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“Los Históricos”

De acuerdo, aún no hemos logrado llevar la libertad a Cuba. Pero hemos logrado transmitir admirablemente el amor a la patria —tanto a Estados Unidos como a Cuba— a nuestros hijos y nietos. Ellos heredan nuestra lucha con una identificación innata con la libertad.

Jose Azel |
23 de mayo, 2022

Nos llaman "los históricos", y no estoy seguro si esa etiqueta es elogiosa o peyorativa. Somos la generación de exiliados cubanos que presenció la creación del estado totalitario en Cuba a partir de 1959 y fue testigo de la devastación sociopolítica de la nación.

Somos la generación de héroes, ya envejecidos, de la resistencia urbana cubana de los años 60, de la invasión de Bahía de Cochinos, del levantamiento en las montañas del Escambray, del éxodo de Pedro Pan y de la guerra de Vietnam.

Somos una generación de cubanoamericanos que ha luchado valientemente defendiendo la libertad, tanto en nuestra patria adoptiva como en nuestro lugar de nacimiento.

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Somos una generación con el corazón roto que he comparado con una hermosa historia del escritor español Jordi Sierra i Fabra: un encuentro encantado entre el escritor bohemio Frank Kafka, y una niña, también con el corazón roto.

Kafka suele presentar protagonistas que, como los exiliados históricos, se han encontrado aislados en situaciones extrañas o surrealistas, y se han enfrentado a poderes socio-burocráticos incomprensibles. Kafka explora temas de alienación, ansiedad existencial, culpa y absurdo.

Según la historia, Kafka caminaba por el Parque Steglitz en Berlín y se encuentra a una niña que llora porque perdió su muñeca. Para calmarla, Kafka le dice a la niña que la muñeca estaba de viaje, que él era cartero y que la muñeca seguramente le enviaría una carta al día siguiente.

Esa noche, Kafka escribe la carta de la muñeca para reemplazar la pérdida de la chica con una realidad diferente. Al día siguiente, en el parque, lee a la niña la carta que dice: "Por favor, no lloréis, me he ido de viaje para ver el mundo. Te escribiré de mis aventuras".

Durante tres semanas Kafka escribe cartas relatando las aventuras de la muñeca y se las lee a la niña. La muñeca crece, va a la escuela, conoce a otras personas, y siempre asegura su amor por la niña, mientras se queja de las obligaciones de su vida de muñeca, que le impiden, por el momento, regresar a vivir con la niña.

Al final de las tres semanas, la niña deja de extrañar a la muñeca. Kafka le ha proporcionado una nueva realidad, curándola de su infelicidad.

Como último regalo a la niña, Kafka le da una nueva muñeca, algo diferente a la muñeca original, con una carta adjunta que explica: "Mis viajes me han cambiado...".

Después de muchos años, la niña, ahora adulta, encuentra una carta metida en una grieta inadvertida de la querida muñeca de reemplazo. En ella lee: "Todo lo que amas, eventualmente lo perderás, pero al final, el amor regresará de una forma diferente".

Por alguna razón, como exiliado cubano que perdió su país cuando tenía trece años, hace ya seis décadas, me identifico vivamente con esa historia. La pérdida del país fue ciertamente agonizante para mí, como lo fue para mis compañeros exiliados.

Como muchos de mi generación de exiliados, nunca he regresado, y nunca he podido visitar la tumba de mis padres en el Cementerio de Colón, en La Habana. Durante años, los temas de Kafka sobre la alienación, la ansiedad existencial, la culpa y el absurdo fueron realidad para mí.

Aquellos de nosotros, los históricos que luchamos contra el régimen de Castro en la resistencia clandestina y desde el exilio, a menudo nos sentimos como los protagonistas aislados de Kafka, que se enfrentan a predicamentos extraños, surrealistas, y a poderes socio-burocráticos incomprensibles.

Pero como la niña de la historia, hemos aprendido a no sufrir la pérdida de nuestro país natal viviendo una nueva y feliz realidad. Y como la muñeca, hemos disfrutado de un largo viaje para conocer el mundo y escribir sobre nuestras aventuras.

Y sí, "nuestros viajes nos han cambiado..." Nuestra nueva realidad ha curado nuestra infelicidad. Hemos aprendido a apreciar los derechos individuales por la vida, la libertad y la propiedad.

Hemos buscado aprender acerca de la libertad y a disfrutarla protegidos por el estado de derecho, que es su base legal. Aspiramos a saborear la prosperidad que podamos obtener contribuyendo con nuestros talentos a una economía de libre mercado, y a construir con orgullo un futuro en libertad, y de libertad para nuestros hijos y nietos.

Los más jóvenes de nuestra generación, ahora con más de 70 años, estamos necesariamente legando la responsabilidad y el honor de defender la libertad a una nueva generación.

Los históricos somos una generación que enfrentó aislada aquella marea y se negó a reconocer al régimen totalitario en nuestra patria. Sin embargo, hoy en día a veces se nos ridiculiza como viejos intransigentes que se niegan a ver una nueva realidad que, según algunos, exige acomodarse al régimen cubano.

Pero nosotros, los exiliados históricos cubanos, hemos estado del lado correcto de la historia y vale resaltar la audacia y el valor de los que vimos lo que otros no vieron. Los históricos rechazamos el régimen cubano cuando otros lo abrazaron.

Los exiliados históricos superamos miedos, soportamos desprecios y experimentamos la separación de familia y amigos. Somos una generación de guerreros felices que nunca renunció al sueño de libertad para Cuba.

Somos una generación de nostálgicos reflexivos que extrañamos el pasado, pero no queremos que vuelva, porque reconocemos que ese mundo ya no existe.

Nuestra experiencia del exilio ha durado toda una vida, y los recuerdos se desvanecen. Nuestra nostalgia reflexiva, nuestra añoranza, se afinca sobre nuestra memoria individual y cultural. Sentimos nostalgia por un lugar, pero también por los sueños y visiones de un futuro que no ocurrió. Nuestra historia no es una caricatura.

De acuerdo, aún no hemos logrado llevar la libertad a Cuba. Pero hemos logrado transmitir admirablemente el amor a la patria —tanto a Estados Unidos como a Cuba— a nuestros hijos y nietos. Ellos heredan nuestra lucha con una identificación innata con la libertad.

Nuestros hijos y nietos comprenden el libre flujo de información, la libertad económica, los derechos humanos, la libertad política, la transparencia, la libertad de expresión y el empoderamiento del individuo como forma de vida.

Pasamos la antorcha a una generación que valora la libertad como un logro filosófico y moral. Sus tácticas serán otras, pero es una generación que no se dejará seducir por el hechizo del fanatismo comunista. Para nosotros, esto es, como señalaría Immanuel Kant, un requerimiento moral absoluto - nuestro imperativo categórico.

Y, como la niña de la historia,  muchos años después, los históricos hemos reencontrado el amor al país en una grieta de la vida antes inadvertida, esta vez de forma diferente al amor del país que perdimos.

Crecimos admirando a Martí y a Maceo, y a ese amor le hemos añadido nuestra admiración por Washington y Jefferson.                                                                                                        

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