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El informe de Amnistía sobre Israel tiene consecuencias peligrosas, tanto para los judíos como para los palestinos

En el actual ambiente de creciente antisemitismo mundial, es —como mínimo— irresponsable por parte de Amnistía ignorar las posibles y peligrosas consecuencias de su enunciación y retórica.

Invitado |
17 de febrero, 2022

Al aplicar los peores calificativos al Estado judío, Amnistía Internacional socava los esfuerzos por crear un futuro mejor para los israelíes y palestinos que conviven, uno que proporcione autodeterminación, seguridad y dignidad a ambos pueblos.

Por Sharon Nazarian

En el informe de Amnistía Internacional publicado recientemente hay mucho que disputar de la interminable lista de acusaciones contra Israel y también críticas que merecen preocupación y atención imparciales. Pero, ¿por qué otro informe crítico sobre Israel produce una reacción tan severa?

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Lo que hace que este documento sea diferente de los informes anteriores es que va más allá de criticar las políticas y acciones israelíes al presentar al único Estado judío y democrático del mundo como ilegítimo, inmoral y culpable desde su creación.

El informe afirma que Israel está cometiendo apartheid contra los palestinos y que este sistema de apartheid "se originó con la creación de Israel en mayo de 1948, y ha sido construido y mantenido durante décadas por los sucesivos gobiernos israelíes en todos los territorios que han controlado..."

Esta flagrante extralimitación de Amnistía tiene enormes y peligrosas implicaciones que socavan la totalidad del informe. Al escoger examinar las políticas israelíes a través de la inexacta lente de la raza, utilizando un lenguaje extremo e infundado —como limpieza étnica— en lugar de ofrecer un análisis imparcial y basado en hechos del conflicto palestino-israelí, es claro que Amnistía no pretende informar de manera constructiva ni desafiar las políticas israelíes.

En lugar de elevar la causa palestina o promover opciones que lleven a avances, este informe solo contribuye a endurecer las posiciones maximalistas de ambas partes que dificultan aún más las conversaciones e iniciativas constructivas.

La afirmación de Amnistía de que los crímenes de Israel se remontan a su creación en 1948 presenta al Estado judío y democrático como singularmente ilegítimo en sus raíces fundacionales. Una caracterización tan odiosa deslegitima la empresa estatal israelí y el derecho judío a la autodeterminación en su patria histórica.

También alimenta las narrativas existentes de un Israel única, fundamental e inalterablemente maligno. Esto se refuerza en el informe de Amnistía por las constantes acusaciones, falsas y tendenciosas, de "apartheid", "colonialismo" y "limpieza étnica".

El informe unilateral de Amnistía toma una realidad compleja y la hace pasar por una lente predeterminada, en gran medida Occidental, formada por la noción de que el racismo explica por sí solo todos los grandes desafíos del mundo moderno. Los autores explican la realidad actual acusando a Israel de apartheid, de "hegemonía judía", de "segregación" y de tratar a los palestinos como un "grupo racial inferior", pasando por alto el hecho de que este conflicto implica a dos pueblos originales con profundos lazos religiosos e históricos con el mismo pequeño trozo de tierra. Amnistía Internacional da a entender que la única manera de "corregir" la situación es disolviendo y desmantelando el Estado judío.

Es posible señalar, con razón y en términos claros y crudos, las políticas gubernamentales perjudiciales y la arraigada realidad que afecta gravemente a los palestinos, sin sucumbir a inexactitudes que, en última instancia, harán más por demonizar a los judíos que por elevar a los palestinos.

Lamentablemente, ya sabemos que la retórica que demoniza a Israel, impulsada por los activistas antiisraelíes durante décadas, se utiliza con demasiada frecuencia como forraje para la exclusión y prueba definitiva —como en los casos de Sunrise DC y Big Duck—, y puede incluso animar a quienes atacan físicamente a los judíos, identificándolos como representantes del Estado judío.

La retorcida lógica que subyace a estos ataques es que si Israel es fundamentalmente malvado, aquellos relacionados con él deben ser igualmente condenados y castigados.

Como vimos durante el conflicto entre Israel y Hamás el pasado mes de mayo, las representaciones denigrantes y demonizantes de Israel, desvinculadas de las complejas realidades de la situación sobre el terreno, contribuyeron a un aumento de los ataques violentos contra judíos e instituciones judías en Estados Unidos y en todo el mundo. En el actual ambiente de creciente antisemitismo mundial, es —como mínimo— irresponsable por parte de Amnistía ignorar las posibles y peligrosas consecuencias de su enunciación y retórica.

Al comenzar y terminar el informe aplicando los peores calificativos al Estado judío, Amnistía socava los esfuerzos por crear un futuro mejor para los israelíes y palestinos que conviven, uno que proporcione autodeterminación, seguridad y dignidad a ambos pueblos.

Después de todo, ¿cómo puede un Israel malévolo y desacreditado formar parte de una solución?

De hecho, en lugar de fomentar la confianza entre quienes buscan la paz, el informe alimenta el falso sueño de los extremistas de que, de algún modo, Israel será borrado del mapa y sustituido por un único Estado palestino, con lo que dificulta que los líderes palestinos moderados sigan el camino de las negociaciones. Al hacerlo, refuerza la antigua narrativa del pueblo judío y la realidad de la vida de todos los israelíes según la cual los judíos no podemos confiar nuestra propia supervivencia a nadie más.

También es probable que empuje a muchos israelíes hacia la derecha política en lo relacionado con consideraciones de seguridad nacional, cerrando cualquier posibilidad de reevaluar políticas y acciones que puedan merecer una justa crítica. La combinación de estas dos cosas afianzará aún más el statu quo del conflicto, en lugar de crear un futuro nuevo y positivo para ambos pueblos.

Criticar la política del gobierno israelí, tanto dentro como fuera de la Línea Verde, es válido: los críticos más duros del Estado judío suelen ser los propios judíos, especialmente los que viven en Israel. Criticar las políticas israelíes no está fuera de lugar. Atacar la legitimidad de un país, borrando la conexión de todo un pueblo con su patria histórica, sí es inaceptable.

Sharon Nazarian es vicepresidenta sénior de Asuntos Internacionales de la Liga Antidifamación (ADL). Puede seguir a la Liga en Twitter en @ADL_es

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