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El secuestro que cambió a Cerro Alto en San Juan Sacatepéquez

Ana González
28 de febrero, 2020

El caserío Los Ajvix, ubicado en la aldea Cerro Alto en San Juan Sacatepéquez, no tan lejos de la capital, tiene unos tres mil habitantes. El calor es intenso como la paz que se respira a lo largo de sus calles de terracería. Los primeros en recibir al visitante son grupos de perros que deambulan en medio de la tranquilidad. Nadie podría pensar que ese pequeño poblado se estremecería con un horrendo crimen.

Hace tres años Oscar Armando Top Cotzajay, de 11 años y Carlos Daniel Xiquin, de 10, fueron secuestrados cuando se dirigían a la escuela. Dos días después fueron asesinados y sus cuerpos fueron encontrados dentro de un costal. El hecho dejó una herida tan grande que aún no han podido cerrar.

El 28 de enero de este año. Los responsables fueron condenados a 200 años de cárcel. La condena fue un soplo de esperanza, para una comunidad que no ha podido desprenderse del miedo.

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La banda de secuestradores de Cerro Alto fue una de las ocho estructuras que el Comando Antisecuestros desarticuló en  2017. 

Nada es igual en la aldea y el caserío. Ahora tienen medidas de organización extremas. Cualquier presencia de personas o vehículos extraños son reportados al Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode). Su presencia es detectada al instante. Las tres alarmas que instalaron permiten reunir a la población en segundos. No quieren que la historia se repita.

La escuela de Oscar y Carlos

La Escuela Rural Mixta que cobijó a Oscar y Carlos sigue adelante, pero con nuevas reglas. Los alumnos no pueden salir del establecimiento en horario de clase bajo ninguna circunstancia. 

“Antes los niños podían salir si olvidaban algo, ahora no está permitido. Las puertas se cierran y se abren hasta la hora de salida. Las mamás siempre vienen a recoger a sus niños”, contó el director de la escuela, Luis Fernando Carías. 

También tienen registro de las personas que visitan la escuela que alberga a más de 500 niños en las dos jornadas que ofrecen. La presencia de cualquier extraño es visto con desconfianza. Durante la visita de periodistas de este medio, algunos padres mostraron su inquietud al director. 

Los salones ya no guardan ningún recuerdo de los menores. “Tratamos de seguir adelante”, señala el director.

Los hechos que marcaron a la población de Cerro Alto

La investigación del Ministerio Público determinó que el 10 de febrero del 2017 los niños aceptaron el “jalón” que les ofreció una persona a bordo de un picop que fue visto rondar días antes. 

El objetivo era Oscar, pero su amigo Carlos estaba con él, por lo que ambos aceptaron el “jalón” a la escuela.

La familia de Oscar pronto recibió una llamada para exigirle Q1 millón. Apenas lograron reunir Q7 mil. Un día después se registró la última llamada. Esta forma de operar hizo ver a las autoridades que se trataba de una estructura emergente, es decir, no se dedicaba al secuestro.

El curso de las pesquisas determinó que el problema se originó por la disputa de un terreno. El subdirector general de investigación criminal de la Policía, Nery Benito, no duda que desde el inicio el plan era asesinar a los niños.

Dos días después del secuestro, el 12 de febrero de 2017, sus cuerpos aparecieron en un costal. Los niños murieron por heridas de arma blanca. 

El secuestro de los niños fue uno de las 24 casos reportados al Comando Antisecuestros en 2017.

El Comando Antisecuestros llevó el caso. Y un análisis video-forense permitió identificar al picop. Las cámaras ubicaron los puntos de dónde hicieron las llamadas. Cinco meses después, en julio del 2017, los responsables fueron capturados: Juan Mejía Peruch, María del Rosario Patzán, Francisco Baten y Augusto Baten. 

Patzán vivía en Cerro Alto. Tras su captura su familia se fue del lugar, según confirmó Apolinario Cos, presidente del Cocode.

Las voces que delataron a los secuestradores

El día de la captura uno de ellos reconoció haberlos asesinados. Pero su confesión no era suficiente para resolver el caso. Era necesaria la prueba científica. En este caso fue vital el laboratorio acústico-forense del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif).

“El moderno laboratorio, que se fortaleció el año pasado, ha contribuido al esclarecimiento de delitos y la averiguación de la identidad de quienes los cometen”, dijo Fanuel García, director de la entidad. 

Más de 50 llamadas fueron evaluadas. El equipo trabajó varias horas al día para comprobar quiénes eran los responsables. Los ahora condenados no quisieron dar su muestra por lo que fue necesario analizar las llamadas entre ellos. Varias comunicaciones fueron en idioma maya, con lo cual pretendían despistar a las autoridades.

Gracias a estas pesquisas un juez decidió condenar a los cuatro secuestradores a 200 años de cárcel por los delitos de secuestro y asesinato, mientras la población intenta despojarse del miedo, pero con la rigurosidad de las nuevas medidas que siempre harán recordar a Óscar y a Carlos.

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