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Los Merluzos

Por eso de ninguna manera podemos darnos por vencidos y cruzarnos de brazos, derrotados por Petro o no. Pongámonos, pues, de pie, aunque solo sea por el bien de nuestros hijos más inmediatos o de nuestros jóvenes más remotos

Petro
Armando De la Torre |
21 de junio, 2022

A los “Merluzos” cada vez más “merluzos” de todos, Gabriel Boric y Gustavo Petro.

            Para entender mejor tal nomenclatura, copio íntegra una información noticiosa de una emisora radial chilena (Duna 89.7 FM):

            “El comunicador español Carlos Herrera se refirió al presidente Boric como “merluzo” y a su jefa de protocolo, Manahi Pacarati, como mapache.  

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Las declaraciones se dieron a raíz de las palabras de Boric sobre el retraso del Rey Felipe VI en su visita a Chile, lo que produjo una demora en la ceremonia de cambio de mando. Los dichos del presidente se emitieron en el programa Las caras de la moneda junto a Don Francisco.

La situación fue trending topic en Twitter, especialmente entre los opositores al Gobierno, quienes se mofaron de los términos usados por Herrera.

Según la Real Academia Española (RAE), la palabra “merluzo” en España se usa para referirse a un hombre bobo o tonto. 

La Casa Real ha rechazado las declaraciones del nuevo Presidente de Chile, Gabriel Boric, el ídolo de todos estos de ‘Podemos’ (partido político de izquierda español), un majadero importante, que se puso estupendo en una entrevista de televisión y culpó al Rey Felipe VI del retraso en su ceremonia de toma de posesión. Le dijo que parecía inaceptable, dijo el comentarista en una transmisión de la cadena COPE.

Fueron tus servicios de protocolo, de la mapache esta que pusiste a controlarlo, agregó Herrera.

¡Tus incompetentes servicios de organización! Los que organizaron el desastre. La comitiva del Rey llegó tarde porque le estuvieron esperando media hora en el coche, sin darle acceso a la ceremonia. Primero, te maltratan y luego te culpan de chapuzas (que hacen las cosas con poco cuidado), criticó el conductor. A Los chilenos, con este merluzo (bobo o tonto) les esperan días de gloria. Pero bueno, allá los chilenos…, sentenció ofuscado el comunicador.”

Gabriel Boric, entonces un niño engreído, y ya algo crecidito de 36 años y para desgracia de todos los chilenos su Presidente por los próximos cuatro, lo he identificado yo también desde ese mismo día como “el Merluzo”.

Lo que me recuerda de inmediato a otros “merluzos” contemporáneos de fuera de Chile como Biden, Maduro, Díaz-Canel, Daniel Ortega y ahora como la guinda en el pastel con Gustavo Petro, en Colombia. Los “impresentables” como diría por su parte un amigo mío chapín.

Estos han sido episodios devastadores en la historia reciente de la gobernanza en el entero planeta. Verdaderos desafíos a la conducción madura y varonil de cualquier pueblo civilizado a lo que hasta habíamos llegado a creer habernos acostumbrado por siglos.

Aunque no menos con precedentes intensos pero relativamente cortos tales como el periodo del “Terror” en la Francia revolucionaria, el estalinismo en la Rusia de las décadas del veinte al cincuenta del siglo pasado o hasta el nazismo en la Alemania de los treinta y cuarenta de ese mismo periodo.

Resulta así, que para hoy en Chile mandan los chiquillos, en Perú, Bolivia y en Venezuela los analfabetas, en Nicaragua los enfermos mentales, en Cuba los cadáveres ambulantes y en los Estados Unidos un tonto senil.

Y para remate ahora en Colombia los asesinos narcotraficantes de las guerrillas aliados con Petro…

Aviados estamos.

Pero, ¿un diagnóstico planetario de locuras casi incurables?... Puesto que también en China, en Corea del Norte, o en Irán y en Afganistán las cosas andan muy mal. ¿Cómo ha sido posible tanto descalabro moral en una humanidad más longeva y hasta hipotéticamente mejor educada?

Volvamos a lo que decíamos anteayer: porque las apariencias engañan…

Hoy tales despropósitos de chiquillos mimados y alienados son acompañados desde las sombras más profundas y anónimas del demoníaco George Soros…

Tiempos que nos dejan perplejos, querido Sancho.

Y encima a tantos “merluzos” de nuestros días les han caído por añadidura cuales dádivas inesperadas desde ciertos otros endiosados en las telecomunicaciones hodiernas los estímulos monetarios que les llegan desde Hollywood, desde el Silicon Valley o de los decadentes bolsistas de valores de Nueva York.

 Escenario a enfrentar y no más por disimular.

¿Qué concluyo de todo esto? Que “Cosas veredes, Sancho…”, como nos lo pronosticara al momento de expirar aquel Alonso Quijano, verdaderamente el Bueno.

O sea, la putrefacción contemporánea de nuestro entero globo terráqueo salvo por algunos rincones  aislados, Guatemala uno de ellos.

Sin embargo, tampoco ninguno de tales “merluzos” tiene por qué perseverar en serlo. Pero nosotros, quienes todavía nos percibimos como “normales”, lo hemos permitido dada esa nuestra otra debilitada fe en cualquier Absoluto que nos es tan familiar    

Y así, de esta manera, por ya casi nuestras universalizadas manías de drogadicción y nuestras no menos generalizadas ausencias de respeto a los valores de la Revelación que nos fuese heredada, agonizamos existencialmente…

Y así mientras los “merluzos” nos tantean para su hora del almuerzo.

¡Ah Schopenhauer!, ¿acaso nos quieres obligar dos siglos más tarde a que te demos la razón?

Porque, ¿dónde se encuentran hoy los José Ortegas y Migueles de Unamuno del ayer más reciente, o aún aquellos Churchill y De Gaulle de mis años mozos, o las Margaret Thatcher y Golda Meir de hasta hace muy poco, o los Mahatma Gandhis y los Rabindranath Tagores de mi juventud?...

Tiempos de decadencia masiva, concedo, como los que también hubieron de enfrentar a su turno Marco Tulio Cicerón, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Simón Bolívar, Nelson Mandela o a Benedicto XVI, todos hechos de la misma talla y de los mismos huesos que nosotros…

Por eso de ninguna manera podemos darnos por vencidos y cruzarnos de brazos, derrotados por Petro o no. Pongámonos, pues, de pie, aunque solo sea por el bien de nuestros hijos más inmediatos o de nuestros jóvenes más remotos. Amarrémonos el cinturón, levantémonos de nuestra inercia, salgámonos de tanta cobarde pereza.

Pero antes, para ello, ¡nos urge de una vez por todas terminar ahora mismo con nuestra decadente tolerancia a tantos “merluzos” de todo género, de todo color y de toda edad!...

No caigamos, por Dios, otra vez en algún suicidio colectivo…

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