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Los sobrevivientes del Holocausto afrontan juntos el fin de vida

Redacción República
27 de enero, 2015

HaifaIsrael | AFP |

por Daphne ROUSSEAU

Esta calle tranquila y umbría albergó originalmente un centro social que servía comidas a  ancianos de Haifa, un puerto del norte de Israel donde muchos inmigrantes judíos llegados por barco de Europa acabaron instalándose.

“Cada verano, cuando tomaban sus bandejas se veía que eran cada vez más numerosos los que tenían tatuado un número en el antebrazo”, recuerda Tamy Sinar, coordinadora de la asociación “Yad Ezer”, promotora del proyecto.

En 2007, gracias a subvenciones y donaciones, el centro decidió comprar o alquilar inmuebles de la callejuela para alojar, a muy bajo precio, a estos sobrevivientes del Holocausto, ya muy ancianos.

Unos 180.000 judíos que sufrieron el Holocausto viven hoy en Israel. Pese a las ayudas gubernamentales, un 25% de ellos vive bajo el umbral de la pobreza.

En “la calle de los supervivientes” ha sido necesario instalar ascensores, crear espacios comunes para el descanso o las partidas de bridge, un gabinete médico y, sobre todo, un restaurante, donde las dos comidas diarias acompasan la vida común de estos ancianos.

– “Miss Holocausto” nonagenaria-

A mediodía empieza el ballet de ascensores, con su cortejo de bastones y andadores. Viejos con gorrita y ancianas arregladas, con el pelo teñido, convergen hacia el restaurante.

Shoshana Colmer, de 95 años, cuenta, divertida, haber sido elegida en 2013 “Miss Shoah” (“Miss Holocausto”) durante un concurso de belleza organizado para divertir a los supervivientes.

Tras cada comida, vuelve a subir a su cuarto y nunca olvida llevar con ella un pedazo de pan. “Durante todo un año pesé 23  kilos”, se justifica.

“Cuando fui liberada de Auschwitz, regresé a Checoslovaquia. Ahí tampoco había nada que comer. Y en Israel también he pasado hambre. Pero aquí se come bien, es delicioso”, sonríe.

Cuando evoca el año que pasó en Auschwitz, hace 70 años, su mirada se pierde en el vacío. “Me acuerdo de todo pero no puedo decirle cómo he vivido en Auschwitz porque ya no estaba viva. Tenía miedo. Eso es todo”, dice.

Hava, cinco años menor que Shoshana, interviene: “Vivimos todo el tiempo con el holocausto. Hablamos de él, soñamos con él, y durante la noche nos despertamos con los gritos de los demás, o con nuestros propios gritos”.

“Cuando escucho a Shoshana gritar en la noche, me despierto y voy a verla, le digo una palabra dulce. Ésta es la forma de ayudarnos que existía en los campos”, cuenta.

– El olvido amenaza –

Una vez llegados al final de su vida, estos últimos testigos se ayudan recíprocamente a abrir las esclusas de la memoria. No siempre fue posible en la sociedad israelí, donde a mediados del siglo pasado lo urgente era construir y no recordar.

Desde entonces, la memoria del holocausto ocupa en el país un lugar central, incluso institucional. La enseñanza del holocausto es obligatoria en los colegios israelíes y se organizan viajes de clase a Auschwitz.

Pese a este dispositivo institucional, Judith Hershkowitz, otra residente de la “calle de los supervivientes” se pregunta qué permanecerá una vez que no haya ya abuelo o bisabuela para contar.

“Uno de mis bisnietos empezó a hacerme preguntas tras estudiar el diario de Anna Frank en la escuela. Otro ha regresado de un viaje a Auschwitz y no ha querido que hablemos de ello. No sé lo que realmente han comprendido de todo esto”, se lamenta.

Para la coordinadora Tamy Sinar, la responsabilidad de transmitir no incumbe solamente a los residentes de la “calle de los supervivientes”, sino a quienes los acompañan.

“Estoy segura que nosotros, la segunda generación, jamás permitiremos que esto caiga en el olvido”, asegura.

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