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¿Quién disparó primero, la Policía o los asaltantes?

Henry Pocasangre
31 de enero, 2020

Cuando el reloj marcó las 11 horas el jueves 31 de enero de 1980, comenzó la toma de la Embajada de España, que cuatro horas después se convirtió en una de las tragedias más grandes de Guatemala.

Cuarta parte

Reunidos con el embajador Máximo Cajal estaban tres reconocidos personajes del país, Eduardo Cáceres Lehnhoff, Mario Aguirre Godoy y Adolfo Molina Orantes.

Un grupo de personas ingresó a la sede como cualquier visitante lo hacía. Ocuparon la primera planta y pidieron hablar con el embajador. Reunieron a todo el personal y visitantes, e informaron que se trataba de una toma.

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En los minutos siguientes ejecutaron las primeras partes del “Plan Subida”, colocaron mantas, aseguraron puertas, y reunieron a todos en un solo espacio.

En una hora la Policía Nacional ya tenía rodeado el edificio. “La toma de la Embajada de España no podía ser algo pacífico si los ocupantes tenían armas y bombas incendiarias”, dice Adolfo Molina Sierra, hijo de Molina Orantes, uno de los rehenes aquel día.

En su plan los asaltantes habían contemplado que la garantía de que sus exigencias se cumpliría si mantenían a los rehenes en su poder. Nada de eso detendría a la Policía momentos después.

Para esa hora ya había sido alertado Rodolfo Barillas Wilken, hijo de la secretaria de la embajada, Mary Wilken, quien padecía problemas cardíacos. “Cuando llegué ya estaba cerrada la embajada, no vi entrar a ninguno de los señores. Ya estaban las pancartas y gritaban”, recuerda.

El hijo de la secretaria se coló al inmueble por una puerta que abrían constantemente, su atrevimiento fue para ofrecerse como rehén en lugar de su mamá y entregarle el medicamento para el corazón.

En ese momento los ocupantes ya estaban en el segundo nivel y aseguraron una puerta metálica en las gradas para que nadie cruzara. Barillas Wilken recuerda muy bien lo que vio en los minutos que estuvo adentro.

Embajada de España rodeada por la Policía Nacional. (Foto República: Fototeca Aragón /EFE)

“Indígenas y estudiantes enmascarados. Logré ver una pistola y morrales con bombas molotov, eso sí lo vi y alguien tenía una pistola”.

Barillas Wilken tuvo de frente a Cáceres Lehnhoff, Aguirre Godoy y Cajal. “Insistí en que me dejaran a cambio de mi mamá y que me podían hacer lo que quisieran”.

Los últimos segundos que él estuvo allí logró decirle a su madre que no se preocupara, escuchó también una frase que no olvida: “Los que están aquí se quedan aquí y los que morimos, morimos aquí”.

Escapa antes del fuego

Afuera de la embajada estaba María Eugenia Gordillo, periodista en ese entonces de El Imparcial. Llegó cuando Mario Aguirre Godoy ya había salido. Estaba en el carro de Manuel Valiente Tellez, uno de los jefes de la Policía. “Tenía los labios rojos, estaba pálido, dijo que sintió la muerte”, recuerda Gordillo.

La periodista vio a Barillas Wilken intentando lanzar una medicina a su mamá. Un policía que estaba en la terraza las agarró y deslizó por una ventana.

Para ese momento las fuerzas de seguridad ya estaban arriba del edificio e intentaban hacer un agujero para ingresar. “La Policía tenía unas piochas, la guardia civil que era la G2, estaban en el techo tratando de romper la terraza”, comenta Gordillo.

Empezaron a romper vidrios y subir por los balcones para ver qué hacían”, narra Barillas Wilken. La Policía le pidió a todos retirarse de los alrededores de la sede porque iban a actuar. Gordillo se fue. El hijo de la cónsul permaneció allí.

¿Quién disparó?

Cuando comenzó el fuego los ocupantes ya se habían encerrado con los rehenes en el despacho del embajador, una habitación pequeña en el segundo nivel.

Cajal contó en 2012 por videoconferencia ante un juez de Guatemala lo que ocurrió en su oficina ese jueves de 1980. Dijo que su despacho no tenía salida más allá de la puerta que había sido bloqueada por muebles.

“Rompían -los policías- con hachas la puerta, me insultaban y decían que era un hijo de puta que estaba de acuerdo con los ocupantes y yo trataba de negociar con la persona o policías que en cada ocasión tenía adelante, puesto que allí nadie se responsabilizaba, por lo menos aparentemente”, declaró el diplomático.

Cajal le dijo al juez que uno de los ocupantes sacó unas botellas, “una especie de cócteles molotov”. Él le dijo que para “evitar problemas” se las dieran y las ocultó detrás de unos libros en una estantería.

“La Policía siguió intentando tirar abajo la puerta, parecía una película de terror. Metían las metralletas a través de una rendija en la puerta. No dispararon”, aseguró Cajal.

El embajador le dijo al juez que cuando tiraron la puerta los policías se escucharon disparos y se produjo un incendio.

Las bombas

Se escuchó el relajo, los tiros y gritos de fuego, entonces salió el embajador quemado de las manos, que yo creo que era una farsa. Se metió la señora de la Cruz Roja a subirlo a la ambulancia. Vi al embajador corriendo con la barba quemada, dicen que lo empujaron los guerrilleros y le dijeron que se fuera, salió medio quemado, no creo que haya estado mal”, recuerda Barillas Wilken.

La periodista de El Imparcial escuchó la explosión. “La nube de humo que se formó era negra y salía del techo, fue de arriba para abajo. Todos estaban hacinados en una misma habitación, eso era una hoguera”.

El exguerrillero del EGP, Gustavo Porras, reconoce que las bombas “eran un error”. Porras cuestiona: Los cócteles molotov, ¿qué podían detener?. “Digamos una penetración de la Policía, no digamos de fuerzas militares. Me imagino que tenían las consignas de que si no se atendían las demandas y sobre todo, si la Policía pretendía entrar, hicieran explotar los cócteles”.

Barillas Wilken recuerda que los gritos de la gente que se quemaba fueron “largos y desesperantes”.

Nadie hacía nada. “Esos tipos iban a todo, las cosas vinieron de adentro”.

El hijo de la secretaria entró otra vez a la embajada cuando el fuego ya había sido sofocado. “Me metí a la habitación y allí estaban los cuerpos achicharronados. Lo que hice fue buscar a mi madre, era una rubia alta, la reconocí porque tenía un anillo que le había regalado mi padre, lo tenía en el hueso, de allí era imposible”.

El exguerrillero está seguro que ese día se subestimó la reacción del Gobierno y se sobrestimó la presión que podía generar la ocupación de una embajada. Además, cree que fue un “error colosal” y los que planificaron e implementaron la operación tiene un nivel de responsabilidad alto.

Molina Sierra considera que quien haya iniciado el fuego no cambia nada para los que murieron inmolados. Su padre falleció ese día.

“Los grupos insurgentes señalaron a la Policía y el grupo de detectives. El Estado y Gobierno a los invasores. Para mí, como testigo externo, los disparos salieron del interior del despacho el embajador”, sostiene Molina Sierra.

De esa habitación, después del incendio, sólo salió con vida Gregorio Yujá Xoná. Fue encontrado al fondo de la habitación bajo los cuerpos calcinados. Al día siguiente fue secuestrado del hospital donde se recuperaba, en la habitación de al lado estaba Cajal. El cuerpo de Yujá Xoná fue encontrado en la Universidad de San Carlos el 2 de febrero.

Máximo Cajal se refugió en la casa del embajador de Estados Unidos hasta que dejó Guatemala.

Lee la quinta parte:

¿Aprovechó Rigoberta Menchú el suceso para proyectarse internacionalmente?

Lee la tercera parte: ¿Estaba realmente el embajador Máximo Cajal coordinado con los que tomaron el edificio?

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