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Opinar sobre Kant

Kant reconoce el hecho evidente en sí mismo de que no somos meramente objetos que existen para ser utilizados por otros. Somos nuestros propios fines.

Warren Orbaugh |
05 de junio, 2022

El mejor consejo que alguien pueda darte lo dio Ayn Rand en una conferencia que pronunció para los cadetes que se graduaban de la Academia Militar de West Point el 6 de marzo de 1974, en la que enfatizó que es de vital importancia estudiar las teorías filosóficas de los distintos pensadores y tomarse el trabajo de examinarlas críticamente. Esta conferencia puedes leerla en su libro Filosofía: ¿Quién la necesita?

Este consejo es una invitación a que uses tu racionalidad – la virtud cardinal Objetivista que significa reconocer y aceptar la razón como única fuente de conocimiento, única juez de valores y única guía de acción. Así mismo te exhorta a poner en práctica las virtudes Objetivistas de independencia – aceptar la responsabilidad de formar uno sus propios juicios –, integridad – no sacrificar las propias convicciones a las opiniones de otros –, honestidad – nunca falsear la realidad –, y justicia – nunca buscar ni conceder lo inmerecido.

Para enfrentar la tarea en cuestión no está de sobra atender la recomendación que da Mortimer Adler en su obra Cómo leer un libro, de tratar de comprender los términos del autor que uno lee y, sobre todo, no sustituir sus términos con los propios. De hacerlo, uno no entendería lo que el autor en cuestión pretende comunicar, pues uno distorsiona el significado de lo escrito al sustituirlo con un prejuicio propio.

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Para opinar sobre la teoría moral de Kant, y no solamente repetir la opinión de otros, uno debe leer y examinar su obra y así, sacar uno sus propias conclusiones. Lo que a continuación sigue es lo que yo encontré.

En su libro Grundlegung zur Metaphysik der Sitten, que puede traducirse como Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, el propósito de Kant es encontrar una fórmula o principio objetivo que sirva de guía para la conducta moral del hombre, tal como es la fórmula de las matemáticas que determina con entera exactitud y sin equivocarse todo cuanto se ha de hacer para resolver un problema. Esta fórmula no puede derivarse de esta o aquella experiencia sino debe provenir de la razón pura, debe ser una proposición práctica sintética a priori – es decir, universal – y estar garantizada por el principio de no contradicción. Desde esta perspectiva, cada proposición moral sólo puede ser verdadera o falsa, algunas acciones son simplemente malas y otras indisputablemente buenas. Por ejemplo, iniciar la violencia contra otro es siempre malo y respetar los derechos individuales siempre bueno. El problema con el que se ocupa en su libro se conoce como el problema de fundamentación, que consiste en la búsqueda de un fundamento para nuestras convicciones morales, algo sólido que las haga verdad en el sentido de ser claras, objetivas y firmes.  

En la búsqueda de estos fundamentos, Kant reflexiona sobre varios tipos de acciones. Por ejemplo, si una persona desea tener más dinero, debe conseguir un trabajo extra para producirlo. Si desea ser campeón mundial de ciclismo, debe entrenar más. Pero este tipo de actos dice Kant, aunque tienen valor calificado – son buenas para alcanzar determinado fin –, carecen de valor moral. No se puede acusar a alguien de moral o inmoral por desear o no desear más dinero y por tanto actuar o no actuar para obtenerlo. Lo mismo con el deportista. Puede ser que el sujeto valore más el tiempo que pasa con su familia que el dinero extra o un campeonato mundial en ciclismo. La mayor de las veces, el que debamos o no hacer algo, no es realmente una elección moral, sino más bien contingente con los deseos o inclinaciones.

Los actos para alcanzar un fin determinado precisan de lo que Kant llama un imperativo. El imperativo es un mandato de la razón que indica que algo sería bueno hacerlo o no hacerlo y se lo dice a una voluntad que no siempre hace algo porque ha sido informada que esto es bueno hacerlo. Los imperativos son pues, fórmulas para expresar la relación de reglas o leyes objetivas de la voluntad con la imperfección subjetiva de la voluntad de esta o aquella voluntad humana que puede ceder a sus inclinaciones sin cuestionar si la acción es buena o no. Todo imperativo se expresa por un “debe”. Por éste se marca la relación de una ley objetiva de la razón con una voluntad que no está necesariamente determinada por esta ley en virtud de su constitución subjetiva. Así, si desea ganar más dinero, debe conseguir un trabajo extra y no ceder a su holgazanería. Si desea ser el campeón mundial de ciclismo, debe entrenar más y no ceder a su pereza.

Todo mandato imperativo afirma Kant, es o hipotético o categórico. El imperativo hipotético declara que una posible acción es prácticamente necesaria como medio para alcanzar un fin, es decir, algo que uno desea o que uno puede desear, como ganar más dinero o ganar el campeonato mundial de ciclismo. Éste es un imperativo pragmático – le atañe el bienestar. Se expresa como una proposición hipotética, con un antecedente y un consecuente: «Si deseo ganar más dinero, entonces debo conseguir un trabajo extra.»

El imperativo categórico declara que una acción es objetivamente necesaria en sí misma, independientemente de su relación con un fin futuro. Éste es el que Kant llama imperativo moral – le atañe la conducta libre y moralmente buena. Se expresa como una proposición categórica: «La conducta correcta es obrar sólo según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal sin contradicción.» O «Lo correcto es obrar de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.» Ambos imperativos son dos caras de la misma moneda. En el fondo son idénticos. Cumplir con uno implica cumplir con el otro.

Kant reconoce el hecho evidente en sí mismo de que no somos meramente objetos que existen para ser utilizados por otros. Somos nuestros propios fines. Por ser racionales y autónomos, tenemos la habilidad de establecer nuestros fines y actuar para alcanzarlos. Las tazas existen para los que toman café. El humano existe para sí mismo. Y de este hecho, por mero raciocinio a priori llega a establecer la fórmula de ley universal y la de humanismo como principios prácticos apodícticos expresados en los imperativos categóricos morales antes mencionados. El principio de humanidad, y en general de cada agente racional, como un fin en sí mismo, no viene de la experiencia; primero porque es universal, aplicando a todo ser racional; segundo porque en éste se concibe a la humanidad, no como un fin del hombre – es decir, como objeto que puede convertirse en un fin – sino que como un fin objetivo – uno que, sean nuestros fines los que sean, debe, como ley, constituir la condición limitante suprema de todo fin personal y por tanto debe surgir de la razón pura.

La prescripción de un médico para curar a su paciente y la de un asesino para envenenar a su víctima, ambos imperativos hipotéticos, son de igual valor (técnico) en tanto que cada una sirve a su propósito perfectamente. Este imperativo hipotético lo llama Kant problemático, pues no se pondera si el fin perseguido es razonable o bueno, sino que sólo su idoneidad para alcanzar determinado propósito. Sólo interesa resolver el problema, por lo que también los llama Kant imperativos de habilidad.

Por otro lado, hay un fin, dice Kant, que puede presuponerse como actual en todo ser racional, y por tanto hay un propósito que no sólo pueden tener, pero que ciertamente todos tienen por necesidad natural – el propósito de la felicidad, que es la satisfacción de todas nuestras inclinaciones. La habilidad en la elección de medios para fomentar la propia felicidad y bienestar puede denominarse prudencia, en el sentido de buscar lo que a uno le es ventajoso. Así pues, un imperativo pragmático que se ocupa con la elección de medios para conseguir la propia felicidad – es decir, un mandato de prudencia – es también hipotético: una acción que es comandada, no absolutamente, sino sólo como medio para un fin.

Ahora, afirma Kant que la felicidad por sí sola dista mucho de ser para nuestra razón el bien más completo. Ésta no la aprueba, por más que la inclinación pueda desearla, si no va unida a la dignidad de ser feliz, es decir, al buen comportamiento moral. Por tanto, la felicidad, aunque un bien, no es el bien supremo, sino la felicidad proporcionada a la moralidad de los entes racionales por el hecho de que sean dignos de ella.

Indispensable del buen comportamiento moral es la buena voluntad.  La buena voluntad es lo único en el mundo que puede concebirse como bueno sin calificación nos dice Kant, porque la inteligencia, el ingenio, el juicio y cualquier otro talento de la mente que se desee mencionar, o la valentía, resolución, determinación, como cualidades del temperamento, son sin duda buenos y deseables, pero pueden también ser malos y dañinos cuando la voluntad de usar esos talentos es mala, cuando la intención es mala.

La buena voluntad es la disposición a regir la propia conducta conforme a leyes morales, es decir, a los imperativos categóricos. La voluntad es por tanto no meramente sujeto de la ley, sino también sujeto que debe considerarse como hacedor de la ley. Los imperativos así formulados gozan conformidad de acción con la ley universal en la analogía de un orden natural y en la imposición universal de la supremacía de seres racionales en ellos mismos como fines – por el hecho de ser categóricos y que excluyen de autoridad soberana toda mezcla de interés como motivo. Este es el principio de autonomía que se distingue de todos los otros que llamamos heteronomía. Así, un ser racional pertenece al reino universal de los fines morales como miembro, cuando, aunque él hace la ley universal, él también se rige por estas leyes.

Esta forma de ver las acciones ciertamente no inicia con Kant, sino le anteceden en esto otros pensadores. Kant lo que aporta es la concepción en forma de fórmulas o principios. Veamos el caso de la conquista de las Indias (América) y su consideración por el rey Carlos I y las Cortes que se preguntaron primero, ¿cómo se puede conquistar las Indias? La respuesta es un imperativo hipotético de habilidad: por medio de la guerra y la diplomacia para conseguir aliados entre los nativos para esta aventura. Segundo, ¿cómo se puede beneficiar la Corona de esta conquista? La respuesta es un imperativo hipotético pragmático: extendiendo el imperio en las tierras conquistadas por medio de fundar ciudades y un orden político virreinal que permita la creación de riquezas por producción y comercio y, por tanto, tributación para la Corona. Y tercero, ¿es correcto conquistar las Indias? Esta es la pregunta moral. Estuvieron dispuestos aún a terminar con la conquista de ser la guerra injusta. Para resolver este asunto se consultó a Francisco de Vitoria, el principal teórico de la guerra justa, quien determina que sólo es lícito hacer la guerra por una causa justa como la liberación de los nativos de un régimen opresor que viola sus derechos, que tienen por ser humanos.

Examinemos ahora los ejemplos del que quiere ganar más dinero y del que desea ser campeón mundial de ciclismo. Sus respectivas acciones serán morales si y sólo si, su imperativo pragmático o prudencial va unido al imperativo moral. Es en la libre elección de los medios a su disposición que reside el valor moral. Bernie Madoff eligió como medio para aumentar su riqueza y tener lo que anhelaba, el fraude. Usó a sus clientes meramente como medios para conseguir sus fines, no respetó su humanidad, no se hizo digno de ser feliz. Lance Armstrong eligió como medio para ser campeón mundial de ciclismo, el fraude. Se usó a sí mismo meramente como un medio poniendo en riesgo su salud al doparse, y usó a los árbitros y jueces meramente como medios al engañarlos, ya que de saber que él hacía trampa, no le habrían concedido ninguna victoria ni medalla. Tampoco se hizo digno de ser feliz. Sus respectivos actos ciertamente tenían valor técnico y valor pragmático, pero no valor moral. Sus acciones basadas en imperativos hipotéticos les facilitaron alcanzar lo que deseaban, hasta que se descubrió su inmoralidad.

Hay que destacar que Kant no afirma, en ningún lado, que la acción moral exige renunciar a la felicidad. Kant no dice eso. Lo que estipula es que, a la hora de decidir actuar, uno debe considerar si una acción es buena moralmente sólo por la razón, sin permitir que las inclinaciones, sentimientos o deseos de placer o incomodidad interfieran en la decisión:

«Sin embargo, esta diferencia entre el principio de la felicidad y el de la moralidad no por eso resulta ser inmediatamente una oposición entre ambos, y la razón pura práctica no ordena que se renuncie a toda pretensión de felicidad, sino solamente que, cuando se trata del deber, no se tenga en consideración la felicidad». [ Immanuel Kant. Crítica de la Razón Práctica. Edición bilingüe alemán-español, traducción de Dulce María Granja Castro. (México: Fondo de Cultura Económica, 2017), 111].

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