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Manifestación Frívola

Warren Orbaugh
02 de agosto, 2021

Los mismos fanáticos religiosos de siempre, esos que tienen dentro de su panteón como sus “santos” y paradigmas al Che Guevara, a Hugo Chávez, a Fidel Castro, a Vladimir Lenin y a Karl Marx, organizaron unas raquíticas manifestaciones para pedir lo que siempre piden: la renuncia del presidente y allegados de turno. 

Desde los años sesenta han querido eso precisamente. Su anhelo ha sido y es imponer su gente en el gobierno, para luego cambiar la constitución y perpetuarse como los nuevos dictadores. La “dictadura del pueblo” le llaman, ocultando que en realidad al pueblo los nuevos dictadores los condenan a la esclavitud contemporánea. Su ideal es llegar a ser como los Castro y también poder vender los servicios de sus esclavos médicos al resto de Hispanoamérica, cobrar en dólares y pagarles una miseria en la moneda de la “finca”. Esa finca, otrora nación libre, convertida en campo de concentración.

Intentaron primero por medio de la guerra de guerrillas y el terrorismo imponer un gobierno marxista totalitario. Tras su fracaso y derrota por el ejército no abandonaron su intención de hacerse del poder, sino que cambiaron de táctica. Ahora siguen los lineamientos de sus sumos sacerdotes contemporáneos – Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Jürgen Habermas, todos integrantes de la Escuela de Frankfurt. 

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La Escuela de Frankfurt está constituida por un grupo de pensadores que idearon la Teoría Crítica, una discusión crítico-ideológica de tinte marxista de las condiciones sociales e históricas y proponer la necesidad de su cambio. Parte de la Teoría Crítica ha sido criticar el arte y la cultura, en particular la cultura del consumidor, la publicidad, los medios de comunicación, o sea al libre mercado o capitalismo, y otras formas de cultura popular (la familia, los géneros, el lenguaje, etc.), para mostrar lo que ellos denominan “la estructura de poder”. Argumentan que los problemas sociales son influenciados y creados por estructuras sociales y culturales, que deben destruirse para liberar a los seres humanos de las circunstancias que supuestamente los esclavizan. Quieren hacer creer a los demás, por ejemplo, que es ser varón o mujer no es condición biológica, sino creación cultural. Así si un varón dice sentirse mujer, ¡paf!, por acto de magia, ya es mujer y puede utilizar los sanitarios y vestidores de mujeres y competir contra ellas en justas deportivas. Pero el hecho de falsear la realidad no es el fin sino el medio. El fin próximo es crear división en la sociedad, crear facciones o clases para promover el enfrentamiento y destrucción de ésta. Varones contra mujeres – movimiento feminista –, heterosexuales contra homosexuales – orgullo gay –, blancos contra todos los demás – “Black Lives Matter” –, ladinos contra indígenas – la agresión de Codisra contra la libertad de expresión por la marca “María Chula” –, etc.  El fin remoto es imponer un gobierno marxista totalitarista.

Pero no debe suponerse que la implementación de esta estrategia es un fenómeno guatemalteco tan sólo. No, es una táctica usada mundialmente por todo marxista en los distintos países libres que quieren destruir. Y han creado una red de apoyo mutuo. 

Ni hay que creerles que sus acciones no son ideológicas – los dirigentes de Black Lives Matter han admitido ser marxistas entrenados, los fascistas de Antifa también, y los manifestantes guatemaltecos enarbolan banderas rojas, portan orgullosamente camisetas del Che y hacen pintas en los edificios con lemas comunistas.

Parte de la estrategia ha sido infiltrarse en los gobiernos para avanzar su agenda progre. Aquí cooptaron el sistema de justicia colocando a sus miembros en las cortes, la Corte de Constitucionalidad, el MP, y la Procuraduría de Derechos Humanos. Montaron juicios para perseguir a sus enemigos políticos, a aquellos que los derrotaron en la lucha armada. Inventaron un genocidio que no se dio para poder ignorar la amnistía firmada en los acuerdos de Paz, que evidentemente no pretenden respetar. Violaron el legítimo proceso para poder condenar a sus víctimas. Y, contrario al decoro de todo juez que se supone imparcial, los jueces celebraron condenar a sus enemigos al finalizar la farsa – al estilo de las dictaduras totalitarias que fingen aplicar justicia. Sin embargo, el ardid fracasó gracias a buenos abogados y jueces honestos que impidieron tan descarada violación de la ley.

Lograron un avance sin precedentes en su estrategia de cooptación al lograr insertar a la CICIG, un ente que gozó de impunidad, que estaba sobre la ley y constitución guatemalteca, que se dedicó a perseguir a sus enemigos políticos bajo la guisa de perseguir la corrupción. Realmente lo que hicieron fue tratar de botar los gobiernos de turno, con excepción del de Colom, por ser un partido con miembros de la Internacional Socialista. Cuando éste se vio en peligro inventaron un cuento de telenovela para apaciguar las aguas. Se valieron de cuanto método corrupto pudieron para tratar de conseguir las condenas que buscaban.  Violaron la presunción de inocencia y publicidad del proceso garantizada en el artículo 14 de la Constitución de la República. La acusación pública y exhibición del detenido ante la prensa, escrita y televisada, prohibida por la constitución, que se volvió práctica semanal generando daño moral y desprestigio de sus víctimas, mostró lo poco que les importa el sistema legal del país. La constitución indica que toda persona debe ser considerada inocente y tratada como inocente, mientras no se dicte en su contra sentencia condenatoria definitiva. Pero ellos trataron a sus víctimas como culpables, aunque no se les hubiera probado responsabilidad alguna. Pesa sobre la conciencia de sus fiscales la ejecución extrajudicial de Pavel Centeno y las muertes del empresario José Estuardo Valdés Paiz y los médicos Jesús Oliva Leal y Edwin Raúl Castañeda. Con conocimiento de causa usaron y asesoraron testigos falsos para tratar de alcanzar sus fines. Y cuando por fin se les empezó a pedir cuentas por esas acciones corruptas y abusivas, se defendieron en contubernio con el Procurador de Derechos Humanos, sus abogados progres y la cooptada Corte de Constitucionalidad. Y cuando el gobierno guatemalteco acudió a la ONU para corregir esa situación, Guterres mostró su juego y evidenció el teatro internacional de estos paladines de la Teoría Crítica al tratar de imponer a su alfil diciendo que él nada podía hacer, que la CICIG, creada por la ONU con el gobierno de Guatemala era un ente independiente.

Ese teatro mundial del absurdo es esa farsa montada para apoyar a los de su grupo dotándolos de un supuesto prestigio internacional. Así, le concedieron a Rigoberta Menchú el Premio Nobel por un escrito que no es de ella, una narración falsa, una supuesta autobiografía inventada y escrita por una comunista francesa. ¿Y qué pasó cuando esto se hizo público? Nada. Quienes le otorgaron el Premio Nobel se hicieron los suecos. Y así, otras farsas por gobiernos “amigos” de Guatemala, premiando a jueces y fiscales del grupo de los progres, esos mismos que han violado las leyes y constitución guatemaltecas con fines políticos.

¡Abrase visto mayor corrupción e impunidad!

Por eso no debe extrañarlos las declaraciones de los representantes de esos países “amigos” pidiendo que se respete la independencia del sector judicial y se protejan las instituciones que luchan contra la corrupción y la impunidad, contradiciéndose al mismo tiempo al presionar para que se de marcha atrás a lo actuado por la fiscal general. ¡Es un teatro donde los principios y la verdad no importan!

La verdad es que, a estos fanáticos religiosos, que falsean la realidad de Cuba, Venezuela y tanto país destruido por el comunismo, no les interesa acabar con la corrupción. Ellos son tan corruptos como el más corrupto en el gobierno. Si quisieran acabar con la corrupción, aquellos de ellos que ya son diputados – de los partidos Winaq, Semilla, URNG-Maíz y Bien – en lugar de presentar acciones de amparo en contra de la Fiscal General y pedir la renuncia del presidente, tratarían de eliminar las fuentes y focos de corrupción en el gobierno. Podrían eliminar las aduanas, terminando con la discreción que permite extorsionar a los importadores y acabarían de una sola vez con el contrabando que perdería su incentivo de ser. Podrían reducir los trámites burocráticos para poder emprender negocios y permitirían así, la creación de empleos y riqueza. Podrían prohibir que las instituciones de gobierno puedan hacer negocios como si fuera una empresa y acabarían con las coimas por contratos de obras públicas que bien podrían ser privadas. Podrían terminar esos contratos lesivos con sindicatos que impiden despedir personal y obligan a aumentos extravagantes que el pueblo debe pagar. Podrían reforzar al sector judicial y policial para que protejan los derechos individuales de los ciudadanos, para que no se violen sus derechos de libertad, de propiedad y de vivir como deseen, que es la función legítima del gobierno.

Podrían, pero no quieren.

Por eso las manifestaciones y protestas a las que convocan no tratan el problema de fondo, sólo son instrumentos para facilitarles acceder al hueso.

Son manifestaciones frívolas.

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