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Diego Lechuga: No votamos de forma racional

Redacción República
22 de noviembre, 2021

El pasado 7 de noviembre fueron las elecciones presidenciales en Nicaragua y no se espera que exista algún tipo de novedad o sorpresa al respecto. Es decir que Daniel Ortega de forma segura continuará en el poder sin mayor problema. No obstante, el proceso en sí ha sido fuertemente criticado al punto que el presidente de los Estados Unidos ha calificado el proceso como una “pantomima”. Comentarios de gran impacto que son solo el final de una larga serie de acusaciones que ha tenido el proceso electoral en Nicaragua y que tiene como hitos la detención y encarcelamiento de opositores palitos y candidatos presidenciales. Esto al punto que la ONU y CIDH consideran que el proceso electoral se llevará a cabo en un entorno de falta de libertades. 

Es a pesar de este tipo de críticas que la popularidad del mandatario es impresionante. Situaciones similares suceden con otros países como México y El Salvador en donde sus mandatarios han sido fuertemente criticados pero sus índices de popularidad parecen no ser afectados.  Este fenómeno junto a las elecciones que se han llevado a cabo en Nicaragua me hacen reflexionar no sobre el proceso democrático sino sobre los intereses o motivaciones de la persona que vota. Y más allá de existir una razón o patrón único, se podría decir que cada individuo posee o desarrolla su propia percepción de un mismo candidato. Esto da por resultado una persona (candidato) con infinidad de perfiles creados por las personas que lo están juzgando. 

Consideremos como ejemplo al candidato para alcalde de la ciudad ficticia Lindalia. El candidato asiste a un foro para comentar sobre sus políticas públicas y cómo busca resolver los 5 mayores problemas de la ciudad: inseguridad, calles en mal estado y un sistema de drenajes de más de 100 años de existencia que causa enfermedades. Al foro asiste un estudiante universitario, fanático del deporte, un profesor y una pareja de esposos con un hijo que está a punto de ingresar a la primaria. Solo al ver cuáles son los adjetivos con los que he descrito a cada uno de estos individuos se puede determinar que existe una gran diversidad de intereses. El candidato para Lindalia procede con su presentación y concluye diciendo que para solventar estos problemas es necesario recortar el presupuesto de diversas instituciones incluyendo las educativas. Con este comentario ha logrado unificar a los asistentes al foro en un aspecto no intencionado, su rechazo hacia sus políticas. Esto porque de forma indirecta o directa el resolver los problemas que tiene Lindalia significa que tanto el estudiante, como los padres y el profesor podrían ver afectadas sus vidas al existir un recorte en la educación. Por ello, aunque el candidato pudiese ser el idóneo para resolver los problemas de la ciudad, este no gozará de la popularidad necesaria para ser electo al haber 4 de los 5 asistentes en contra de sus políticas. 

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Por medio del anterior ejemplo se podría decir que el voto más allá de ser una acción que realizamos de forma racional, la hacemos de forma irracional y motivados por los impulsos que nuestros anhelos y aspiraciones puedan generar. Por ello cada elección presidencial presenta una rara oportunidad de conocer los intereses de la población más allá de los sesgos que se puedan generar en los medios de comunicación, noticias e inclusive encuestas. ¿El problema? Aquello que puede ser popular o con apoyo de la ciudadanía, no quiere decir que sea una buena política pública o buen candidato. El votante siempre será irracional porque siempre tendrá preocupaciones personales que requieran ser resueltas. Por ello el reto más allá de tener un candidato popular o que cumpla todas las expectativas, recae en nosotros como individuos que elegimos y en poder separar los intereses personales de los aspectos que sí debería de tener un funcionario público.




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