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Un momento para reflexionar

Redacción
24 de agosto, 2015

El viernes pasado inicié mi día sin imaginar lo que habría de suceder en Guatemala. Por un lado, la esperada captura de Roxana Baldetti, la cual no me sorprendía demasiado, pues se sabía que el Ministerio Público y la CICIG estaban efectuando una investigación en su contra. Por otro lado, la sorpresiva solicitud de antejuicio en contra del presidente Pérez Molina, quien parecía haberse librado política y judicialmente del caso La Línea.

Volví a recordar el mes de abril, y ese sentimiento de incertidumbre que provocó ver las capturas de altos mandos de instituciones claves para el Estado como la SAT o el IGSS. Como politólogo, mi mente comenzó a hilvanar posibles escenarios, intenciones, objetivos políticos, y todo eso que pareciera tan emocionante para un analista.

Sin embargo, en medio de la tensión y la algarabía, sentí la necesidad de tomar un tiempo para reflexionar, no como analista, si no como ciudadano guatemalteco, sobre lo que está sucediendo en nuestro país.

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Mucho se habla de aires de cambio. Se dice que ha habido un despertar ciudadano en contra de la corrupción, de la ineficiencia del Estado, y de las prácticas clientelares de la clase política. Hay cierto optimismo en el ambiente, en cuanto a que Guatemala eventualmente saldrá de ese hoyo en el cual ha estado sumergida desde hace mucho tiempo.

No obstante, en nuestra cultura, en nuestra forma de ser y entender el mundo, quizás no hemos internalizado las implicaciones de lo que ocurre ante nuestros ojos. No cabe duda de que hay hambre y sed de justicia. Sin embargo, me pregunto, ¿ha sido nuestra respuesta ante la crisis la adecuada? ¿No es lo ocurrido el viernes producto de un problema aún más grande?

Pareciera que nuestras energías se enfocan en los altos funcionarios públicos, pero quizás un presidente o una vicepresidenta corruptos no sean el problema. Los liderazgos que hemos tenido son producto de la degradación moral de nuestra sociedad, y en esa, somos culpables todos.

No puedo negar que inicialmente mi reacción ante lo sucedido fue de emoción. Luego me colmé de cierta congoja. Es motivo de suma tristeza comprobar que nuestros gobernantes no utilicen el poder para el bien común, si no para objetivos personales. Esto me hace reflexionar por un momento: ¿Qué hago yo en mi día a día que ha contribuido a crear este sistema? ¿Soy responsable yo de lo que está sucediendo?

Queremos justicia, queremos que los corruptos paguen por sus actos, y si es posible, que devuelvan lo que tomaron ilegalmente. Pero nuestros objetivos como sociedad no deben detenerse allí. Debemos tomar un tiempo para meditar en qué aspiramos a ser como nación luego de esta crisis. Para mí, la salida de un presidente o una vicepresidenta no es suficiente. La cancelación de un partido político o de un proceso electoral tampoco lo es.

Para mí, es necesario un proceso de transformación interna, tanto individual como colectiva, que nos permita crear un sistema donde reine la justicia y la paz, donde nuestros gobernantes sean motivos de orgullo, y que podamos un día salir a la calle a celebrar sus aciertos, más que el castigo a sus errores. Si esa transformación sucede, entonces ha valido la pena todo lo sucedido en esta crisis. De lo contrario, solo haremos cambios en el diseño de nuestras instituciones o de gobernantes, sin haber tocado ni un poquito lo que realmente sostiene una sociedad: sus valores y principios.

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