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Capitalismo, el ideal desconocido

Warren Orbaugh
04 de octubre, 2021

Tal pareciera ser que el anhelo de casi todo necesitado es salir de la condición de pobreza en que se encuentra. También parece ser que aquel ciudadano bondadoso que siente empatía con éste, quisiera ayudarle a salir de tan penosa condición. Entonces la pregunta lógica que viene a la mente es ¿cómo? 

Este bondadoso personaje apresura algunas propuestas: “hay que educarlo gratuitamente, hay que darle tierras, hay que darle vivienda, hay que darle alimento, hay que darle…, hay que darle…” Entonces la pregunta lógica que viene a la mente es ¿quién? ¿Quién costeará lo que quiere este ciudadano bondadoso dar al pobre?

Si el bondadoso costea él mismo sus dádivas, entonces su caridad es encomiable. Pero si pretende forzar a otro a costear los regalos que pretende dar, entonces tenemos un problema. Para ayudar a uno tendrá que atentar contra el derecho de propiedad y de libertad del otro. Si pretende justificar su agresión argumentando una injusta distribución de la riqueza,  tenemos a un socialista. Entonces la pregunta lógica que viene a la mente es ¿cómo puede ser bueno el que para ser benévolo con el necesitado se sea malévolo con el laborioso?

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El socialista, bondadoso para uno –malévolo para el otro, parece no percatarse de lo que la experiencia diaria atestigua, que bajó regímenes que se acercan al capitalismo, los salarios y el nivel de vida de los trabajadores aumentan ininterrumpidamente, y  las divisiones tradicionales entre los diversos estratos de la población se desmoronan, permitiendo a los trabajadores disfrutar de cosas hoy, que los reyes de antaño no habían tenido a su alcance. Entonces la pregunta lógica que viene a la mente es ¿por qué se opone al capitalismo como una solución en la que no haya de violentar el derecho de nadie?

Este mismo socialista se opone a la inversión privada, nacional y sobretodo extranjera, de proyectos que ayudarían al desarrollo de comunidades pobres de Guatemala.  Se opone a la minería mostrando su diente de oro, a la construcción de hidroeléctricas a la vez que clama por energía eléctrica más barata, reniega de la telefonía privada mandando mensajes por su iPhone- el que le toma cinco minutos comprar en cualquiera de una gran diversidad de lugares-, alabando los dorados tiempos en que el Estado era el dueño de la única empresa de teléfonos, y que concedía teléfono a pocos después de una espera de varios años. Su oposición la ejerce por medio de “pacíficas” violaciones de los derechos de los demás ciudadanos: les impide llegar a su destino, a su trabajo, al hospital; los secuestra por varios días; les roba sus pertenencias – armas, dinamita, camiones, etc.; les asesina. Y pretende justificar su agresión argumentando que el sistema capitalista inhumano es responsable de la destrucción, devastación y exclusión de la vida digna, especialmente de las mujeres y de los pueblos originarios de América. Supone que la pobreza de los miserables se debe a la burguesía explotadora. Entonces dos pregunta lógicas vienen a la mente: ¿es esto cierto? Y ¿qué es el capitalismo?

El concepto de vida digna no tiene ninguna precisión. No existe ni un medio mínimo común de subsistencia aplicable a todo humano. La pobreza es la condición natural del humano. El hombre primitivo se adaptaba a una vida más de animal que de persona, y sobrevivía en condiciones que resultarían insoportables para los melindrosos humanos de hoy, acostumbrados a los beneficios del capitalismo. Lo cierto es que cada quien define como desea que sea su vida y para lograr crearla necesita de riqueza. Es un grave error creer que la naturaleza, la madre tierra, derrama sobre la humanidad un inagotable cuerno de la abundancia. La riqueza es artificial, debe ser creada por el hombre.  Y para crearla, los hombres se ingeniaron la cooperación social, o lo que es lo mismo, la división del trabajo, que permite una enorme productividad, una tremenda creación de riqueza, a la vez que la aparición de relaciones pacíficas y amistosas entre ellos. Se ingeniaron la cooperación social como una mejor alternativa que la lucha entre ellos por los escasos recursos naturales.  En una economía de mercado o capitalismo puro, que es la forma de actuar bajo el signo de la división del trabajo, los hombres cooperan entre sí, porque en el proceso para buscar satisfacer sus propios intereses deben satisfacer los del otro.  En el intercambio mercantil, que es libre y voluntario, ambas partes salen ganando. Si ambas partes no consideraran la operación como ventajosa para cada uno en las condiciones concurrentes, no la harían. La institución fundamental de la economía de mercado es la propiedad privada de los medios de producción. En su ausencia, el mercado se desvanece. 

La afirmación de que las ganancias se obtienen a expensas de los demás es una falacia que confunde el término ganancia con el fruto de la expoliación, o sea, el botín, término éste sólo válido respecto al robo o el saqueo. El comerciante o el empresario, quien sólo sirviendo a los demás se sirve a sí mismo, no posee ningún poder coactivo para obligar a los demás a actuar como a él se le antoje. Más bien, por el contrario, como lo que lo mueve es el afán de lucro, tiene que producir para el consumo de los demás, ya que el beneficio sólo lo cosecha quien ofrece a la gente aquello que ésta con mayor urgencia precisa. 

Nada hay más humanitario, civilizador y benevolente que el sistema de mercado o capitalismo. En ésta el individuo es libre para actuar dentro de la órbita de la propiedad privada y del mercado. Sus elecciones son finales. Para sus conciudadanos sus acciones son datos que ellos deben considerar en sus propias actuaciones. La coordinación de las acciones autónomas de todos los individuos se logra por las operaciones del mercado. La sociedad no le dicta a persona alguna que hacer o que no hacer. No es necesario forzar la cooperación. La cooperación premia a las partes, las relaciones son gana-gana. El ajuste de los requerimientos del esfuerzo productivo de la sociedad y la búsqueda de satisfacer los intereses individuales no entran en conflicto pues son parte del mismo mecanismo. Estas relaciones entre individuos son pacíficas y respetuosas – no interesa a quienes intercambian que religión profese, que color de piel tenga, o cual sea el sexo de la otra parte. Más allá del ámbito de la propiedad privada y del mercado, sólo está el ámbito de la compulsión y coerción.

Entonces, ¿cuál es el secreto para que el necesitado pueda salir de la pobreza? El secreto no está en la educación, como creen muchos, sino en la libertad de actuar según le aconseje su mejor juicio a cada uno. Donde existe más libertad de comerciar, existe más prosperidad.

Y libertad es un concepto de relación entre humanos. No debe confundirse con autodeterminación – la capacidad de decidir uno sus propios asuntos sin coacción externa – ni con solvencia – el no tener deudas o tener la capacidad de pagarlas. Uno disfruta de autodeterminación en una isla desierta, sin embargo, no es libre. Un grupo de piratas que arriben a la isla podrían esclavizarlo a uno con impunidad. Por otro lado, uno no tiene deudas o las está pagando, cuando es prisionero en un presidio, donde tiene sus necesidades de cobijo, comida y entretenimiento cubiertas, y sin embargo no es libre. Libre es no ser esclavo. Y el esclavo es quien está sometido a la voluntad arbitraria del amo. Es una relación entre dos personas. Sin amo no hay esclavo y sin esclavo no hay amo. Libre es entonces, aquel que puede actuar según su autodeterminación, al estar protegido por leyes y un aparato capaz de imponerlas, contra aquel que quiera someterlo coactivamente a su voluntad arbitraria. Y el sistema político que se basa en el reconocimiento y protección de los derechos individuales – derecho a la vida, a la propiedad y a la libertad – es el capitalismo.

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