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En defensa del tomate europeo

Daniel Lacalle
03 de agosto, 2021

El sector hortofrutícola europeo se enfrenta a importantes riesgos económicos ante las dudosas prácticas de ciertos socios comerciales. Es un sector competitivo y exportador y necesita de un marco de reglas claramente definidas que cumplan todos los jugadores.

Las justificadas quejas de los agricultores españoles y europeos por los incumplimientos de los acuerdos por parte de Marruecos vienen de largo, pero se han acrecentado en los últimos meses. Y conviene aclarar que las reclamaciones de los productores nacionales frente a la entrada de tomate marroquí no tienen nada que ver con peticiones proteccionistas, ya que denuncian incumplimientos en las cantidades acordadas y un etiquetado que altera la trazabilidad.

El sector hortofrutícola no solo defiende la libertad comercial, sino que la promueve. El libre comercio beneficia tanto a los países importadores como a los exportadores, porque es motor de crecimiento económico y desarrollo. Para ello hay unas normas y unos acuerdos bilaterales lógicos que todos deben seguir y su incumplimiento desvirtúa la propia naturaleza del comercio. El sector hortofrutícola español cumple de manera inequívoca sus compromisos y además es eminentemente exportador.

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Sin embargo, corresponde al consumidor y a los distribuidores conocer y valorar las diferencias, en cuanto a exigencias de calidad y costes de producción, que evidentemente se trasladan al precio. Estamos a veces comparando la producción en países donde la mano de obra cuesta hasta 8 veces menos que en Europa, sin contar con todos los requisitos que se exigen al productor europeo de trazabilidad, protección ambiental, reciclaje… Las grandes cadenas y los consumidores deben saber que esas exigencias de calidad y sostenibilidad tienen un coste y que se refleja en un producto mejor.

En todo el mundo se valora el producto agrícola producido de manera sostenible y con todas las garantías con un etiquetado y diferenciación que el consumidor valora en su decisión de compra. No debería ser diferente en España.

Para ello es clave que se dé un equilibrio y se respete la legalidad. Las negociaciones comerciales entre la Unión Europea y sus socios establecen las condiciones necesarias para la entrada de productos: el etiquetado, las toneladas de productos y otros requisitos de origen. Cuando una de las partes se salta lo pactado perjudica gravemente a los productores de la Unión Europea, España especialmente y, además, el consumidor no tiene manera de saber lo que está pasando.

Es por ello por lo que, a la espera de las medidas legales que procedan, la solución inmediata y duradera es la decisión informada del consumidor. Poner en valor el producto europeo, más allá de las indudables características propias del producto, sino de todo el esfuerzo y beneficios sociales a los que contribuye el agricultor.

No podemos exigir sostenibilidad, respeto al medio ambiente y salarios más altos y después ignorar que tiene un coste cuando compramos un kilo de tomates.

Por eso conviene poner en valor el producto español. Esta es la idea detrás de campañas de promoción europea con el sello “Enjoy, it´s from Europe!” (¡Disfruta, viene de Europa!) que ha lanzado la Unión Europea para apoyar la difusión y promoción de la producción doméstica, o del programa Cutesolar, cultivando el sabor de Europa en invernaderos solares, un reconocimiento a la calidad del producto cultivado en invernaderos solares siguiendo las exigencias más estrictas y que representan los valores de la Unión: el respeto al medio ambiente, la remuneración del trabajo, la trazabilidad de cada etapa… cualidades que el consumidor debe conocer para hacer su decisión informada.

Es cierto que vivimos en un mercado global cada vez más competitivo, pero también lo es que no sólo el precio debe ser el elemento decisor del consumidor. Por lo tanto, estas campañas son necesarias para dar la relevancia y el respaldo que el producto europeo merece. Quizás, en esta línea, y como piden asociaciones de productores, se podría ir un paso más allá y usar este sello o uno similar, no sólo en temas promocionales, sino directamente en el producto, embalaje… para que el consumidor sepa en todo momento qué compra y qué paga.

¿Qué pagamos por una hortaliza española? 

Este sello, que sería compatible con cualquier otro de procedencia nacional o denominación de origen, nos permitiría como consumidores, saber que, por ejemplo, al comprar una hortaliza de invernadero almeriense que estamos contribuyendo a:

– Mantener una actividad que es vital para el desarrollo de la región y a la que se dedican fundamentalmente pequeños agricultores y que es sustento de más de 14.500 familias. El sector genera 45.000 empleos directos, el 60% son trabajadores inmigrantes, y más de 100.000 indirectos. La agricultura bajo invernadero, la manipulación y comercialización de hortalizas y la industria auxiliar suponen casi el 40% del PIB de la región de Almería.

– La protección del medio ambiente por el uso racional del agua(técnicas de enarenado, el riego por goteo, la fertirrigación, o la recolección del agua de lluvia), la utilización de la luz solar como única fuente de energía, la lucha contra el calentamiento global gracias al efecto albedo (reflexión de parte de la radiación solar en las cubiertas de plástico blanqueadas). Así como por la disminución del uso de plaguicidas químicos, sustituidos por el control biológico, utilizando plantas “barrera” y huéspedes e insectos beneficiosos que actúan eficazmente en el control de las plagas.

– Fomentar la economía circular y el reciclaje de los productos, el 95% de los plásticos son retirados y el 80% son reciclados o reutilizados, los de difícil reciclado se utilizan para la generación de combustible líquido.

– Y lo más importante, consumir un producto de la más alta calidad. Juan Colomina, Delegado de Coexphal, explica la estrategia de producción: “España trabaja para diferenciarse por la calidad de sus productos, especialmente a través del sabor. Durante años fue una asignatura pendiente para nuestros tomates, pues durante mucho tiempo nos preocupamos más por su aspecto y durabilidad. Hoy, el camino que siguen productores, comercializadoras e industria auxiliar es el de convencer por el gusto.

Es decir, consumir con la garantía de una calidad certificada con los más exigentes sistemas de certificación y normas de buenas prácticas laborales en toda la cadena de valor, y absoluta trazabilidad del alimento en todas las etapas de producción.

La fuerte competencia que ejercen los países terceros en el mercado europeo de tomate ha provocado un cambio en la estrategia de los productores y comercializadores españoles durante los últimos años. Los agricultores europeos no tienen nada en contra de la competencia, pero sí piden competencia en igualdad de condiciones y con respeto a las normas internacionales.

Las producciones extracomunitarias tienen en el precio su única ventaja, fruto de unos costes laborales muy inferiores y unos requisitos en materia de seguridad alimentaria, también por debajo de lo que se exige a nuestros agricultores. Por eso se trata de generar valor en torno a un producto que sigue siendo la estrella de la sección de fresco en Europa y el mundo, recuperando variedades tradicionales en desuso e incorporando otras nuevas. La producción en invernadero de España siempre ha estado a la vanguardia y ha sabido interpretar y reaccionar rápido ante las tendencias que han ido marcando distribución y consumidores.

El libre comercio es el pilar fundamental del desarrollo sostenible y de la erradicación de la pobreza. A su vez, el avance en calidad, seguridad, respeto al medioambiente y garantías laborales son elementos esenciales de economías desarrolladas y líderes.

Es clave que el consumidor tenga a su disposición la información que le permita saber si un tomate o una sandía vienen de producción sostenible y con las máximas garantías, de dónde es ese producto y qué lo diferencia. Igual que cuando compramos ropa o energía exigimos saber cuál es la fuente y los procesos que se utilizan en su producción, lo mismo debe ocurrir en la agricultura. Para que los consumidores elijan con conocimiento, ya que el libre comercio es también que los consumidores cuenten con toda la información para realizar su decisión de compra.

En países como Estados Unidos o Reino Unido los consumidores saben perfectamente qué productos son de origen nacional, cuáles son producidos con unos estándares de calidad específicos, qué productos son orgánicos y ecológicos y cuáles no. El consumidor çespañol y europeo debe tener esa información porque está demostrado que, cuando el etiquetado y la trazabilidad es correcta, los consumidores prefieren calidad, aunque el precio sea ligeramente superior. Se trata de tener toda la información y defender un comercio libre, abierto y respetuoso con las normas.

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