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La historia del sastre que murió tras saltar desde la Torre Eiffel para probar su paracaídas

Franz Reichelt, sastre austriaco, fue parte de los inventores que intentaron crear un paracaídas portátil. En el caso de Reichelt, su pasión lo llevó a la muerte luego de saltar de la Torre Eiffel para probar su diseño.

La silueta de Franz Reichelt durante su caída luego de la Torre Eiffel
Isabela Pedraz
03 de noviembre, 2022

La leyenda de Ícaro es conocida y apreciada a nivel mundial por su trágico final. Varias personas han incorporado las enseñanzas de la historia a su vida, especialmente en el arte. En el caso de Franz Reichelt, la tragedia se repitió de pies a cabeza, pero en vez de alas, fue un paracaídas lo que le llevó por los aires hacia su muerte.

Nació en Viena en 1879 cuando todavía se conocía al país como el Imperio Austrohúngaro. Se sabe poco de su vida antes de mudarse a Francia cuando tenía 20 años, donde trabajaba en un local cerca de la Ópera de París. Gran cantidad de personas de la alta sociedad, especialmente quienes frecuentaban las funciones presentadas en la Ópera, acudían a Reichelt para que les cosiera trajes elegantes. Por diez años se dedicó a confeccionar trajes, hasta que una nueva pasión se le atravesó por el corazón: los paracaídas.

Una "gran idea" que terminó en tragedia

Todo empezó gracias a que los hermanos Wright estaban empezando a desarrollar planeadores y aviones. Luego de varios intentos y un vuelo exitoso, surgió el problema que debían de encontrar una forma que los pilotos pudieran bajar de un avión en vuelo sin morir.

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Los paracaídas prácticos fueron inventados en 1783.

Es así como inició el proceso de diseñar los paracaídas. No se tardó en encontrar la solución, pero todavía quedaba un pequeño problema: los paracaídas eran muy grandes, y solo servían para saltos desde muy alto. En los casos que los pilotos iban en una avioneta y se veían obligados a saltar cerca del suelo, no había espacio dentro de la avioneta ni suficiente altura para que utilizaran un paracaídas normal.

Reichelt decidió ser el primero en diseñar un paracaídas de este tipo. Su mayor dificultad fue el hecho que no tenía ningún conocimiento sobre física, por lo que sus diseños se basaban más en prueba y error.

Los experimentos de Reichelt

Las primeras pruebas las realizó con muñecos. Es ocasiones se abría la tela y lograba frenar la caída lo suficiente para que el aterrizaje no fuera mortal. Pero en la mayoría de casos, su paracaídas fallaba en medio vuelo y los muñecos caían al suelo con una fuerza que mataría a alguien de forma inmediata.

Reichelt concluyó que el factor que hacía que fallaran sus diseños y experimentos es que los muñecos no tenía el mismo peso que una persona, y no podían moverse para facilitar que se abriera el paracaídas. Es así como cambió del diseño convencional que se despliega sobre la cabeza, a un traje con alas plegables que facilitaban la movilidad en el aire.

Presentó su diseño al Club de Aviación Francés, pero fue rechazado inmediatamente por no tener resultados exitosos constantes, y también por su peso de 70 kilogramos.

Reichelt con uno de sus muchos diseños de traje paracaídas.

A pesar que los miembros del Club de Aviación Francés le intentaron convencer que se rindiera en varias ocasiones, Reichelt siguió con sus experimentos. Hasta que en 1911, luego de estudiar los diseños de la máquina voladora de Leonardo Da Vinci, el sastre se convenció que su traje paracaídas era funcional y decidió ponerlo a prueba a una altura de 8 metros. Su inventó falló y causó que, al caer al suelo, se rompiera la pierna.

El sastre aseguraba que el problema no era su diseño, sino que la altura, por lo que se puso a buscar un lugar de donde pudiera saltar.

Su nuevo escenario fue la Torre Eiffel, de 312 metros de altura. Pero en vez de saltar desde la punta, decidió probar su paracaídas desde la primera plataforma, la cual se encuentra a 57 metros sobre el nivel del suelo.

La caída al fracaso

Logró conseguir el permiso de la policía de realizar una prueba de su traje paracaídas, lo cual decidió realizar el 4 de febrero del año 1912. Amigos, periodistas, fotógrafos, y oficiales de la policía esperaban con ansias la llegada del sastre. Pero la llama de emoción se extinguió al ver que Reichelt llegó con el traje paracaídas puesto.

Le preguntaron con preocupación si utilizaría un muñeco de prueba como lo había realizado anteriormente, pero lo negó, dando la explicación que tenía fe que su invento funcionaría.

Su rostro contenía la única sonrisa entre los presentes. Antes de dirigirse hacia las escaleras, buscó a sus amigos para decirles un “los veo pronto”. Subió a la torre con el acompañamiento de los trabajadores de la Tore y un policía, quien intentaba convencerle de no saltar. Pero era en vano, ya que Reichelt estaba decidido a probar él mismo el paracaídas.

Reichelt sobre el barandal de la primera plataforma de la Torre Eiffel.

Se paró sobre la baranda con la ayuda de un par de bancos. Con una rápida inspección de las alas y la tela en su espalda, Reichelt giró si cabeza hacia la dirección a donde saltaría. Pero al ver hacia abajo, la seguridad y valentía del sastre se sacudieron con el frío viento.

Fueron cuarenta segundos los que se mantuvo parado sobre la baranda en silencio. Su mirada se encontraba fija en el suelo, un pie reposando en un banco y otro en el pasamanos. En el único video existente de su salto se ve como intenta mover su otro pie hacia la baranda, pero un sentimiento desconocido le detiene de realizar su salto de fe.

Con un leve movimiento hacia adeltante, Reichelt juntó sus pies y flexionó las rodillas para saltar hacia el vacío. Su caída duró menos de tres segundos.

El polvo de la tierra donde cayó se levantó como un telón que abría paso al ojo público de ver la gravedad de las heridas. No era necesario acercarse para saber que Reichelt había perdido la vida el momento del impacto.

Con un brazo y una pierna rota, intentaron levantarlo con la falsa esperanza de ayudarlo, pero se dieron cuenta de la sangre que corría por su rostro y de la flexibilidad de su cuerpo por la ruptura de su columna.

Luego que el cuerpo fue retirado, un espectador sacó una regla y midió el tamaño del agujero que había causado Reichelt en su caída. Descubrieron que era de seis pulgadas de profundidad.

Los restos del paracaídas de Reichelt fueron recogidos por las autoridades.

En los días siguientes, todo París se enteró del accidente y llegaban al lugar del impacto y a su tumba para brindarle respeto al hombre que se sacrificó por su pasión.

Varias opiniones acerca del acontecimiento sacudieron a la ciudad. Entre la mayoría de conversaciones se encontraba la acusación a la policía de haberle otorgado permiso de realizar el experimento. Las autoridades aseguraron que Reichelt simplemente habia pedido permiso de realizar la prueba del paracaídas, y que se sorprendieron igual que el resto al ver que no utilizaría un muñeco.

Unas semanas después, la admiración y luto se convirtieron en lástima, ya que en Estados Unidos se había realizado con éxito un paracaídas portátil para emergencias. Las pláticas que honraban la memoria de Reichelt se convirtieron en comentarios que su muerte había sido en vano.

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