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En Guatemala la revolución es conservadora

Roberto Carlos Recinos-Abularach
17 de marzo, 2021

Revolución es cambio y reacción es resistencia al cambio. La revolución conservadora es el vástago ilustrado de ambas, pues hereda solo los buenos genes de cada una. Es decir, sí cree en el cambio cuando éste implica, comprobadamente, un crecimiento, un avance o una evolución –como predica la cultura emprendedora– y conserva intacto aquello que constituye la esencia de su identidad y que no ha sido negado o trascendido con evidencias incontrovertibles – como la familia, la ética y las libertades de industria, expresión, asociación, acumulación, credo y pensamiento.

Se podría decir que la revolución conservadora es un movimiento híbrido casi perfecto y la mejor de todas las rutas disponibles para Guatemala, pues es solo a través de ella que podemos desenmascarar la corrupta y decadente agenda geopolítica unificadora, abanderada por el progresismo. 

Como parte de sus delirios, podemos mencionar la promoción del libertinaje sexo-abortista, la subjetividad de la identidad personal (soy lo que me percibo ser, no lo que soy), la cancelación de la disidencia y la imaginación, la difusión de la cultura de la dependencia o el avance del moralismo emocional como fuente de derecho. Inter alia, ¿eh? Inter alia.

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Sigue lógicamente que, en un mundo progresista usurpador, la resistencia será siempre conservadora y ser conservador será siempre revolucionario. 

De ahí que farsas como la narrativa anticorrupción, con sus frentes, sus agentes infiltrados y sus movimientos culturalistas posmodernos, desemboquen en un Comité para la Protección de la Vida y la Familia. O que una Corte de Constitucionalidad corrupta, vendida y visceral, desemboque en el regreso del orden, a través de jurisconsultos conservadores, a sus filas. O que, sin hacernos bolas, Movimiento Semilla desemboque en Rodrigo Polo, Gloria Álvarez o Agustín Laje. 

¿Qué esperaban, pues?

La progresiva y abusiva modificación de la aquitectura funcional del poder republicano a una democracia abstracta, sensacionalista y moraloide, así como la revisión sin fundamento de los criterio éticos de los tiempos y su set de presunciones culturales, opiniones políticas y costumbres sociales, ha venido a desfigurar el mundo de forma tan grave que ameritó la activación de toda una resistencia conservadora inteligente, honesta y valiente. 

Por eso escribo, para invitarlos a formar parte de este movimiento y resistir. 

Y es que hay un nuevo despertar entre los hombres y mujeres decentes de este mundo progre, quienes ante la tentativa de los Estados “democráticos” y del oenegeísmo globalista de robarse a sus hijos y contaminar sus mentes con basura anticientífica, han tomado sus armas para conservar un régimen racional y humanista a favor de la vida, la familia y la libertad, hasta sus ultimas consecuencias. 

Cada vez que los Jordánes Rodas de Guatemala ataquen a la razón y a la ciencia con argumentos artificiales, amarillistas o culturalistas -por naturaleza cambiantes, subjetivos y abstractos- responderemos, las veces que sea necesario, con pruebas y con razonamientos políticos –estables, objetivos y tangibles.

Hoy por hoy, el progresismo ha hecho de la política un poema, romances, baja autoestima y menstruación. Y le llaman “nueva política”. 

Nada que ver. 

El progresismo embrutece y la resistencia conservadora es la medicina.

Termino ya, disculparán, con esta predicción: la progresía no puede ganar, pues sus ideas son débiles, sus métodos inmorales y sus voceros ineptos, como Samuel Pérez, de Semilla, que sigue chantajeando al Estado para que le regale todo a él y a los suyos, a costa de nuestra libertad para emprender, arriesgar y perseguir la felicidad en nuestros propios términos. 

A costa de vivir, Samuel. 

Por eso, la revolución es hoy toda conservadora y triunfará, pues las cosas caen por su propio peso. 

Ley de vida y dialéctica de las cosas.

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