Política
Política
Economía
Economía
Finanzas
Finanzas
Emprendimiento
Emprendimiento
Premium
Premium
Guatemala
Guatemala
Internacional
Internacional
Opinión
Opinión
Inmobiliaria
Inmobiliaria

Otto Pérez en unos 100 años

Redacción
28 de agosto, 2015

Cuando todos los que hoy existimos hayamos muerto y la marcha de este país esté en las manos de los hijos de nuestros hijos, los libros de historia seguro no ahorraran palabras para describir lo que en estos días hemos vivido. Con todas las desgracias que Guatemala cuenta, al menos tendremos la dicha de decir que nosotros fuimos testigos de momentos en que la historia se estaba haciendo.

¿Por qué?

Otto Pérez Molina –ahora si ya no nos queda la más mínima duda– será recordado como el peor presidente de Guatemala, a menos que el destino se porte ingrato con el guatemalteco y nos tenga preparado uno peor. Desde sus inicios Guatemala ha tenido muy malos dirigentes, por no decir nefastos. Pero al menos muchos de ellos tuvieron la decencia de tratar de hacer gobierno según una idea que creían era correcta. Otto Pérez Molina no, él hizo gobierno como un criminal, pero no de cualquier tipo, sino del más vulgar y simplón de todos: como un ladronsote de apetito insaciable, un hombre que no pudo portarse inteligente, con escuela, y guardar apariencias de buen estadista mientras hacía dinero. Prefirió por el contrario sentirse intocable y robar a raudales, bañarse en lujos que para la mayoría son inimaginables mientras la gente de a pie, a quien él juró servir, era víctima de la violencia en las calles, mientras que los más pobres encontraban hospitales públicos sin medicinas, ni siquiera camillas; donde muchos, buscando encontrar alivio a sus enfermedades, terminaron por encontrase con la muerte.   Y para hacer su historia todavía más ramplona, toda esta corrupción siempre estuvo envuelta en una novela de amor, incomprensible para muchos de nosotros, con su vicepresidenta, mujer que en unos cuantos meses pasó de volar en jets privados a acomodar su cuerpo y espíritu en una sucia cárcel.

SUSCRIBITE A NUESTRO NEWSLETTER

Pero ganarse el puesto del presidente más nefasto no fue tarea fácil. Otto Pérez Molina tuvo que pelearse el puesto con gladiadores de peso completo como Vinicio Cerezo, Alfonso Portillo y Álvaro Colom (Sandra Torres, sí se quiere) y con incompetentes como Óscar Berger.

El 27 de agosto de 2015 cerca de 70 mil guatemaltecos se arrojaron a las calles para pedirle a Otto Pérez Molina, por enésima vez, su renuncia. La Plaza de la Constitución estaba a su máxima capacidad, el sonido de las vuvuzelas y los pitos era ensordecedor y el sol quemaba la frente. Había de todo: niños y viejos; estudiantes, profesionales y empresarios; hippies y conservadores; religiosos y ateos, blancos y morenos; todos los sectores estaban representados allí. Fue un gesto realmente impresionante para un país que se ha distinguido desde hace mucho por la apatía política del ciudadano.

El gobierno de Otto Pérez Molina habrá de terminar sin poesía, sin gesto heroico alguno. Por la codicia enferma de él, de su vicepresidenta y de muchos que le rodearon, el Partido Patriota será recordado para siempre como una banda de ladrones. Pero dos méritos le reconozco a Otto Pérez Molina. El primero es que a él le debemos el hecho que el guatemalteco haya descubierto que sí tiene una patria, y que la debe defender. El segundo es que nos hizo entender que la justicia no sólo se pelea en los palacios de justicia sino también en las calles y las plazas.

Muchas gracias, Otto Pérez Molina. La historia no se olvidará de usted.

 

SÍGUENOS EN
TE PUEDE INTERESAR