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La deshonestidad socialista

Warren Orbaugh
25 de octubre, 2021

La racionalidad es la virtud de ejercitar la mente, de estar en contacto con la realidad, de no evadir. La deshonestidad es un paso después de la evasión, es no encarar la realidad. La evasión consiste en ignorar algún aspecto de la realidad; la deshonestidad es crear una supuesta realidad que reemplaza la que a uno no le gusta. 

Si uno sólo evade, uno no mira la realidad, y eso es un defecto. Uno puede andar desenfocado, atontolinado, pero esto no sería necesariamente deshonestidad, meramente sería estar fuera de foco. En ese caso, uno todavía no está construyendo otro hecho para reemplazar el hecho actual. Pero si uno deliberadamente no mira algo que a uno le disgusta, y uno hace o finge algo irreal para reemplazarlo, entonces, la acción es específicamente deshonesta. Como cuando una monja finge que el íncubo la dejó preñada. Ella no está simplemente evadiendo, no viendo su pasado, sino que creando uno nuevo. 

Específicamente, la honestidad es no falsificar la realidad. La racionalidad consiste en decir que la existencia está allí, existe, trata de captarla. La honestidad consiste en decir que sólo la existencia existe, no trates de fabricar otra, no manufactures lo irreal como sustituto.

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El principio de honestidad es negarse a falsificar la realidad. La persona honesta acepta la realidad y retrata las cosas como sinceramente cree que son. 

Como el humano para florecer, tiene que elegir el curso de acción que fomenta su vida, tiene necesidad de conocer el mundo, tan bien como le sea posible, y la honestidad es vital en el proceso de conocerlo. La honestidad, al consistir en rehusarse a falsificar la realidad, es una renuncia deliberada, por principio, a evadir, distorsionar, tergiversar, falsificar. En esencia, la honestidad es no fingir.

Rand sostiene que fingir, falsificar la realidad es un acto fútil, inútil, porque no crea un universo alternativo en el cual, los deseos del deshonesto de alterar ciertos hechos, milagrosamente se cumplirán. El hecho básico que demanda la virtud de la honestidad es que lo irreal es irreal y por tanto no tiene valor. Lo que no es así, no es así. Sólo aquello que existe puede tener un efecto florecedor en una persona, sólo lo que es real puede ser valioso para alguien.

El problema con la deshonestidad es que el falsificar la realidad no la cambia. No podemos hacer desaparecer las leyes de identidad y de causalidad con desearlo. No podemos hacer desaparecer nuestras necesidades o las consecuencias de nuestras acciones. Una persona que quiere adelgazar no puede erradicar su necesidad de nutrirse, como lo descubre, trágicamente, una anoréxica. Una persona que quiere ser feliz descubre como lo hace el alcohólico, que el licor no es el camino.

Los socialistas fingen que la prosperidad y riqueza de los individuos permanecerá, aunque les impongan un sistema que destruye la posibilidad de crear riqueza al maniatar a aquellos que usando su mejor juicio podrían crearla. Fingen que su sistema trae justicia para todos, respeto a los derechos de todos, aunque su política se base en la violación de los derechos individuales. Fingen que crean paraísos para que vivan los ciudadanos, aunque tengan que encerrarlos detrás de muros para que no se escapen del mejor de todos los mundos posibles. Fingen que la miseria de la Unión Soviética, de Camboya, de Corea del Norte, de Cuba, de Venezuela, en fin, de todo país donde se ha implementado el socialismo, no existe o se debe a los capitalistas. Fingen que la riqueza es papel moneda y que basta imprimir más dinero para aumentarla, y cuando la consecuencia es la inflación, fingen que son los comerciantes los responsables. Fingen que los habitantes de Cuba son libres, aunque estén sujetos a la voluntad arbitraria de la casta gobernante.

Los socialistas fingen que la historia no fue como fue. Fingen que 600 u 800 españoles vencieron y conquistaron a los “pueblos originarios de América”, a millones de nativos, cual si fueran superhéroes de Marvel. Fingen que estos nativos provenientes de Asia vivían bajo un sistema en que se protegían sus derechos individuales, sus libertades, sus propiedades y sus vidas, y que todo eso terminó con la conquista, aunque la evidencia de los sacrificios humanos, perpetrados por los grupos indígenas abundan. Fingen que los tlaxcaltecas no estaban en una guerra de liberación contra los mexicas (aztecas) cuando vinieron los españoles, ni que usaron a los españoles como aliados para vencer a los soldados de Tenochtitlán. Fingen que los españoles subyugaron a todos los indígenas, aunque las crónicas revelan que los tlaxcaltecas por su buena relación con los colonos españoles disfrutaron de privilegios y participaron ampliamente en el establecimiento de varias comunidades en el noreste de la Nueva España. Los colonos tlaxcaltecas quedaron exentos del pago de impuestos, se les otorgó la hidalguía y, además, el derecho a usar “Don” delante de su nombre. Fingen que la esclavitud de los conquistados no fue abolida veinte años después de la conquista debido a las “Nuevas Leyes”, promulgadas en 1542, como narran los historiadores, entre ellos Severo Martínez en su La patria del criollo

Piden, como lo hace Andrés López Obrador, que la corona española se disculpe por su papel en la conquista, fingiendo que no fueron castellanos los conquistadores y no España, ni que México no existía pues fue hasta el 6 de noviembre de 1813 cuando surge como nación, cuando el Congreso de Anáhuac expidió el Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional. Dicha denominación hacia clara referencia al nombre usado por la Constitución de Cádiz, para delimitar el territorio del Imperio Español que correspondía al Virreinato de la Nueva España y sus áreas dependientes (Capitanía General de Guatemala, Cuba, Florida, Puerto Rico y la parte española de la isla de Santo Domingo —hoy República Dominicana—), asumiendo con ello, que ese era el espacio geográfico sobre el cual se constituiría la nueva nación. Fingen que la conquista fue la imposición de la esclavitud cuando en realidad fue la liberación de los pobladores del dominio azteca, y la institución de derechos civiles. Fingen que ellos existirían, a pesar de que de no haberse dado los acontecimientos como se dieron, ninguno había nacido.

Sin embargo, el fingir no puede cambiar nada. Los cambios que el humano puede hacer, sólo los puede hacer respetando la naturaleza de la realidad. Los valores objetivos no se pueden falsificar. Lo que destruye la vida, no va a promoverla sólo porque alguien lo desee. Y usualmente, el motivo para ser deshonesto es tratar de conseguir un valor, pero no se puede falsificar valores objetivos tampoco.

Conseguir la prosperidad para Hispanoamérica requiere conocer la realidad tan bien como podamos, y reconocer que para crear riqueza se debe dejar que los individuos actúen libremente guiados por su mejor juicio, intercambiando bienes producidos por bienes producidos. Requiere que aceptemos que existimos debido a las acciones que hicieron quienes nos precedieron – de las cuales no somos responsables – y que nuestra responsabilidad consiste en cooperar para hacer un mundo conforme a nuestros valores. Requiere que identifiquemos que la manera, probada muchas veces y en muchos lugares, para progresar es la cooperación social – el intercambio libre de bienes y servicios, donde todos se benefician – y no mediante el enfrentamiento y la lucha de unos contra otros como si fuéramos primates primitivos. En otras palabras, que los socialistas dejen de fingir, acepten la realidad y cooperen para crear un mundo mejor.

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