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La virtuosidad de la desgracia

Carolina Castellanos
05 de noviembre, 2021

El autor del título de esta columna de opinión, Andrés Villota Gómez, escribió un artículo llamado La narrativa que hace miserables a las naciones (PanamPost, 3 de noviembre de 2,021). Me llamó la atención el título, pensando que hablaría de los interminables discursos de los políticos de siempre cuando están en campaña y luego ejerciendo el cargo. Estas disertaciones, trilladas, aburridas y llenas de gloria y esperanzas hacen que los votantes se inclinen por quien más los convenció, o por el que acompañó el discurso con música, regalos y la tierra prometida: trabajo para todos, comida regalada, mejora de infraestructura, agua potable, semillas y cuanta cosa se les ocurre.

Las naciones se hacen miserables con tantas promesas vacías. El incumplimiento de éstas genera rechazo hacia el gobernante y su equipo de trabajo y las acusaciones de robo y corrupción no se hacen esperar. La pérdida de confianza en las autoridades causa que los funcionarios empiecen a implementar medidas populistas que, como ya sabemos, resuelven el plazo muy inmediato solamente. Se pierde la visión de mediano y largo plazos, el tiempo avanza y el país sigue miserable, esperando la próxima elección para que se repita el ciclo.

Villota Gómez se refirió a otro tema cuando habló de la virtuosidad de la desgracia. Gobierno y empresarios contratan personal para cumplir con la agenda progresista de izquierda que reclama derechos y oportunidades para quienes tradicionalmente dicen haber sido rechazados. Por supuesto, me refiero a feministas, comunidad LGBTIQ, ecologistas, etc. Gastan millones en certificarse ellos, y al país, como defensores de los derechos humanos. Contratan organizaciones que puedan certificarlos como amigables con el ambiente, promotores de la igualdad de género, etc. 

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En las empresas deja de importar la calidad profesional del empleado y su capacidad para ejercer el cargo para el que fue contratado pues es más importante que pertenezca a un grupo tradicionalmente discriminado o rechazado, que su capacidad profesional. Así, las empresas se han dado a la tarea de financiar indirectamente las campañas que, en el mediano y largo plazos, les generarán pérdidas incuantificables. Obtener el reconocimiento de ser empresa “inclusiva” cuesta mucho dinero. El cierre o quiebra de empresas destruye un país.

Los gobiernos hacen lo mismo. Utilizan fondos públicos para adaptar sus políticas, dirigir recursos abundantes, conseguir la aprobación internacional, certificaciones, premios y muchísimo dinero que será utilizado para promocionar sus políticas “abiertas e inclusivas”, promoviendo la igualdad. Y así, las naciones se hacen cada vez más miserables al dejar por un lado las necesidades más apremiantes.

El nombre del juego es dinero, siempre. CODECA coloca “diablitos” para robar energía, promueve a su dirigente pues defiende a los “pobres inútiles” que, sin ella, estarían en la miseria. Sabemos que los “acarreados” son solamente eso. Reciben una dádiva para decapitar la estatua de José María Reyna Barrios y así reivindicarse de la conquista, sin tener la más mínima idea de quién fue. Como escribió alguien en un chat: “¿alguien sabe en cuál de las carabelas venía Reyna Barrios?”

Eso hace miserable a cualquier nación. Vemos con horror lo que está sucediendo en lo que fuera el mejor país del mundo para vivir y trabajar: Estados Unidos. Se está convirtiendo en una nación miserable en la que el respeto a los demás, la convivencia pacífica, la certeza de castigo cuando se comete un delito, la libertad de opinar pública y privadamente sin que haya repercusiones, ha quedado en el olvido.

Nuestra nación se está convirtiendo en miserable cada vez que el gobierno no reprime a quienes bloquean el paso de otros, arriesgando la vida de sus “acarreados” y de quienes viven o transitan por allí. Se vuelve miserable cada vez que hay intolerancia por la opinión de otro. El ataque es inminente y continúa hasta que el emisor del mensaje queda destruido, anulado y coartado en su libertad de expresión.

Esa virtuosidad, caracterizada por la posibilidad de vivir libremente y con responsabilidad sobre nuestras acciones, ha caído en desgracia por no ser “políticamente correcta”.  Ahora, ser virtuoso equivale a callar, a opinar de acuerdo a lo que dicen las oenegés, empezando por la ONU y pasando por todas hasta llegar a los “codecas”. Se ha impuesto en nuestra forma de vida, empezando por el uso del lenguaje “inclusivo”, que no ha hecho más que destruir el idioma y darle rienda suelta a los millones que se usan para promover e implantar los designios de los que se autodenominan virtuosos.

¿Hasta cuándo y hasta dónde permitiremos que nos roben nuestra libertad?

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