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Recordando una bitácora (3 meses después)

Redacción
15 de agosto, 2015

Tres meses se cumplirán mañana, 16 de Agosto, desde que fue la segunda manifestación histórica que cambio mi perspectiva total de Guatemala y de su gente, de nosotros.

Tres meses van ya desde que estudiantes de todas las universidades, clases sociales, religiones, niveles socioeconómicos y demás categorías sin sentido, nos unimos bajo la lluvia en ese histórico abrazo estudiantil que marcó el inicio del fin de una era marcada por barreras y discriminación.

No se me ocurre otra mejor manera para conmemorar esa fecha que volviendo a compartir esa bitácora que posteé en mi muro de Facebook aquel día. Así que, aunque algunos ya la hayan leído (pienso que no cae mal leerla dos veces), aquí les dejo mi reflexión sobre aquel 16 de Mayo, el día en que sesenta mil chapines gritamos “fuera”.

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Bitácora: cuando sesenta mil chapines gritamos “¡Fuera!”

Yo fui vestido como fotoperiodista practicante de un medio y, bajo mi aparatoso disfraz, también fui como un estudiante más que necesitaba expresarse. Casi nunca lloro, pero esta vez, cincuenta y nueve mil personas me robaron un par de lágrimas. Yo sabía que estábamos ahí por un causa justa, pero se me olvidó darme cuenta que escribiríamos, con sesenta mil estilos de letra y firmas diferentes, una larga página de la historia de nuestro país. Aquel 16 de Mayo hicimos más que manifestar; hicimos historia y gritamos “¡fuera!”.

¿Fuera? ¿Porqué gritamos eso? Yo lo grité…y a todo pulmón. Pero no fue hasta un par de horas después que descifré el porqué lo hice, ¿porqué lo hicimos?. No fue solo porque queríamos la renuncia del presidente, ni tampoco porque queríamos la renuncia de todo su gabinete. No fue solo porque quisiéramos reintegrar los tres poderes del estado, a costa de sacar a todos los funcionarios que se dignaron a desafiar nuestro himno nacional, escupiendo la faz de nuestra bandera y manchando sus colores de negro color corrupción. Gritamos ¡fuera! para que también renunciáramos nosotros.

Si, nosotros.

Nosotros, esos que nos hacíamos llamar guatemaltecos solo porque estaba escrito en nuestro pasaporte. Nosotros, esos que cantábamos el himno sin sentimiento, distraídos y bostezando. Nosotros, esos que preferíamos la cultura de otros países antes que la nuestra y que buscábamos la riqueza en tierras ajenas en vez de cosechar un tesoro en las nuestras; fértiles y vírgenes. Nosotros, esos a los que nuestra patria nos valía madre, y que teníamos colgada una bandera en nuestro cuarto que simbolizaba nuestra hipocresía. Nosotros, esos guatemaltecos que de guatemaltecos no teníamos nada.

Tuvimos que tocar fondo. Pero lo tocamos y renunciamos.

Esta vez llovió. Se arruinaron las pancartas pero no nuestras esperanzas. Caminamos entre calles inundadas que arrastraron con corriente todo nuestro patético pasado para que naciéramos otra vez.

Esta vez cantamos. Y no cualquier cosa. Cantamos nuestro himno, la canción más hermosa; nuestra canción. Y no lo hicimos una vez, lo hicimos más de seis veces, hasta que cada palabra entonada representó ese verdadero significado con el que fue escrita. Hasta que cada estrofa nos sacó una lágrima. Hasta que nuestra garganta nos dijo “ya no” para que cantáramos una vez más.

Tal vez no renuncien todos los corruptos, tal vez jamás se vayan del todo, pero lo importante es que le gritamos “¡fuera!” al bandido más significativo: a nosotros mismos. Lo sacamos con carteles, gritos, porras, canciones, bailes y caminatas. ¡Fuera! ¡Fuera a ese falso chapín! Ahora somos nosotros mismos, los verdaderos hijos de la patria. Nacimos otra vez; somos primavera encarnada, primavera inmortal.

Logramos sin choque sangriento, con una manifestación de paz, colocar la reputación de Guatemala en un trono de amor.

 

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