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Historias Urbanas:Pronta despedida

»Pero bueno, aquí sigo con mi boleto reservado para el viaje sin retorno. A todos los que se asoman con cara de velorio a verme les digo que tarde o temprano nos toca».

Invitado
16 de enero, 2022
Pronta despedida. Esta es la historia urbana de José Vicente Solórzano Aguilar.
 

Mi primo Juvenal se está despidiendo. Acaban de confirmarle que tiene cáncer de páncreas y los médicos le dieron tres meses de vida. No es buena noticia para empezar el año y me apresuré a llamarlo por teléfono.

«Mejor me vine para la casa», me respondió apenas le pregunté cómo estaba. «No quise pasarme el tiempo que me quedaba entre las quimioterapias y de ajuste me volviera a dar covid».

»Quiero dejar arreglado de una vez lo del terreno para que nadie venga a pelearse apenas me echen tierra en el cementerio. ¿Vos te recordás de los vecinos que vivían enfrente, los que tenían la librería? Todavía siguen con los pleitos por la herencia. Unos llegaron con su camión a llevarse los muebles, otros se dieron cuenta y vinieron corriendo con el abogado. Vieras el espectáculo que armaron. Hasta ganas me dieron de poner sillas en la banqueta y cobrar la entrada a cinco quetzales».

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»Pues me siento bien, en lo que cabe. Lo fregado del cáncer de páncreas es que se esconde muy bien y lo detectan cuando está muy avanzado. Así fue que se murió, ¿cómo se llamaba el tecladista de Deep Purple? Ah sí, Jon Lord, bien te sabés el nombre, también le dio cáncer de páncreas».

»Ya les dije a la Rosenda y los patojos que no nos compliquemos, mejor nos vamos a pasar unos días a Tikal, Río Dulce y Lívingston. ¿Para qué gastarnos el dinero en medicina y hospitales si de todos modos me voy a morir? Yo sólo espero que no vayan a meter más restricciones ahora que el ómicron está suelto en todas partes. Me costó convencerlos, pero tuve que decirles que ése era mi último deseo y cómo no le van a cumplir su última voluntad a un casi difunto como yo».

»Mirá, la verdad es que sí me bajonea. Antes de que empezara todo esto de la pandemia hablábamos con la Rosenda de hacer un préstamo e irnos de excursión a Tierra Santa, tenía mis conectes en la agencia, pero ya no se pudo. Trato de no ponerle sentimiento y procuro dejar bien arreglados mis asuntos. Pero le voy a decir a San Pedro, o al mero Colochón si sale a abrirme la puerta, “miren, ¿no se les hace injusto que todo el tiempo se lleven a la gente valiosa y dejen a tanto inmoral suelto en el mundo?”. Y no lo diré por mí, sino por gente como mi tío Juvenal; por él me llamo así».

»Vos no lo conociste porque estabas de brazos cuando lo mataron. Fue un hombre recto, leal, palabra que empeñaba palabra que cumplía. Entró a pie al concejo municipal cuando quedó de síndico y a pie salió de la municipalidad cuando los demás presumían su carrote del año. Decí que agarraron al que lo venadeó, pero para qué: a los años le dieron libertad por buena conducta y acabo de verlo en el mercado con una su bocinota, pegando de gritos como si todos estuviéramos sordos. Eso no se vale vos, no se vale».

»Pero bueno, aquí sigo con mi boleto reservado para el viaje sin retorno. A todos los que se asoman con cara de velorio a verme les digo que tarde o temprano nos toca. En este mismo momento te podés quedar tirado y no se puede hacer nada, ¿verdad? A ver cuando te venís para que nos echemos un traguito. Yo no me estoy privando de nada ahora que voy de salida».

Iré a darle su abrazo a mi primo Juvenal y lamentaré con él que la gente buena se vaya antes de tiempo, dejando al planeta en manos de los descarados y los pícaros. Hasta siempre, querido amigo.

 

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