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LGBTQIA y la disputa de la identidad de género

Carlos Alberto Montaner
22 de noviembre, 2021

Ya no hay dos géneros. Hay 20. Antes era muy fácil. Hombres, mujeres y locos que no encajaban en las dos grandes categorías. A mí, un liberal confeso, me parece un disparate  asignarle un color ideológico a la disputa-de-la-identidad-de-género. No es de derecha o de izquierda. No tiene sentido oponerse a que las personas elijan su sexo o su género. Como me parece absurdo negarle el uso del urinario a unos seres humanos que desean perentoriamente evacuar su vejiga, sólo porque se empeñan en ser mujeres. ¿Cuántos casos hay disponibles? Seguramente, son muy pocos. ¿No es mejor contarles a las niñas que algunas mujeres orinan de pie? ¿O estamos dispuestos a creer la leyenda del violador que alegó ser una dama e hizo de las suyas en un baño de muchachas ingenuas y desprevenidas?  

Expliquemos la extraña palabra LGBTQUIA mientras abanicamos la atmósfera con una alegre bandera de colorines. Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero, “Queer” (lo siento, no tiene traducción), Intersex y Asexual. De los tres primeros no hay la menor duda. Todos conocemos personalmente o por referencias a lesbianas, gais y bisexuales.

Comencemos por los Transgéneros. Son tan numerosos que la ONU les ha dado la razón. Uno tiene el derecho de reescribir el carnet de identidad. En todo caso, la aprobación de ese alto organismo no les ha servido de mucho. Los acosan, golpean y hasta matan sin compasión. Depende de la cultura en la que viven. Suelen decir que “que están atrapados en un cuerpo que no les corresponde”. No están conformes con el sexo que les asignaron al nacer. Unos recurren a la cirugía, a las hormonas o a ambas. Son “Mujeres trans” u “Hombres trans”. Otros sólo se visten del sexo opuesto, pero ese detalle no le da derecho a nadie a prejuzgar la orientación sexual del susodicho. Pueden ser ardientes amantes disfrazados para despistar o, simplemente, porque les gusta la ropa.

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Cuando yo era joven la palabra “Queer” se utilizaba para ofender a cualquier gay o lesbiana. Ya, afortunadamente, no es así. Los y las “Queer” hoy se identifican orgullosamente con ese vocablo que viene a decir que, provisionalmente, asumen los roles de hombre o mujer. 

Los Intersex son las personas que tienen características biológicas del otro sexo. Con frecuencia eso proviene de la dotación de cromosomas, pero no sólo de eso. ¿Qué es el hirsutismo de las mujeres¿ ¿Qué es el pene diminuto en algunos hombres? (Heberto Padilla, siempre tan ocurrente, describía con una sonrisa malvada el pene de Lezama Lima diciendo que era “una leve insinuación de la piel”). Los seres humanos poseemos en todas las células 23 pares de cromosomas XX (mujeres) o XY (hombres). Pero a veces ese mundillo no es tan diáfano y se discute si la señora es, en realidad, un señor, ignorando el resto de los elementos que constituyen el género.

Nos queda, por ahora, los Asexuales. Hace mil años conocí en Puerto Rico a un profesor asexual. No era gay. Sencillamente, no le interesaba el sexo. Pueden ser de cualquier género. Dependen del entusiasmo que generen en ellos, o en ellas, las personas dotadas de testículos o vaginas, de músculos o de pechos. Generalmente, son indiferentes a ese tipo de atracción. No obstante, existen los y las, Asexuales que se sienten atraídos sólo por la inteligencia del sujeto en cuestión. Se trata de “Demisexualidad”. Sólo lo he visto de cerca una vez en la vida: la atracción que despertaba Pau Casals en Marta, su mujer, medio siglo más joven que el genial cellista. Estaba genuinamente enamorada. El otro caso que conozco, pero de lejos, es el del físico teórico británico Stephen Hawking, atado a una silla de ruedas por culpa de una enfermedad degenerativa del sistema nervioso que le fue negando los movimientos hasta convertirlo en una máquina de pensar que se comunicaba por medio de un lápiz que sostenía entre los labios. Su mujer lo adoraba. O adoraba su inteligencia. Era una asexual de la variante “Demi”.

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