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Historias Urbanas: Cuento de colibríes

Invitado
28 de noviembre, 2021

Cuento de colibríes. Esta es la historia urbana de José Vicente Solórzano Aguilar.

Hace tiempo, en el centro de la ciudad, existió una casa grande con dos patios. En el primer patio crecían las buganvilias, las siemprevivas, los camarones y las orquídeas que lograron aclimatarse a la temperatura local. En el segundo se alzaban los árboles de timboque, palo blanco, matilisguate y varios cafetales que daban sus granos cada fin de año.

Todas las flores atrajeron a tres especies de colibríes, que son los protagonistas de nuestra historia. El primero en llegar fue Piji, quien se caracterizaba por su plumaje verde esmeralda y su pico anaranjado. Después se acercó Zunzún con su novia Canela. Llamaron la atención porque eran de mayor tamaño y sus colores se desplazaban del café al rojo encendido.

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Como buenos vecinos, Piji y Zunzún se pusieron de acuerdo para compartir los jardines y los árboles de la casa. Había bastante espacio, lo regaban todos los días, abundaban las flores todo el año. Piji se asomaba al lado que daba a la calle y Zunzún recorría el otro patio.

Los moradores de la casa se sentían contentos al observar el vuelo de Piji entre las siemprevivas; se admiraban cuando Zunzún y Canela permanecían a flote frente a los camarones. Todos tenían la creencia de que los colibríes representan a los seres queridos que se encuentran ausentes y así se enteraban que estaban bien.

El orden prevaleció hasta el día en que se asomó el Acaparador. Era un colibrí de pecho blanco, plumaje azul y rayitas negras en la cara. Las plumas de su cola se abrían en forma de V mayúscula. Más tarde se supo que venía de una casa que vendieron en las cercanías. Los nuevos dueños arrancaron las plantas del jardín para convertirlo en taller para arreglar motos y lavar carros.

Al quedarse sin lugar para tomar néctar, el Acaparador se apresuró a localizar el jardín más cercano. Voló ligero, ya sentía que se agotaba, y pronto se fijó en las siemprevivas. De una vez se lanzó sobre las florecitas moradas y de paso ahuyentó a Piji, quien se acercaba a darle la bienvenida. Ya no lo dejó acercarse. Apenas lo observaba se le dejaba ir encima y lo perseguía un buen trecho hasta estar seguro de que no iba a regresar.

El Acaparador no se atrevió a hacer lo mismo con Zunzún y Canela. Primero, porque eran más grandes. Segundo, porque siempre estaban juntos. Entre los dos podían correrlo. Piji era más pequeño y no podría resistir una pelea prolongada aunque se defendiera. Los moradores de la casa miraban con ojos de regaño al Acaparador y lamentaron que Piji no se asomara como antes. Pero se alegraron al verlo entre los cafetales.

El Acaparador tuvo muchas flores a su disposición. Pero no se sentía cómodo. Siempre estaba atento a que Zunzún y Canela se le vinieran encima. Pero no sucedió. La pareja seguía de lejos su vuelo, segura de que el Acaparador aprendería poco a poco a comportarse como las aves bien educadas. Y no tardó en hacerlo.

Cierta tarde, el Acaparador notó a un intruso. Vio que las hojas y las ramas se movían, señal de que otro pájaro andaba entre las siemprevivas. «Todas estas flores son mías, sólo mías», gruñó mientras se apresuraba a expulsar al visitante. Así se encontró con Chorchi, la hembra del pájaro chiltote, que descansaba tras pasarse parte del día en la búsqueda del árbol donde construir su nido.

Chorchi se extrañó de la rudeza del Acaparador. En vano trató de convencerlo de que no se estaba alimentando de las flores. Pero el Acaparador zumbaba a su alrededor, sin escucharla, dispuesto a picotearla hasta que se fuera. Entonces se enojó y decidió darle una lección de buenos modales. Esponjó su plumaje, abanicó su cola, se le plantó. «¿Qué te está pasando, qué tenés conmigo?», le preguntó.

Los moradores de la casa almorzaban a esa hora y se fijaron. Ellos escucharon un furioso gorjeo de pájaros. Vieron a Chorchi salir en persecución del Acaparador, quien batió sus alas tan rápido como pudo. Sintió que se le venía una montaña de plumas encima. Respiraba de prisa, sentía que el corazón se le salía del pecho. Se repuso del susto en lo alto de un palo de mango. No se dio cuenta a qué horas se le acercaron Zunzún, Canela y Piji.

—Fijate bien —le dijo Zunzún—. Desde aquí podés ver toda la casa. Mirá cuántos árboles y flores hay. ¿Te das cuenta que alcanza para una bandada entera?

—Pero yo necesito alimentarme a cada rato —se justificó el Acaparador—. Si no lo

hago, me muero.

—A nosotros nos pasa lo mismo, aunque seamos de distintos colores, tamaños y especies —le recordó Piji—.Por eso tenemos que ir de flor en flor. No sos la excepción.

—¿Cómo voy a estar seguro de que nos alcanzará para todos? —insistió el Acaparador.

—No sé si te fijaste que riegan las plantas todos los días —Zunzún impuso su autoridad—. No las descuidan. Siempre están pendientes de que reciban su luz de sol y su abono. Tenemos suficientes flores para compartir entre todos. Y van a seguir llegando más pájaros a buscar lugar para hacer sus nidos. El otro día nos fijamos con Canela que están botando los árboles de la casa de la esquina.

—No quedan muchos espacios como éste, donde podamos vivir sin que los humanos nos molesten. Hasta sus gatos saben que no deben atacarnos —Piji dio por terminada la reunión y se fue a volar entre los cafetales.

¿Quieren saber la verdad? Costó que el Acaparador aprendiera a no quedarse con todos los alimentos. Pero puso de su parte y hubo flores para todos.

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