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El Superhombre y el arte

Warren Orbaugh
10 de mayo, 2021

En mis entregas anteriores describí como ese concepto de ‘evolución moral’ de Friedrich Nietzsche, que en su libro Así habló Zarathustra, denominó el Superhombre (Übermensch), y que ejemplifica su celebración de la razón, como algunos pensadores de la ilustración, y de la pasión, como algunos de los románticos, fue acogido por jóvenes intelectuales alemanes a quienes llamó para ayudar a hacerlo realidad. Su influencia se vio en la creación del grupo ‘Wandervogel’, de la ‘Nacktkultur’ (cultura nudista) que se presentó consistentemente como un signo de modernidad y declaraba la desnudez como signo de salud, fuerza y belleza, como afirmación de una nueva sana moral, implicando que la gente que carecía de estas tres cualidades no ‘desvelaba’ su desnudez al mundo. También se vio en la creación del Arte Expresionista Alemán en sus distintas ramas: danza, cine, pintura, escultura y arquitectura.

Así mismo acudió al llamado de Nietzsche, el arquitecto suizo-francés e Corbusier, quien no sólo quiso hacer la morada para el superhombre, sino que tomó muy en serio las palabras de Zarathustra:: «Creo que he visualizado algunas de las características en el espíritu del superhombre; tal vez cualquiera que lo descifre deba perecer; sin embargo, quien lo haya visto debe ayudar a hacerlo a él posible.» De tal manera que Le Corbusier se dio a la tarea de ayudar a crear al superhombre ordenando su espacio vital por medio de un nuevo urbanismo y una nueva arquitectura. 

Ayn Rand también acudió al llamado de Zarathustra. Ideal, Los que Vivimos e Himno muestran la influencia de Nietzsche en el sentido de vida de Rand, quien, durante sus años en la universidad, se vio atraída por su visión del hombre heroico, su crítica a Kant y su denuncia del colectivismo y altruismo.  Si Aristóteles le dio a Rand la lógica y metafísica, Nietzsche le dio la raíz de su sentido de vida, el énfasis en la aspiración, la búsqueda de valores supremos, la superación de obstáculos y el triunfo.

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En Ideal, Rand presenta un mundo nietzscheano donde uno no encuentra la virtud de integridad en las masas, y el superhombre, o en este caso, la supermujer, cuya energía espiritual se ha secado, está condenada.  Kay Gonda crea para sus admiradores un mundo ideal, y una persona ideal.  Les da la valentía para enfrentar la vida. ¿Pero quién será su ideal y quién le dará a ella la valentía? ¿Es acaso ella la única persona en la tierra que aun persigue un ideal con toda integridad y quien no ha renunciado a sus sueños de infancia? ¿Es posible la integridad?  Como el Zarathustra de Nietzsche, ella baja de su cumbre solitaria al mundo de los hombres sólo para decepcionarse.  Pero, aunque ansiosa y apremiante no desespera.  Y al final encuentra, de algún modo, la integridad que busca.

Algunos pasajes de Los que Vivimos muestran con claridad la influencia de Nietzsche en Rand.  Por ejemplo, en el argumento entre Kira y Andrei sobre el comunismo, poco tiempo después de conocerse, Kira refuta con un punto de vista clásicamente nietzscheano –aunque la versión revisada es más recatada que la versión original:

“«¿No sabes,» preguntó él, «que no podemos sacrificar millones en beneficio de algunos pocos?»

«¿Puedes sacrificar a los pocos? ¿Cuándo esos pocos son los mejores? Niégale a los mejores su derecho a lo más alto –y no te quedará ningún mejor. ¿Qué son tus masas sino millones de almas aburridas, marchitas, estancadas que no tienen pensamientos propios, ni sueños propios, ni voluntad propia, que comen y duermen y mastican inútilmente las palabras de otros que han sido puestas en sus cerebros? ¿Y por esos sacrificarías a los pocos que conocen la vida, que son la vida? Desprecio tus ideas porque no conozco peor injusticia que dar lo no merecido. Porque los hombres no son iguales en habilidad y uno no puede tratarlos como si lo fueran.»” 

[Ayn Rand. We the Living, (New York, Signet, 1959), 80].

(“«Igualdad a los iguales, desigualdad a los desiguales» –ese sería el verdadero slogan de justicia; y también su corolario: «Nunca iguales lo que es desigual.»” [Friedrich Nietzsche. Götzen-Dämmerung. (Berlin: Nikol Classics).])

Leo Kovalensky, el aristócrata de la novela Los que Vivimos es un buen candidato para el superhombre nietzscheano.  Leo es hermoso, arrogante y valiente.  No duda en insultar en su cara a sus verdugos.  Sin embargo, su valentía, al igual que su belleza, es delicada.  Su perfecto físico sucumbe ante la tuberculosis y su espíritu arrogante se quiebra bajo la prolongada presión.  De ser un aristócrata desciende a ser un estudiante ordinario y de ahí a ser un contrabandista y de ahí a ser un gigolo. Rand nos conduce a la conclusión de que el superhombre nietzscheano no pertenece realmente al mundo del totalitarismo colectivista, pues no puede perseguir sus valores, no puede superarse a sí mismo y convertirse en la obra de arte más importante que pueda crear.

En Himno es evidente la influencia estilística de Nietzsche, particularmente en el capítulo once donde los párrafos iniciales son muy similares a los de Así habló Zarathustra:

“«Estoy aquí en la cima de la montaña. Alzo mi cabeza y extiendo mis brazos. Este, mi cuerpo y espíritu, este es el fin de la búsqueda. Yo quise saber el sentido de las cosas. Yo soy el sentido. Yo quise encontrar una justificación para ser. No necesito una justificación para ser, ni una palabra de autorización para mi ser. Yo soy la justificación y la autorización.»” 

[Ayn Rand. Anthem. (New York: Signet, 1946), 108].

En esta novela Rand escoge la versión última del superhombre de Nietzsche para crear al suyo.  Los primeros que menciona Nietzsche como hombres superiores son Alcibiades, Alejandro Magno, Julio Cesar, Cesar Borgia y Napoleón.  Todos valientes, duros, con voluntad de poder, capaces de destruir las instituciones existentes y de crear nuevas.  Pero luego Nietzsche considera que el superhombre corresponde al tipo creativo que más admira y aplica el concepto a Leonardo y a Miguel Ángel.  Concluye Nietzsche en el Ocaso de los Ídolos que el mejor ejemplo del superhombre es Goethe, quien se supera a sí mismo, se perfecciona a sí mismo, creando la más grande obra de arte de la que el hombre es capaz de crear: se crea a sí mismo.  “Un hombre en este estado [creativo] transforma las cosas hasta que reflejan su poder –hasta que son reflejos de su perfección.  Este tener que transformar hasta la perfección es –arte.” [Friedrich Nietzsche. Ocaso de los Ídolos.]:

“Goethe concibió a un humano que sería fuerte, sumamente educado, hábil en todo asunto corporal, con autocontrol, reverente hacia sí mismo, y que puede permitirse el rango completo y riqueza de ser natural, suficientemente fuerte para tal libertad; el hombre tolerante, no por debilidad sino por fortaleza, porque sabe cómo usar en su beneficio, aun aquello de lo que perecería la naturaleza mediocre; el hombre para el que no hay ya nada prohibido –a menos que sea  la debilidad, ya sea que la llamen vicio o virtud.” [Friedrich Nietzsche. Götzen-Dämmerung. (Berlin: Nikol Classics).])

Rand identificó que el verdadero egoísta no es el gobernante que busca poder sobre los demás, sino que el creador.  El héroe de Himno es el creador, en su versión de científico e ingeniero.  Equidad 7-2521, no sólo crea de nuevo la luz eléctrica, sino que rechaza los valores de su comunidad, crea nuevos valores y al igual que Alisa Zinovyevna Rosenbaum (Ayn Rand) crea su nuevo nombre: Prometeo.  Se crea a sí mismo como el primer individuo reverente hacia sí mismo, el hombre para el que ya no hay nada prohibido –excepto lo que perjudica su vida.  Es ese superhombre creativo que es el culmen de Nietzsche.

En El Manantial Rand se distancia de Nietzsche, lo que manifiesta explícitamente en la introducción del libro, donde nos dice que la mejor manera de comunicar el sentido de vida de El Manantial es una cita de Nietzsche, que eliminó del libro por estar en profundo desacuerdo con la filosofía de éste.  Sin embargo, gracias la siguiente aclaración, la incluye en la introducción:

«“No son las obras, sino la creencia lo que es decisivo aquí y que determina el orden de grado –para emplear una vez más una antigua fórmula religiosa con un sentido nuevo y más profundo– es una certeza fundamental que un espíritu noble tiene de sí mismo, algo que no debe buscarse, no debe encontrarse, y que quizás, tampoco debe perderse. –El espíritu noble tiene reverencia por sí mismo.” (Friedrich Nietzsche, Más allá del Bien y del Mal.)» 

[Ayn Rand. “Introduction”. The Fountainhead. (Indianapolis, Bobbs-Merrill, 1976), xiii.]

El superhombre randiano es Howard Roark, explícitamente identificado como tal en un párrafo donde Toohey se refiere a él:

“Ellsworth Toohey hizo dos sugerencias menores: encontró, en el depósito del Banner, la fotografía de Roark en la inauguración de la Enright House, la fotografía de la cara de un hombre en un momento de exaltación, y la hizo imprimir en el Banner, sobre el subtítulo: «¿Esta feliz, sr. Superhombre?»”

 [Ayn Rand. The Fountainhead. (Indianapolis, Bobbs-Merrill, 1976), 352.]

Howard Roark, el superhombre randiano, es totalmente íntegro e independiente, se hace a sí mismo, decide en base a un razonamiento objetivo, tiene una extensa lógica en todas sus acciones, difícil de ver debido a su magnitud y consecuentemente engañosa.  Su propósito unificador está definido en sus valores, que persigue superando los obstáculos que se le interponen.  Tiene la habilidad de extender su voluntad a través de grandes trechos de su vida y de despreciar y rechazar todo aquello que es nimio. 

Rand contrasta, en la novela, a su superhombre con el superhombre primigenio de Nietzsche, representado en la figura de Gail Wynand, quien busca el poder sobre los demás, con su “moralidad de amo” y que descubre al final que él resulta ser el esclavo de las masas que desprecia.  Su sueño del Edificio Wynand como un monumento a su vida resulta ser tan solo una mofa y un reproche. 

Vemos ya en esta novela varias de las ideas básicas de la filosofía de Rand, pero que aún no ha elaborado en la filosofía que llegará a ser el Objetivismo.  El discurso final de Roark trata primordialmente de los conceptos clave de creatividad, integridad y acción auto generada como la esencia de la vida apropiada del hombre –las raíces de la ética Objetivista – y los conceptos del derecho del individuo a su vida, su propiedad y su libertad – las raíces de la política Objetivista – que Rand desarrolla durante los trece años siguientes en la “Rebelión de Atlas”.

Continuará.

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