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Cuando la ley cede, la moral se infecta

Redacción
24 de julio, 2014

Manuel Baldizón nos lanzó otra bomba esta semana: renunció a Líder, el partido que él confeccionó a su medida para sentarse algún día en el trono del Ejecutivo. Su objetivo es seguir haciendo giras a lo largo del país como persona individual, no como miembro de Líder (el cual se encuentra suspendido), eludiendo así la prohibición de hacer campaña anticipada sin perjudicar por ello al partido. El currículum paralelo de Baldizón al día de hoy incluye dos acusaciones de plagio, una en su libro Rompiendo paradigmas y otra en su tesis doctoral en la Universidad de San Carlos, y una güizachada para nada sofisticada con la intención de burlar la ley electoral. 

Sobra decir que este es otro caso que pone en evidencia la falta de institucionalidad de Guatemala y la poca fuerza que sus leyes le pueden imprimir al correcto desarrollo la sociedad. Pero este tipo de acontecimientos tienen efectos más allá del ámbito puramente político-jurídico hasta llegar al campo de la moral. Si bien el derecho y la moral son sistemas de normas con características distintas, ambos se relacionan íntimamente y muchas veces se influyen entre sí. 
Ahora bien, ¿qué relación tiene la ley, la moral y Baldizón? En primer lugar, cuando la ley de un país no se funda en instituciones fuertes y funcionales que aseguren su aplicación y respeto, aquellas personas para quienes la moral no es suficiente freno a sus aspiraciones políticas serán las que eventualmente ocupen los cargos públicos. Entonces tenemos que la falta de aplicación de la ley le abre las puertas del poder a las personas más inescrupulosas y sinvergüenzas, aquellas que están dispuestas a hacer cualquier cosa para lograr sus objetivos sin importarles el reproche moral que la sociedad les haga al respecto. 
Por el otro lado tenemos la erosión moral que sufren los miembros de la sociedad. Cuando a lo largo de varios años la ley resulta incapaz de castigar al político corrupto, al que burla la ley para llegar al gobierno, las personas comunes y corrientes como usted o yo empezamos a crecer una especie de cuero que nos hace más insensibles o indiferentes a las constantes desfachateces que hacen nuestros políticos. Cuando nos enteramos de otro acto de corrupción, o cuya legalidad es dudosa, nos indignamos y lo comentamos con nuestros amigos y compañeros de trabajo, la noticia luego hace una excelente sobremesa en la cena. Después nuestras vidas siguen su curso normal en medio de una sociedad corrupta y violenta, pero que hemos aprendido a ver como normal. 
La brecha que nos separa de un país civilizado es bastante grande y mucho me temo que, en vez de reducirse, se está ampliando. Cuando oigo de casos como el de Baldizón siempre me recuerdo de Karl-Theodor zu Guttenberg, el alemán que renunció como ministro de defensa en 2011 luego que se conoció que había cometido plagio en su tesis doctoral. En un país como Alemania, donde la ley se hace respetar, la indignación moral que sufrió Guttenberg fue suficiente presión como para hacerlo dimitir. ¿Cuándo sucederá algo así en Guatemala? Luego que a Eduardo Meyer se le acusara de haber desviado Q 80 millones del Congreso, el hombre se aferró a su curul más que nunca. 
“Hagamos de la ley nuestro camino” dice Baldizón, pero entre el dicho y el hecho hay un enorme trecho y cuando Guatemala en serio haga de la ley su camino, personajes como Baldizón tenderán a desaparecer del escenario público.
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