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Carnitas y chicharrones

Redacción
28 de julio, 2014

Me siguen sorprendiendo las fotos publicadas en medios escritos sobre ciertas candidatas a concursos de belleza. Suelen posar -con pierna adelantada casi siempre- en traje de baño de dos piezas, calzado con probable riesgo de caída, sonrisa forzada y manos a la cintura. Al final, pareciera que lo que “vale”, o al menos más llama la atención, es la figura estructural de la joven con énfasis especial en la masa corporal y en ciertas dimensiones estandarizadas de parte del cuerpo. Echo de menos la reacción de esas feministas irritadas que piden cuotas para todo y la no discriminación respecto del hombre, mientras parecen obviar el manejo libidinoso de los concursos o no le dan la importancia que ameritan. 

Los certámenes de belleza son muy particulares. Hay que reconocer de entrada, que el concepto “bello” es tan subjetivo que responde al criterio particular del jurado calificador y no siempre a la mayoría del público interesado en el evento. De estandarizarse, algunos “feos” internacionalmente reconocidos o feas históricas no hubieran podido tener una vida plena. Sin embargo, muchos de ellos -o casi todos- encontraron a alguien que los viera bonitos, incluido King Kong. La Bestia y la Bella cerraron su compromiso con aquello de “la belleza se lleva en el corazón” -y sanseacabó- y Fiona se convirtió en ogra por seguir a su amor Shrek. Recientemente otra “bella” (Angelina Jolie) transformó a “Maléfica” en un ser deseado ¡Todo es subjetivo! Entonces, ¿qué razón de ser tienen y qué principios se siguen en esos concursos? Parecieran ser exclusivamente eventos hedonistas de lucimiento femenino en los que se promueve mostrar caderas, senos (naturales u operados) y glúteos prominentes. Si encima la aspirante sonríe y no dice tonterías a la hora de la entrevista, puntúa mucho más. Terminado el desfile, en el que hay que mostrar todos los ángulos posible, el jurado decide quien es la “más bella” de plantel. 
No soy mujer y evidentemente sentir como tal me resulta difícil. Sin embargo, puedo percibirlo como hombre e intentar hacer un ejercicio contrario. Esos concursos me parecen, sencillamente, una evidencia machista consentida internacionalmente y no condenada por feministas, lo que agrava el problema porque todos terminamos siendo cómplices. Corrobora mi preocupación que aunque hay eventos para hombres, son de interés mínimo, lo que refuerza que revelar la esencial corporal femenina sigue siendo un atractivo muy superior que realmente buscar un cuerpo estandarizado, lo que podría admitirse en un plano de igualdad. 
Conformamos sociedades hipócritas que proclaman igualdad pero dejan -o promueven- privilegios y costumbres porque en el fondo seguimos cantos de sirena más que convicciones propias de evolución darwiniana. En esos concursos habría que reclamar cuotas para mujeres “diferentes” porque en definitiva el estándar está tan unificado que las bajitas, celulíticas, con flotadores o pechos caídos tienen escasas probabilidades de triunfar. Así el feminismo reivindicativo pondría un toque de estupidez emergente en algo que realmente es deleznable, como es enseñar las nalgas en un festival lleno de perversos que no miran más arriba del cuello o pretenden hacer una cita en esas recepciones a las que comprometen a las concursantes con “sus patrocinadores”. Eso es basura exhibicionista de la que me libro por mi genero pero que no quisiera en mi reencarnación si es que la cosas cambia para entonces. O se es coherente o se cierra la boca, pero reclamar cuotas políticas mientras desbordan bikinis no parece la mejor muestra de coherencia feminista, ni social. 
 www.miradorprensa.blogspot.com
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