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Historias Urbanas: Después del desfile

Dijeron que las personas saldrían con otra actitud después del encierro ordenado para contener el avance de la covid-19 a escala planetaria, pero no contaron con ciertos hábitos muy arraigados entre el común de los mortales.

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Luis Gonzalez
04 de diciembre, 2022
Después del desfile.  Literatura, música, historia y asuntos cotidianos, hallará en el blog dominical de José Vicente Solórzano Aguilar.

Había más tráfico del usual para entrar a la colonia. Al comienzo se lo atribuí al semáforo instalado a distancia conveniente del centro comercial que inauguraron hace pocos meses. En vez de «ordenar el paso» para asegurar la pronta entrada de carros al parqueo, terminó por embrollarlo todo.

Después, al observar a varias señoras paradas frente a uno de los negocios (en cantidad suficiente para imaginarlas observando y comentando lo que acaba de pasar), pensé en un atropellado por atravesarse la calle de un lado a otro sin mirar bien en ambas direcciones para estar seguro de que no venía carro.

También me imaginé a un motorista recién clavado debajo de una camioneta, o quizá era alguna víctima de asalto a camiones repartidores de productos. Cualquier suceso con tal de explicarme la lentitud y los bocinazos que rebotaban desde larga distancia para ver si los demás vehículos aceleraban su marcha.

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Si lo anterior fuera cuestionario de respuesta múltiple, tendría que marcar la casilla destinada a «ninguna de las anteriores». Resultó que estaba por terminar el primer desfile navideño celebrado en dos años. El bus entraba a la colonia justo cuando pasaban las últimas carrozas patrocinadas por casas comerciales.

Previendo que el chofer tardaría una eternidad en captar pasajeros entre las familias y parejas que acompañaron el recorrido, me bajé una cuadra antes de llegar a los campos y caminé por la avenida principal.

Aquello estaba hecho un basural. Volantes y trifoliares con las ofertas de temporada se mezclaban con los papeles manchados de salsa y aguacate, las botellas plásticas sin agua y las bolsas de risitos que entretuvieron la espera. Me causó extrañeza: la vez anterior a la pandemia pasó el tren de limpieza de la municipalidad retirando los desperdicios. Ahora se tomó su descanso sabatino y los desperdicios se regaron por todos lados.

Hace un par de semanas, poco después del triunfo de la selección de Japón sobre Alemania en la primera fecha del grupo E del Mundial de Catar, circuló la noticia de que sus seguidores guardaron toda su basura en bolsas antes de que salieran del estadio. De inmediato fueron puestos como ejemplo a seguir, aunque es improbable que se imite por nuestros rumbos. Si la mayoría de los dueños que sacan de paseo a sus perros no retiran los excrementos dejados por su mascota, menos se molestarán en limpiar la banqueta donde se sentaron mientras pasaba el desfile. Y se hacen los graciosos al dejar vasos ensartados en las ventanas.

Dijeron que la gente saldría con otra actitud después del encierro ordenado para contener el avance de la covid-19 a escala planetaria, pero no contaron con ciertos hábitos muy arraigados entre el común de los mortales. No podemos decirles nada porque no somos sus familiares.

 

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