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Caminando por la Ciudad | El Hippie moderno

Invitado
29 de agosto, 2021

El Hippie moderno. Caminando por la Ciudad es el blog de Ángel Álvarez, quien narra historias y situaciones de los habitantes de la capital y otras ciudades.

«Buen musicón pesado, pero le falta el toque setentero psicodélico», es la frase que Arnoldo siempre decía al juntarse con toda la jauría de rockeros en el sótano de la academia de mecanografía cerca del mercado peatonal de Villa Nueva, allá por la gasolinera sur.

Ese sótano sirve de bodega para guardar las máquinas de escribir Olivetti y Royal que les fallan las piezas y se utiliza de cuarto de ensayo para los hermanos Gutiérrez.

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El buen y relajado Arnoldo se aparece cada vez que hay reunión de metaleros. A la distancia lo ven con sus caites de llanta, pantalón de rayas verticales y muy acampanado, camisa de seda floreada y muy colorida, la barbilla al corte de candado y una cinta de tela típica que deja ver el gran medallón de paz y amor que ostenta sobre el pecho.

Siempre anda con sus lentes Ray-Ban tuneados y usa las patillas muy largas, al estilo de Sandro. En ese mismo recinto se encuentran el Gato Loco, el Lobo Guerra, el Max, el Dragón, la Black Velveth y el gpi, que semana a semana se dan cita en el sótano a platicar, escuchar discos, contar sus aventuras y compartir sus problemas.

Todo marcha bien hasta que Arnoldo dice que a esa música le falta sentimiento y más feeling, ya que sólo los discos de acetato que anda cargando bajo el brazo cumplen con esa condición.

Siempre se la pasa platicando del movimiento del poder de las flores, el woodstoquito que se realizó allá por la plaza Berlín el 1 de noviembre de 1970 y los repasos en casa de sus amigos con música disco de fondo, mientras se lucían con los bailes más entorchados que se puedan imaginar.

Esto se originó en Villa Nueva con las reuniones de patojos entusiastas para escuchar buen musicón pesado, contar historias y comentar cómo hacer un mundo mejor.

Compartían el mismo gusto musical hasta que se unió Arnoldo, ese hippie que utiliza tecnología, anda bien bañado y locionado, tiene un trabajo formal y maneja una Chopper de la que cuelgan muchos atrapasueños, malacates y hebillas con los logotipos de bandas setenteras.

Las anécdotas del hippie

El grupo de amigos sabe que el Hippie (como le dicen de cariño) llegará y contará las anécdotas y viajes astrales donde miraba a los Puertas, la Crema, el Iron Butterfly, los Creyentes del Agua Clara y demás grupos que sí cantaban con más sentimiento y les elevaban el espíritu, no como estas bandas que son muy buenas pero les falta más corazón, según compara y opina.

Pero después de dos rondas ya se integra y empieza a compartir con sus amigos y cómplices de viajes musicales a través de las décadas que dejaron buen legado musical, sin importar que después de tres discos sonados saque su percha de álbumes de la época dorada.

También carga las versiones latinas en un morral de lana. No se puede descuidar el legado de Los Galos, Los Terrícolas, Los Ángeles Negros, Los Iracundos, Palito Ortega, Los Pasteles Verdes y su ídolo Sandro, sin demeritar a las bandas nacionales a las que iba a ver a las kermeses de los colegios de la zona 5 como el Caballo Loco, Apple Pie, el Cuerpo y Alma, Los Fandango.

Se la pasan en armonía hasta que les notifican que deben desalojar el sótano, ya que llegó el técnico de las máquinas de escribir. Necesita el espacio para repararlas y tiene que estar libre de humo, bulla y patojos sin oficio.

Entonces salen rumbo al parque central, frente a la comisaría, donde está la parada de los buses que los llevan de regreso a la capital ante la mirada acusadora de los policías que no terminan de procesar las fachas de esos jóvenes.

Los vigilan hasta que se suben a la camioneta que los llevará a la 20 calle y 3a. avenida de la zona 1, donde llegan los transportes del sur, a la par del supermercado de El Pueblito, las tiendas de ropa de chinos, las ventas de elotes cocidos y el grito frenético de los brochas de las urbanas que van hacia el Barrio San Antonio, la Cuchilla o la calle Martí.

Ahí buscan la unidad que los llevará a su destino por la Bolívar o por la Terminal, a diez centavos el pasaje, con la esperanza de que esta vez les toque un veintiuno.

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