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El pantano se ensancha y amenaza ahogarnos

Este relajamiento universal de las costumbres lo habremos de pagar hoy, mañana o más tarde, pero no podremos permanecer sin castigo. La férrea ley de la vida, desde Caín a nuestros días.

Pantano
Armando De la Torre |
16 de agosto, 2022

Triste realidad la nuestra de hoy.

            Empiezo por lo más impactante: tamaña decadencia moral como la actual y que tanto nos hiere no creo que se hubiese dado en todo el Occidente desde el siglo V de nuestra era, o sea, desde la Roma moribunda de los últimos Césares.

            Pero esta nuestra es otra manera de decadencia espiritual. La antigua supuso el desplome de la entera estructura social y política del Imperio Romano; la actual, en cambio, consiste en un pudridero aún más universalizado por la casi total ausencia de criterios morales antagónicos globalmente aceptados. Nos vemos rebajados casi todos los adultos a la condición de chiquillos prácticamente irresponsables e ignorantes.

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            Es síntoma de algo todavía más grave: la ausencia de criterios para todos valederos de lo verdaderamente varonil. La hombría de bien se nos ha vuelto así cada día más una “rara avis…”, o sea un gran vacío existencial.

            No deberíamos en absoluto continuar por ese despeñadero. Pues somos hoy testigos de una ofensiva totalitaria con pretensiones de absolutamente tolerables desde el punto de vista más habitual de la convivencia humana: lo que siempre hemos conocido como la vida moral.

            Hoy parece que todo es aceptable, en especial en la vida pública de las naciones.

La descarada ofensiva planetaria de este momento por parte de los homosexuales desde San Francisco, Hollywood o Washington D.C. hasta los últimos rincones del Occidente otrora cristiano, tiene a nuestros niños y a nuestros jóvenes bajo un asedio cada vez más inclemente y confuso.

            Y así, por todas partes del planeta sufrimos un relajamiento radical de las costumbres y de la moralidad pública sin precedentes y en lo más íntimo de nuestro ser.

            Por otra parte dejémonos de buscar culpables; solo agitadores interesados.

            Por eso me creo obligado a poner un alto lo más enérgico posible a tanto asedio, en particular a esa homosexualidad que ahora tanto se nos pinta de “inteligente” y “refinada”, lo que no es en absoluto.

            En Guatemala esto parece haber llegado hasta los círculos más altos del Poder Ejecutivo. Pero no menos al judicial respecto al caso del libre intercambio de las ideas, es decir, cualquiera puede denostar impunemente la virilidad ajena, esto es, sin prueba escrita alguna bajo el pretexto de la libre expresión del pensamiento.

Todo al parecer vale, aunque reiteremos una y otra vez los preceptos de ética pública o de responsabilidad civil ciudadana. No nos engañemos: ya no nos exigimos en cada caso códigos estrictos de ética explícita al estilo de hace unos pocos años; todo vale, o se perdona.

Nos hemos vuelto más éticamente consentidores de cualquier conducta o de cualquier antivalor en el supuesto de que ya nos hemos tornado más universalmente “abiertos”.

Autoengaño supremo, y por ahí nos deslizamos aceleradamente hacia la despenalización del robo, del despojo más hiriente, del engaño más infame, del abuso del más débil, o hasta del asesinato más despreciable, lo mismo que de una mayor y desvergonzada acumulación de lo que tampoco nos pertenece.

Este relajamiento universal de las costumbres lo habremos de pagar hoy, mañana o más tarde, pero no podremos permanecer sin castigo. La férrea ley de la vida, desde Caín a nuestros días.

            ¿A esto, encima, se ha reducido el Estado constitucional del que tanto alardeamos? ¿La civilización de estirpe cristiana? ¿La moral o los principios republicanos de todo Derecho?

            ¿Son esos los desechos de lo que alguna vez fuera una República civilizada? ¿Solo hasta ahí llega hoy nuestra capacidad de indignarnos? ¿Ya somos parte de esos hombres que se despreocupa de sus hijos adolescentes o de sus madres que los alquila…? ¿O los padres de los hijos que ya no saben, o ni siquiera le interesa, saber de quienes provienen?...

            ¿Ya nada nos interesa sino estar al día de los últimos chismes televisados?

¿Y dónde ha queda cumplir con la Palabra dada? ¿O con cualquier otro juramento de lealtad? ¿O de toda obligación íntima de no hacer daño al inocente y de siempre procurar el bien del otro?

            ¿Se ha traducido todo pues  a trifulcas “leguleyas”? ¿Nada vale por sí mismo, ni siquiera la dignidad que has cultivado con tantas lágrimas en tu pecho? ¿Ha quedado toda inteligencia reducida a la habilidad para entretener a los demás con mejores ocurrencias?...

            Por supuesto que tales preguntas pueden que todavía nos ofendan algo, pero ¿por cuánto tiempo?

            ¿Ya no nos enorgullece ser un conjunto humano, sino simplemente unos payasos que saben su guion para distraer a los demás a su conveniencia? ¿Dónde está mi madre, a dónde se fue mi padre, y dónde se esconde mi hermano? ¿Ya han dejado de existir?

            Entonces yo también.

¿Por qué la paz ha dejado de ser de veras el apremio más deseable para nuestras convivencias? ¿Sobre qué supuestos ya hemos llegado a creernos los dueños insensibles de las verdades divinas y de las vidas ajenas?

¿No nos hemos ufanado siempre de ser libres como Espartaco, pues?

Pues de tu libertad ahora hablo, no de la mía ni de la de ningún otro desconocido. O como lo parafraseara también uno de nuestros mejores poetas hispanoamericanos: “Cada uno es el arquitecto de su propio destino”.

Y lo defenderé hasta el final.

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