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“Vi las armas, las bombas molotov, que dispararon de afuera son babosadas”

Henry Pocasangre
31 de enero, 2020

Rodolfo Enrique Barillas Wilken estuvo afuera de la embajada de España cuando se quemó con 37 personas, una de las víctimas era su mamá, la secretaria Mary Wilken.

Entrevista

Barillas Wilken es un médico que pasa los 70 años, no había querido dar declaraciones sobre lo que vio en 1980, hasta ahora, 40 años después.

Sus vivencias aquel 31 de enero se resumen en que ingresó a la embajada para quedarse como rehén en lugar de su mamá, algo que no le permitieron los ocupantes. Al final volvió a ingresar para encontrar a su madre calcinada.

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Barillas Wilken habla con República sobre esa tragedia y cuenta las horas de angustia frente a la sede diplomática.

¿Cómo se enteró de la toma?

Mi madre era cónsul de la embajada de España, tenía 40 años allí, la manejaba cuando no había embajador, era de las más experimentadas. De repente me llamó una mi tía y me dijo que fuera a la embajada porque había relajo.

Mi mamá ya estaba incómoda porque se olía algo, no lo tenía claro pero sabía que habría algún tipo de movimiento, no de este tipo pero el embajador estaba misterioso y había estado viajando al interior.

¿Qué pasó cuando llegó a la embajada?

Cuando llegué ya estaba cerrada la embajada, no vi entrar a ninguno de los señores estos y a la muchedumbre, cuando llegué ya estaban las pancartas y gritando.

Había un portero que dejaba entrar y salir gente y me logré meter, vi que se subieron al segundo nivel, donde estaban las oficinas oficiales, tenía una puerta de metal con llave sobre las gradas.

Entré porque mi madre era enferma del corazón, les dije a los señores que estaban allí que me dejaran entrar y me mandaron cien mil veces. Lo que vi era a indígenas y estudiantes enmascarados. Logré ver una pistola y morrales con bombas molotov, eso sí lo vi, y alguien tenía una pistola.

Tenían enfrente a Eduardo Cáceres Lehnhoff, Mario Aguirre Godoy y el embajador –Máximo Cajal-. Les insistí en que me dejaran a cambio de mi mamá y que me podían hacer lo que quisieran.

¿Cuál era la situación adentro?

Dijeron ‘los que están aquí se quedan aquí, y los que morimos, morimos aquí’, eran como 20 o tal vez más los que yo vi. Vi a mi madre, la tuve de frente y le dije que no se preocupara.

Yo vi las armas, las mochilas, las bombas molotov, que dispararon de afuera son babosadas, ellos iban preparados a todo. La policía dijo evacuen que vamos a entrar.

¿Cómo fue la intervención de la Policía Nacional?

Empezaron a romper vidrios y subir los balcones. Vi salir al señor Aguirre por una ventana del segundo piso y se subió a un carro. Se escuchó el relajo, los tiros y gritos de fuego, entonces salió el embajador quemado de las manos, que yo creo que era una farsa. 

Se metió la señora de la Cruz Roja a subirlo a la ambulancia. Vi al embajador corriendo con la barba quemada. Dicen que lo empujaron los guerrilleros y le dijeron que se fuera, salió medio quemado, no creo que haya estado mal.

Doctor Enrique Barillas Wilken, hijo de la secretaria de la Embajada de España, Mary Wilken. (Foto República: Marco Vinicio Ayala)

¿Qué se decía del embajador Cajal en esa época?

Tenía sus antecedentes de comunista, eso lo sabía la gente, antes de venir a Guatemala. Le gustaba eso de la guerrilla, la lucha. Mi madre me había dicho que viajaba a interior, Quiché o Chichicastenango, donde quizá hizo el acuerdo para que llegaran los señores -que tomaron la embajada-.

Ellos no aparecieron del aire, cuando llegaron los invitados -los abogados- aparecieron. Tenían un acuerdo definitivamente.

¿Y el momento del incendio?

Sí se escucharon los disparos, la gente dice que no pero yo los escuché. Explotaron los vidrios, empezaron los gritos de la gente en la ventana. Fue largo y desesperante. Se agarró la manguera de agua que era un chorrito, no podíamos hacer nada.

Esos tipos iban a todo, las cosas vinieron de adentro. Después los policías rompieron la puerta de metal y me metí a la habitación, allí estaban los cuerpos achicharronados. Lo que hice fue buscar a mi madre, era una rubia alta. La reconocí porque tenía un anillo que le había regalado mi padre, de allí era imposible.

¿Cómo afectó esto su vida?

Una cosa horrible, inesperada, una lesión moral. Yo era soltero y vivía con ella, eramos dos hijos, mi hermano estaba fuera de Guatemala, vino después, ahora ya murió.

Fue una impresión ir a sacar a mi mamá a la morgue después, fue una cosa desesperante. Yo porque soy médico tuve suerte de menear un poco las pitas en esa época. 

No sé cómo la identificaron pero yo por el anillo, era ella, lo tenía en el huesito, y un zapato café que yo le había regalado. Después, todo estaba quemado, hasta el hueso.

Yo era apolítico totalmente, me dediqué a preparar el entierro, fue una cosa muy desagradable. Después viene todo, porque uno está caliente en el momento.

¿Qué pasó después del evento?

El problema fue después, todo el mundo le caía a uno; el Ejército y la policía secreta preguntando qué sabía uno, yo no sabía nada, estaba en el Roosevelt trabajando.

Fue una persecución, llamadas, me hablaban y vigilaban mi casa por varios meses.

Hubo gente que rechacé, no quería saber nada, me cambié de casa un tiempo, vivía solo.

¿Cómo es su vida ahora?

Yo vivo tranquilo, me he cuidado la espalda, me desaparecí un tiempo de mi casa, vivía solo. Ahora ya tengo familia. Todavía recuerdo que lo más desgraciado fue sacar los cuerpos, ver a las compañeras de mi madre, muchachas jóvenes. No se podía identificar a nadie.

¿Qué cree que pasó realmente?

Creo que motivos políticos, definitivamente. Es una palabra muy amplia que no responde nada, ni mi madre lo sabía.

Fue algo a nivel del embajador y esta gente guerrillera o no guerrillera, indígenas o no indígenas, que eran los que estaban peleando en esa época. Al final pedían que liberaran a no sé quién.

*Barillas Wilken vive actualmente en Guatemala, trabaja en su consultorio y tiene familia.

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