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Sobre la libertad

Warren Orbaugh
05 de julio, 2021

Hace 162 años se publicó Sobre la Libertad, el libro filosófico de John Stuart Mill, quien fue un defensor utilitarista de la libertad, igualdad de género y la búsqueda de la felicidad de los individuos.  Con éste pretendió establecer las normas de las relaciones entre autoridad y libertad.  Enfatizó la importancia de la individualidad, que concibió como prerrequisito para lograr la vida feliz.  Me pareció conveniente recordar lo que defendió este filósofo escocés, dado que ayer se conmemoró el día de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, día en que Thomas Jefferson redactara la Declaración de Independencia, donde establece los principios morales sociales, conocidos como “derechos individuales”, que sirven de fundamento para la primera república moderna y que reza: 

«Sostenemos que estas verdades son evidentes: Que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido dotados por su creador con ciertos derechos inalienables, entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. 

Que para resguardar estos derechos se instituyen gobiernos entre los hombres…»

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Primero, nos dice Mill, que el hecho de vivir en sociedad hace indispensable que cada uno se obligue a observar una cierta línea de conducta para con los demás que consiste, primero, en no perjudicar los intereses de otro –no violar sus derechos– y segundo, en tomar cada uno su parte en los trabajos y esfuerzos para defender a la sociedad o sus miembros de todo daño o vejación.

También nos advierte que las virtudes personales, que siguen en importancia a las sociales deben ser cultivadas en los niños por la educación –por convicción, persuasión y compulsión.

Así mismo insiste en que los seres humanos se deben mutua ayuda para distinguir lo mejor de lo peor, incitándose entre sí para preferir lo primero y evitar lo último.

Ninguno está autorizado, observa, para decir a otro ser humano de edad madura que no haga de su vida lo que más le convenga en vista de su propio beneficio.

Nos anuncia que en la conducta de unos seres humanos respecto de otros es necesaria la observancia de reglas generales, a fin de que cada uno sepa lo que debe esperar.

Cada uno tiene derecho, asegura, a evitar buscar la asociación con aquel, que aunque no perjudique a nadie, obra como un bárbaro, porque tenemos derecho a elegir lo que más nos convenga.

Manifiesta que los actos perjudiciales para los demás, como la violación de sus derechos; el acto de infringirles alguna pérdida o daño no justificable; la falsedad o duplicidad en sus relaciones con ellos; el uso ilícito de ventajas sobre otros; la abstención de defenderlos contra el mal, son objetos propios de reprobación moral y de castigo.

También las disposiciones que conducen a estos actos, como la tendencia a la crueldad, la malicia, la envidia, el disimulo y la insinceridad; la irascibilidad sin causa suficiente y el sentimiento desproporcionado a la provocación; el ansia de dominación sobre los demás, el deseo de acaparar más que la propia parte en las ventajas –el arrogante, avaricioso, interesado y engañador que los griegos denominan pleonesia; la soberbia que se complace en el rebajamiento de los demás; el egoísmo vulgar, y otros tantos vicios morales que constituyen un carácter moral malo y odioso, son dignas de reprobación.

Declara que los «deberes para consigo mismo», como la prudencia, el propio respeto y desenvolvimiento no son socialmente obligatorios.  Sólo cuando la inobservancia de estos implican un quebrantamiento de deberes para con los demás, por lo cuales el individuo está obligado a cuidar de sí mismo, son objeto de reprobación moral.

Esta distinción entre la parte de la vida de una persona que a ella sola se refiere y la que se refiere a los demás es crucial.  El público no tiene por qué intervenir en los gustos personales ni en los intereses propios de los individuos.

Critica la democracia que junto a la noción de que el público tiene un derecho de veto sobre la manera que los individuos tengan de gastar sus ingresos y al socialismo porque viola los derechos de los individuos.

Reprocha la teoría de los «derechos sociales» llamándola «un principio monstruoso».

De tal manera, que, si queremos preservar nuestra libertad individual, teniendo en mente estos planteamientos de Mill, debemos denunciar y combatir las teorías racistas totalitarias WOKE de Black Lives Matter, y la Critical Race Theory, que sostienen el paradigma de que los Estados Unidos de Norteamérica es una nación estructurada según la supremacía blanca que oprime a los negros, quienes no gozan de libertad, y que por tanto debe reestructurarse según un modelo marxista. 

Estas monstruosas teorías colectivistas anticapitalistas y, por tanto, anti-libertad individual, ya están permeando a la intelectualidad progre de Guatemala, para ser usadas, como en la potencia del norte (con métodos de censura, calumnia e intimidación – “cancel culture” – contra los disidentes), para destruir a los países libres dividiendo a sus ciudadanos en facciones desde adentro. Pretenden reescribir la historia. Pretenden que la realidad es producto de la consciencia y no la consciencia producto de la realidad. Pretenden, con su cruel soberbia rebajar a los demás satisfaciendo su ansia de dominación, escondiendo y disimulando la malicia, la envidia y la insinceridad detrás de sus declaradas intenciones. 

Dicen defender los “derechos de la mujer”, por ejemplo, pero defienden a capa y espada el derecho de la “transgénero” Laurel Hubbard a competir contra mujeres en las Olimpiadas, lo que es evidentemente injusto y violatorio del derecho de las mujeres, a quienes perjudican al despojarlas de los beneficios que la excelencia en su deporte les otorga. La realidad objetiva, evidente a todas luces, es que Laurel Hubbard no es una mujer, es una transgénero, y como tal, su estructura muscular masculina le da una clara ventaja sobre cualquier mujer. Si nos ajustamos a la realidad objetiva, lo justo es crear una categoría transgénero para que Hubbard pueda competir con sus pares. Pero esta solución no les gusta a los de la cultura “WOKE” que intimidan y censuran a las atletas que quieren protestar por esta decisión del Comité Olímpico, etiquetándolas de transfóbicas.

Si una nación pretende ser ignorante y libre. no puede mantener su estado de civilización. Nunca ha sido ese el caso. Los ciudadanos deben ser conscientes de cuales son las doctrinas con las que pretenden destruirlos para así defender su libertad. Recordemos las palabras de Jefferson:

«El precio de la libertad es la eterna vigilancia».

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