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Un resplandor dentro de su oscuridad

Redacción República
27 de junio, 2014
Sonia Maribel Hernández, de 44 años de edad, no recuerda cuándo fue la última vez que vio los rayos del sol y apreció el colorido de un paisaje; su visión fue degradándose poco a poco hasta que quedó completamente ciega debido a una catarata congénita que le detectaron desde que nació. Cinco veces fue intervenida quirúrgicamente, pero nada pudo hacerse para que recuperara la vista. Desde niña supo que la luz en sus ojos se apagaría para siempre. 
No fue fácil para ella aceptar esa realidad, menos cuando se dio cuenta que era la única con esa dificultad en comparación con sus cinco hermanos. “Lo tomé con rebeldía, hasta llegué a echarle la culpa a mi mamá y le reproché por qué me había traído así al mundo”, lamenta Sonia que expresaba. Sin embargo, tanto su madre como sus hermanos estuvieron con ella en todo momento para apoyarla, y nunca la trataron diferente por presentar una dificultad física, al contrario, la involucraban en todas las actividades. 
Como cualquier niña, Sonia debía estudiar, e ingresó a la Escuela Santa Lucía, un establecimiento para no videntes del Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala, donde aprendió el sistema braile, pero para ese entonces su visión todavía no estaba del todo dañada, por lo que su mamá posteriormente decidió inscribirla en un centro educativo regular, para que tuviera la oportunidad de compartir con otros compañeros. 
Cuando Sonia cursó tercero básico puso pausa a sus estudios, ya que le tocó cuidar a sus hermanos pequeños porque su mamá debía trabajar. Así lo hizo por muchos años, proceso en el cual perdió por completo la vista. Durante ese tiempo, estuvo presente el sueño que quería cumplir: encontrar un empleo y poder independizarse para salir adelante. “No sabía en qué, pero yo quería trabajar. Deseaba tener mi propio dinero para comprar mis cosas”, expresa la entrevistada. 
Sonia recuerda que su temor para ir tras su sueño era que no estaba acostumbrada a movilizarse por la calles, ya que siempre estuvo en su casa cuidando a sus hermanos. Pero un día tomó la decisión de salir y se enteró del Centro de Rehabilitación Integral (CRI) del Comité Pro Ciegos y Sordos, donde por ocho meses recibió capacitación para desenvolverse por sí misma y aprendió técnicas de la vida diaria. 
A partir de entonces Sonia emprendería una aventura con su amigo fiel, como ella le llama a su bastón. “Aunque alguien me acompañe, no lo dejo por nada”, dice; agrega que se sentía entusiasmada de saber que cada vez estaba más cerca de cumplir lo que tanto anhelaba. 
Un sueño cumplido con grandes retos 


En enero de 1999 se hizo realidad el sueño de Sonia, cuando la contrataron para ser la recepcionista del Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala, a partir de ese momento enfrentaría el reto de abordar buses para desplazarse a su lugar de trabajo, algo que todavía se le dificulta por no poder ver.
“La gente por la prisa de subirse no se da cuenta que uno está en la parada, algunas veces cuando pregunto a dónde va ese bus, nadie me contesta”, indica. 
La travesía de Sonia empieza desde las seis de la mañana cuando sale de su casa en zona 18, ya que debe trasbordar buses y luego recorrer calles y avenidas hasta llegar a la zona 1. Cuenta que le ha costado acostumbrarse al cambio de transporte. “La vida continúa y me tengo que adaptar a cada cambio que la sociedad me ofrezca”, recalca. 
Con gran sentido del humor recuerda las veces que se ha caído en la vía pública. ‘La primera vez fue cuando recién empecé a trabajar, no se me olvida que se me rompió la media y pensé que era más vergonzoso dejarla rota y mejor me la quité. En otra ocasión mi bolsa cayó a un hoyo y tuve que pedir favor que alguien me la sacara, me reí mucho cuando sentí mis papeles mojados’, expresa Sonia riendo a carcajadas, y se siente agradecida por la ayuda que recibe. También lamenta las veces en que los peatones patean su bastón, o cuando se topa con alguna motocicleta varada en la banqueta. 
Cuando Sonia llega a la oficina olvida todo lo vivido en el trayecto, dice que disfruta mucho el trabajo que hace: contestar llamadas, anotar números de teléfono en el ábaco y escribir mensajes en su máquina braile. Resalta que se siente bendecida de poder hacerlo a pesar de ser no vidente.
‘Si se nos da la oportunidad podemos hacer mucho más de lo que la gente cree’, enfatiza. 
                            
Otra de las razones que motiva a Sonia a levantarse todos los días a las cuatro de la mañana es su hija Alejandra Maribel, de 13 años, a quien le prepara el desayuno desde muy temprano y luego lleva al colegio, antes de ir a trabajar. 
‘Soy una mamá soltera muy orgullosa, mi hija es todo para mí y lo que me inspira a seguir adelante. Me encanta consentirla y ayudarla a hacer sus tareas. Los fines de semana cocinamos juntas’, concluye Sonia Hernández. 
                        
                                           
Con buena actitud todo es posible 
La vida de Jorge Mario Cifuentes dio un giro total cuando empezó a notar que su vista se nublaba, que no podía ver a larga distancia y que le costaba distinguir las letras de los textos que leía cuando estudiaba. A los 18 años le diagnosticaron la enfermedad que lo dejaría para siempre en la oscuridad: retinitis pigmentosa, un deterioro en la retina. 
La solución no era usar anteojos, ni tampoco someterse a un tratamiento quirúrgico, ya que el problema era irreversible, poco a poco se quedaría ciego. En ese momento comprendió que debía prepararse para el cambio radical en su vida. 
‘Para ese entonces uno lo que piensa es que el mundo se terminó y que el cambio será brusco, pero tenía dos opciones: lamentarme o sentirme fortalecido para seguir adelante, abriendo de alguna manera nuevas experiencias. Escogí la segunda’, expresa Jorge Mario, de 50 años de edad.
Mientras la enfermedad avanzaba, la vida de Jorge Mario transcurrió de manera normal, ingresó a la universidad de San Carlos de Guatemala para ser contador público y auditor, practicaba fútbol y atletismo, y encontró un trabajo donde desarrollaba sus habilidades numéricas. 
El día de su graduación recibió el título universitario en compañía de su bastón ya que había perdido la vista para siempre. Luego empezó a rehabilitarse en el Centro de Rehabilitación Integral (CRI) del Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala. En ese proceso estaba cuando se quedó sin trabajo. Cada vez se presentaban más dificultades en la vida de Jorge Mario, pero él siempre decidió enfrentar todo con buena actitud. 
‘La rehabilitación me dio confianza, fue mi manual para enfrentar la vida. Aprendí técnicas para recuperar la funcionalidad. Además siempre tuve el apoyo de mi familia y de mi esposa, lo que siempre me fortaleció’, dice el entrevistado.
Fue así como encontró una oportunidad de empleo en la docencia, algo que le sirvió para sentirse bien, durante 10 años impartió clases de contabilidad, economía y matemática en colegios convencionales. 
Pero su mayor satisfacción es laborar actualmente como coordinador del programa de recreación y deportes en el Benemérito Comité de Pro Ciegos y Sordos, donde promueve la participación activa de niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, con quienes se identifica, ya que algunos tienen la misma discapacidad física que él, otros sufren de sordera. 
‘Por mi experiencia sé que puedo involucrarlos en actividades para mejorar su calidad de vida. Además es una contribución para generar que otras personas tengan la oportunidad de desarrollarse’, resalta Jorge Mario. 
Su ceguera no ha sido impedimento para seguir practicando deportes, descubrió que por medio de un guía puede hacer atletismo, pero su mayor satisfacción ha sido escalar seis volcanes, entre ellos Tajumulco y Pacaya. Nunca olvidará cómo voló su imaginación al sentir el olor de la naturaleza, percibir el frío, la humedad y el cansancio de escalar, porque fue la primera vez que lo hizo, sin poder ver.
‘No porque tenga una discapacidad voy a ser una persona distinta a los demás’, dice con mucha seguridad. 
                            
 
A pesar de nunca a ver visto el rostro de sus tres hijos, Jorge Mario los reconoce perfectamente y enfatiza que no es necesario que sus ojos vean porque el amor de padre a hijos y viceversa es incondicional. ‘Ellos nacieron a la par de alguien con discapacidad visual y lo ven como algo natural. Han aprendido a vivir con mi condición. Tanto ellos como mi esposa son el pilar de mi vida y el mejor tesoro que puedo tener’, agrega Jorge Mario Cifuentes.
                                 
El programa de Colocación Laboral del Benemérito Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala ha sido de gran ayuda para que Sonia Hernández y Jorge Mario Cifuentes puedan realizar una labor dentro de las instalaciones, pero además ha sido un lazo de ayuda para que otras personas con discapacidades físicas sean colocadas en puestos de trabajo de distintas empresas a nivel nacional.
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