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Es la corrupción, estúpido

El político corrupto era, antes de serlo, un ciudadano corrupto. Eso es lo que debemos tener presente cuando vemos que un “pilas” se adelanta en la cola, hace chanchullo en un trámite o burla las leyes de la convivencia social. 

.
Alejandro Palmieri |
14 de mayo, 2024

La corrupción no se circunscribe al robo de dineros del erario. Aunque parece una verdad de Perogrullo, es importante tenerlo en cuenta y reiterarlo cada vez que se pueda.

Es cierto que donde más vemos –o donde más nos molestan– los actos de corrupción, es en la administración pública, pero no solo ocurren ahí. Si somos honestos, valga el doble sentido, vemos actos de corrupción todos los días. Como un ejemplo: los que se meten en contra de la vía “sólo un pedacito” o los que pretenden avanzar rebasando para luego meterse a empujones más adelante de una larga cola. Parecen actos mínimos –comparados con el latrocinio de los políticos– pero en el fondo son lo mismo. Me explico.

El que roba en un puesto público lo hace, primero, porque el dinero que maneja el gobierno es de todos; recuerdo que, en los primeros años de universidad, en la clase de economía política –el curso se llamaba “Lógica de la cooperación social”– todos hicimos un trabajo sobre lo que denominamos: la tragedia de los comunes. En síntesis, lo que es de todos no es de nadie. Aunque el costo lo pagamos todos, está tan diluido que se para relativizando.

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Segundo, el ladrón en la administración pública se anima a hacerlo porque lo más seguro es que no lo descubran y, si lo hacen, el sistema judicial no logrará hacerlo pagar por su crimen. Justo en días pasados hemos visto cómo acusados de gran corrupción han conseguido ir saliendo de sus casos sin responsabilidad alguna.

Pero tal vez la tercera razón –no menos preocupante– es ese desnaturalizado sentido de que “es pilas” el que hace chanchullos: el corrupto. Quienes piensan así rara vez lo aceptarán en público, pero in pectore lo creen. Incluso, admiran al “pilas” que logró evadir las reglas, saltarse las trancas y avanzar a costa de los demás. Los que guardan espacios en estacionamientos públicos son otro [in]digno ejemplo de ello. Corruptos.

El político corrupto era, antes de serlo, un ciudadano corrupto. Eso es lo que debemos tener presente cuando vemos que un “pilas” se adelanta en la cola, hace chanchullo en un trámite o burla las leyes de la convivencia social. El corrupto puede ser su vecino, su pariente o su colega, todo es que tenga la oportunidad de portarse “pilas”.

Los peores de todos, a mi criterio, son los que reconociendo las conductas inapropiadas en otros –en sus antecesores, por ejemplo– las replican y hasta las aumentan, argumentando que “los otros también lo hicieron” como si en la vida aplicase el principio matemático de que dos negativos hacen un positivo.

La moral o la ética son personales –y para algunos, muy elásticas– y no coercitivas, pero para ello existen las leyes, para asentar las bases de aquellos principios a las normas que sí puede hacer cumplir el poder del Estado.

El asunto es que, los funcionarios que roban no vienen de Marte, sino salen de la propia sociedad que relativiza las conductas inapropiadas, como las descritas. El político corrupto era, antes de serlo, un ciudadano corrupto. Eso es lo que debemos tener presente cuando vemos que un “pilas” se adelanta en la cola, hace chanchullo en un trámite o burla las leyes de la convivencia social. El corrupto puede ser su vecino, su pariente o su colega, todo es que tenga la oportunidad de portarse “pilas”. Ese “pilas” sabe que tampoco lo agarrarán y que, si ocurre, no le pasará nada, como a los políticos.

El título de este artículo parafrasea la famosa frase del consultor político estadounidense, James Carville, que con meridiana claridad sintetizó lo que en su oportunidad les importaba a los votantes en una elección. Me permito hacer la reflexión de que, acá –y en esta coyuntura, sobre todo– es la corrupción lo que importa. Antes de tirar la primera piedra, se debe repasar la propia conducta y saber reconocer que el próximo político corrupto puede ser cualquiera. Vea a su alrededor y, quien sabe, tal vez está sentado junto a uno. Algo que ponderar.

Es la corrupción, estúpido

El político corrupto era, antes de serlo, un ciudadano corrupto. Eso es lo que debemos tener presente cuando vemos que un “pilas” se adelanta en la cola, hace chanchullo en un trámite o burla las leyes de la convivencia social. 

Alejandro Palmieri |
14 de mayo, 2024
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La corrupción no se circunscribe al robo de dineros del erario. Aunque parece una verdad de Perogrullo, es importante tenerlo en cuenta y reiterarlo cada vez que se pueda.

Es cierto que donde más vemos –o donde más nos molestan– los actos de corrupción, es en la administración pública, pero no solo ocurren ahí. Si somos honestos, valga el doble sentido, vemos actos de corrupción todos los días. Como un ejemplo: los que se meten en contra de la vía “sólo un pedacito” o los que pretenden avanzar rebasando para luego meterse a empujones más adelante de una larga cola. Parecen actos mínimos –comparados con el latrocinio de los políticos– pero en el fondo son lo mismo. Me explico.

El que roba en un puesto público lo hace, primero, porque el dinero que maneja el gobierno es de todos; recuerdo que, en los primeros años de universidad, en la clase de economía política –el curso se llamaba “Lógica de la cooperación social”– todos hicimos un trabajo sobre lo que denominamos: la tragedia de los comunes. En síntesis, lo que es de todos no es de nadie. Aunque el costo lo pagamos todos, está tan diluido que se para relativizando.

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Segundo, el ladrón en la administración pública se anima a hacerlo porque lo más seguro es que no lo descubran y, si lo hacen, el sistema judicial no logrará hacerlo pagar por su crimen. Justo en días pasados hemos visto cómo acusados de gran corrupción han conseguido ir saliendo de sus casos sin responsabilidad alguna.

Pero tal vez la tercera razón –no menos preocupante– es ese desnaturalizado sentido de que “es pilas” el que hace chanchullos: el corrupto. Quienes piensan así rara vez lo aceptarán en público, pero in pectore lo creen. Incluso, admiran al “pilas” que logró evadir las reglas, saltarse las trancas y avanzar a costa de los demás. Los que guardan espacios en estacionamientos públicos son otro [in]digno ejemplo de ello. Corruptos.

El político corrupto era, antes de serlo, un ciudadano corrupto. Eso es lo que debemos tener presente cuando vemos que un “pilas” se adelanta en la cola, hace chanchullo en un trámite o burla las leyes de la convivencia social. El corrupto puede ser su vecino, su pariente o su colega, todo es que tenga la oportunidad de portarse “pilas”.

Los peores de todos, a mi criterio, son los que reconociendo las conductas inapropiadas en otros –en sus antecesores, por ejemplo– las replican y hasta las aumentan, argumentando que “los otros también lo hicieron” como si en la vida aplicase el principio matemático de que dos negativos hacen un positivo.

La moral o la ética son personales –y para algunos, muy elásticas– y no coercitivas, pero para ello existen las leyes, para asentar las bases de aquellos principios a las normas que sí puede hacer cumplir el poder del Estado.

El asunto es que, los funcionarios que roban no vienen de Marte, sino salen de la propia sociedad que relativiza las conductas inapropiadas, como las descritas. El político corrupto era, antes de serlo, un ciudadano corrupto. Eso es lo que debemos tener presente cuando vemos que un “pilas” se adelanta en la cola, hace chanchullo en un trámite o burla las leyes de la convivencia social. El corrupto puede ser su vecino, su pariente o su colega, todo es que tenga la oportunidad de portarse “pilas”. Ese “pilas” sabe que tampoco lo agarrarán y que, si ocurre, no le pasará nada, como a los políticos.

El título de este artículo parafrasea la famosa frase del consultor político estadounidense, James Carville, que con meridiana claridad sintetizó lo que en su oportunidad les importaba a los votantes en una elección. Me permito hacer la reflexión de que, acá –y en esta coyuntura, sobre todo– es la corrupción lo que importa. Antes de tirar la primera piedra, se debe repasar la propia conducta y saber reconocer que el próximo político corrupto puede ser cualquiera. Vea a su alrededor y, quien sabe, tal vez está sentado junto a uno. Algo que ponderar.