Curic, miembro de esa entente, no tuvo miramientos. 

Todo esto se sabe a raíz de la publicación de un libro de Curic donde reconoce aquella censura; más allá de arrepentirse y disculparse, contumaz, ha salido a defender su decisión.  Es decir que Curic, una periodista con una larga carrera, sí, más no destacada, decidió que sabía más -y mejor- que la Juez Ginsburg, una mujer mucho, pero mucho más preparada que la periodista. 

En realidad no es que supiera más o mejor, es simplemente que no le “servía” que Ginsburg dijera eso, pues se traía al traste el esfuerzo progre, narrativa y todo.

Y es que ese es solo un ejemplo de lo que sucede en el mundo de un tiempo para acá, tanto en universidades como en medios, donde la discusión de ideas es permitida y aceptada sí y solo sí, concuerda con las ideas de la progresía, caso contrario, son desechadas y tachadas de ofensivas y dañinas, son censuradas o, peor tantito, a quienes han opinado librmente pero en cotra de su narrativa, son “cancelados” y sentenciados a una muerte civil, propia de regímenes autoritarios.

Sorprendentemente, cada vez más personajes de la izquierda gringa –liberals- se han pronunciado en contra de esa peligrosa tendencia de la radical izquierda gringa de rechazar cualquier opinión contraria, sin importar que venga de donde venga; el comediante y comentarista Bill Maher es uno de ellos y vaya si no es él un liberal de pura cepa, pero la razón y la libertad deben prevalecer sobre ideología y narrativa e incluso para muchos liberales -como Maher- la irracionalidad y la utrasensibilidad de la progresía woke es antidemocrática, más allá de estúpida.

En Guatemala, donde nos fascina copiar todo lo malo de las tendencias globales, la cosa va por ahí, aunque para desgracia de los progres locales, los guatemaltecos “de a pie” siguen teniendo valores conservadores muy enraizados lo que ha impedido que esas corrientes progres tengan arrastre más allá de la “tuitosfera” chapina y de los coloquios y “Facebook lives” que tanto les gusta hacer y donde con unos pocos cientos -a veces- de seguidores se creen tener el respaldo de un inexistente 72% de la población.  Solitos ellos -y ellas- se engañan. 

Sin embargo, quién con una luz se pierde y queda claro para dónde nos quieren llevar; su narrativa antisistema copia lo que desde el norte les envían y lo tropicalizan como ha sucedido en Chile, Colombia y México. 

Lo que el comunismo no logró a partir de la segunda mitad del siglo pasado, la progresía gringa y por ósmosis, la latinoamericana, lo está logrando: un sistema que más allá de crear una sociedad más libre, cada vez la hace menos libre, pretende restringir la libertad individual so pretexto de un mal entendido “bien común”. 

Para ello, se valen de cualquier arma a su dispocisión como la ya aludida “cancelacion” de personas, censura de opiniones y por supuesto, reescribir la historia a modo que ni siquiera se conozcan a personajes que, con luces y sombras, han forjado naciones. 

Entre los talibanes que dinamitan imágenes de Buda y la progresía woke que bota bustos de Colón y remueve estatuas de Jefferson -acá decapitan a una de Reina Barrios- no hay diferencia alguna.  Son, al fin, fundamentalistas.

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