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Yo le diría a Kamala Harris…

Roberto Carlos Recinos-Abularach
04 de junio, 2021

Por qué la vicepresidenta Kamala Harris va a Guatemala y México en su primer viaje oficial

Aunque debo reconocer de entrada que, entre tantas cartas abiertas, antesalas sugestivas, consejos profesionales y hasta un par de columnas en inglés dirigidas a la vicepresidente de los Estados Unidos, mis letras corren el riesgo de morir antes de ver la luz, pero ese ya es problema del destino no del escritor, así que aquí vamos.

Yo le diría a la Señora Vicepresidente Harris que estoy de acuerdo con sus premisas políticas y diplomáticas básicas: centrarse en el ser humano, fomentar un sentido de esperanza local en los países del Triangulo Norte, identificar y abordar científicamente las causas-raíz del subdesarrollo y concretar un programa de inversión y cooperación técnica tenaz e integral para la región.  Le diría, sin embargo, que sé que su punto central en la agenda es la migración, aunque se disfrace de inversión, narcoactividad y sobre todo –el antifaz más obvio– corrupción, tan abstracto e instrumental como aquel mito de “la democracia”.  Al final del día, queda claro que lo que el gobierno del Presidente Biden realmente demanda es proteger su propia seguridad nacional, debilitar estructuras paralelas que compitan con el gobierno federal a nivel militar (el narco), económico (las criptomonedas) o narrativo (la sociedad civil no aprogresada y la oposición política) y mantener el control de su imagen y su relato ante la opinión pública global.  Como dirían en el fútbol: depender de sí mismos para ser campeón.

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Para que todo ello se de, su mantra sine qua non es, claramente: estabilidad. 

Estabilidad en Estados Unidos, en sus vecinos y en la región como un todo colectivo. La misma tiene que ser de doble naturaleza, política y económica, ergo, “social”. La mayor amenaza para el poder hegemónico de los Estados Unidos es, pues, el desorden, la improvisación o la rebeldía antirrepublicana, ya que éstas precarias envalentonadas inspiran a los hombres fuertes –como Bukele—y a las masas a sacar pecho vis-à-vis el coloso norteamericano y gran protagonista mundial. Y eso no es bueno, desde luego, para el gobierno de Estados Unidos ni para el “americanismo” global, en términos generales.  Solo falta recordar cómo la administración de Bush hijo despilfarró crédito moral durante su segundo mandato. Ahora se aferran al progresismo de Obama, pero en esteroides, menos técnico y más emocional, para recuperar mucho de ese terreno perdido y además profundizado con la antipolítica antideológica de Donald Trump.

Y es que Estados Unidos también tiene sus problemas, aunque nosotros no tengamos la capacidad, la calma o el coraje de ver más allá de nuestras tremendas narizotas. 

Resulta entonces que la inestabilidad y el desgobierno regional habla mal del hermano grande. Ese que está por su propia naturaleza llamado a manejar el poder y las ventajas históricas sobre sus vecinos. Y es que, ¿si no pueden mantener siquiera una buena imagen o una buena aptitud para la gobernanza, con qué derecho y autoridad vienen a decirnos qué hacer?  De ahí aquello del famoso soft power, o poder blando para inspirara sin levantar un cañón o recetar castigos económicos unilaterales. Soft power es lo contrario a ser un bully y por eso, como buenos progresistas, apuestan por esa forma de empuñar poder político.  

Yo haría lo mismo. 

Es evidente que Kamala Harris sabe esto y vine a comprobar el nivel de su poder blando, a sabiendas de que siempre puede caer en su respaldo de reservas infinitas de poder duro. El problema ahí es que en tiempos de amorfo progresismo y apariencias insustanciales, esta sería una mala noticia para sus aspiraciones geopolíticas. Ella sabe que tiene que convencer sin amenazar y ese es el propósito real de su visita: comprobar y realzar su poder blando para mantener la estabilidad de la región sin acudir a su poder duro. 

Yo, al final de hacer todas las cuentas, lo que le diría con mi mejor voluntad a Harris es que para inspirar al Otro primero hay que ser lo que se dice ser, dar el ejemplo y trascender la oscura verborrea academicista para que nosotros todos -Honduras, Guatemala y toda su compañía- depositemos voluntariamente nuestra confianza en ellos y les extendamos la mano como los socios mayoritarios en pos de la consecución de nuestros sueños de desarrollo y su propia estabilidad, orden y seguridad.

Espero que no, pero si Estados Unidos se quedase en prédica es que no tienen credibilidad moral –poder blando– lo cual conlleva menos estabilidad y ello implicaría a su vez una amenaza importante a sus intereses y seguridad nacional, desde afuera y -ojo- desde adentro de los Estados Unidos mismo, en un país que ya sobrevive más que partido en facciones de desunión nacional, valga la incoherente frase.

Por eso, le insistiría yo a la Señora Vicepresidente, directamente y para terminar, que, de esos $4 millardos de dólares que fluirán de Estados Unidos a Centro América en los próximos cuatro años, se destine su grueso a actividades de desarrollo económico concreto con un mecanismo de seguimiento y medición: inversión, emprendimiento, patentes innovadoras y empleo formal y bastante menos al oenegeísmo que genera, precisamente, ese caos, desorden y conflicto al que tanto le huyen, pues conducen sin falta a la inestabilidad, la falta de certezas y la inseguridad. 

El desarrollo de los guatemaltecos, le recordaría, es el desarrollo de Guatemala y el desarrollo de Guatemala es la estabilidad de uno de sus aliados-frontera más importantes en el mundo y por ende de la región. 

Esta estabilidad conlleva su seguridad y la riqueza que todos. 

Ella misma dijo que viene a tener conversaciones francas.  Se le toma su palabra.

Pero algo me dice que igual no me escucharía. 

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