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Doscientos años y tres días

Carolina Castellanos
17 de septiembre, 2021

 Es la cantidad de días que llevamos siendo independientes de quien en su tiempo fuera la “madre patria”, España. Hace mucho que dejó de serlo. Difícilmente podemos nombrar ahora a un país como tal pues el mundo ha dado demasiadas vueltas desde entonces. Guatemala no es la excepción. Hemos pasado por dictaduras, regímenes militares, democracias a medias y aspiramos a ser una verdadera República, con independencia de poderes y un sistema que funcione y aguante los vaivenes del desorden mundial.

¿De verdad queremos continuar como hasta ahora por otros doscientos años o más? Me parece que hemos olvidado la visión de largo plazo que es preservar la libertad, ese “valor indisoluble del ser humano”, como escribió Ashraf Ghani, expresidente de Afganistán.

Las celebraciones -virtuales- por el bicentenario fueron muy emotivas. Muchos países, y hasta Google, celebraron esta fecha tan trascendental. Nos sentimos orgullosos y felices pues muchos videos que circularon resaltaron las bellezas naturales, los talentos artísticos, el azul y blanco y los símbolos patrios. 

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Ojalá y ese sentimiento de pertenencia a una patria que ha luchado por su libertad continuara por la eternidad. Este valor indisoluble fue mencionado brevemente en varios de los videos y cantos, pero debió ser el centro de la celebración. Oxford Languages dice que “la libertad es la condición de la persona para elegir de forma responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad. Es la condición de la persona que no está sometida a la voluntad de otro”.

¿Estamos sometidos a la voluntad de otro? Definitivamente, cuando aceptamos la injerencia de gobiernos extranjeros, imponiendo sus designios a cambio de un puñado de dólares o euros. Bajo el paraguas de desarrollo sostenible, cuidado del ambiente, desnutrición, pobreza, infraestructura vial, remesas, indigenismo, género y cuanta ocurrencia surge de sus mentes burócratas, hemos cedido nuestra soberanía, o sea, nuestra libertad de acción.

Como país es difícil luchar contra todo esto. La burocracia atrapa a los funcionarios de turno, los envuelve en la danza de millones y los embriaga de poder. Se olvidan que todo esto es efímero. Pasan por los cargos públicos “sin pena ni gloria” (con excepciones a lo largo de los años), sin ver ese largo plazo que grita por libertad de tanta atadura social y económica.

Olvidamos qué representa estar atados. Es más, exigimos seguir viviendo así cada vez que demandamos que el gobierno de turno resuelva todo. Queremos educación, salud, infraestructura, trabajo, alimentación, cultura y cuanta cosa se nos ocurre, pero gratis. Escuchamos constantemente que el gobierno tiene la obligación de dar esto y más. Cada exigencia es una atadura a la dependencia y a los designios de quien esté de turno y de las leyes creadas para atarnos cada vez más. 

Me gustaría que fuéramos tan atrevidos y valientes como lo fueron los Próceres de la Independencia. Desamarrar a Centroamérica de la madre patria fue un enorme esfuerzo. Cada 15 de septiembre lo celebramos pero no le damos pensamiento a ese esfuerzo y a todo lo que conllevó romper las ataduras. Necesitamos tener más visión de futuro para poder conducir al país hacia allí y valentía para desamarrarnos del gobierno en todo lo que esté alejado de proteger la vida, la propiedad y la libertad.

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