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Objetivismo: la respuesta moral del contractualismo

Redacción
02 de septiembre, 2015

La respuesta que ofrece el Contractualismo, del cual es padre el filósofo del siglo XVII, Thomas Hobbes, es que una acción, o práctica, o ley, es moralmente permisible, si los principios en los que se basa, son resultado de un acuerdo entre los miembros de la sociedad. La responsabilidad moral resulta de las acciones deliberadas que se ajusten o no a los principios acordados en el contrato social. Uno debe ser moral, porque uno acordó, por medio de un contrato, explícito o tácito, ser moral.

Según los contractualistas, la gente se restringe voluntariamente porque esperan obtener un mejor resultado que de no hacerlo. Lo que motiva a la gente a acordar y cumplir los incisos del contrato inicial es el interés propio.

David Guthier, el contractualista contemporáneo dice en su libro Morals by Agreement, que la moral por acuerdo es una racional contractual para distinguir lo que uno puede o no hacer. Los principios morales se incluyen como acuerdos entre personas racionales. Guthier considera que una moral basada en un contrato, restringe el interés propio de una persona en formas que a la larga le son verdaderamente más ventajosas. Rechaza la intuición como base moral, y considera que para ser racional hay que ser moral.

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El Contractualismo es atractivo para muchos, pues parece ser de sentido común, que si una persona acepta hacer algo, es totalmente justo exigir que cumpla su palabra. El consenso es garantía suficiente para la obligación. “Usted dijo que lo haría, entonces usted debe hacerlo”, es una regla tan básica de las relaciones humanas, que parece ser un buen principio. Comparado con el intuicionismo, es en extremo simple, sin “verdades morales evidentes” que uno deba descifrar. La moral contractual no impone obligaciones no aceptadas –una persona sólo se obliga a lo que ha aceptado hacer. Los contractualistas alegan, además, que es un sistema moral realista, pues acepta a las personas como realmente son. Reconoce que la gente tiene una amplia diversidad de valores, fines, gustos y deseos, y funciona bien con toda esta pluralidad de intereses al permitir a cada individuo buscar conseguir sus diferentes ideales, en tanto no viole las reglas morales acordadas. Es decir, que uno puede hacer lo que quiera siempre y cuando no viole lo acordado. El Contractualismo construye una moral, como una serie de reglas básicas de conducta, necesarias para mantener el orden requerido para que las personas puedan buscar sus propios fines.

En consecuencia, no hay límites a las reglas que puedan adoptarse en el contrato. Cualquier código moral es válido, en tanto la gente esté de acuerdo, de tal manera que lo que se acuerda obliga.

Pero si no hay consideraciones extra contractuales que rijan las reglas que puedan adoptarse, no hay manera de condenar las atrocidades que un grupo de gente pueda acordar. Entonces, si uno está de acuerdo con reprimir a la mujer y obligarla a vestir el burqa, esta moral es correcta. O si uno acuerda el matrimonio entre adultos y niñas, esto es correcto. O si uno acuerda que las mujeres son animales domésticos, y que hay que pegarles para que obedezcan, esto también es correcto. Y tirarle ácido a la cara de la mujer desobediente, desde luego que es correcto si así lo acordamos. Y si acordamos bañarnos públicamente desnudos en la playa, como hacen los nudistas, también es correcto.

¿Y qué obliga a cumplir la palabra empeñada? Deberíamos suponer una obligación pre-contractual. Entonces el contrato no es la respuesta a “¿por qué ser moral?” Se necesita una razón extra contractual que obligue a cumplir la palabra, y esto es reconocer que el contrato no es la fuente fundamental de la obligación moral. Además, para que la gente acepte el contrato, debe considerar que éste es justo. ¿De dónde viene la autoridad moral que establece que algo es justo?

Además el Contractualismo no tiene forma de obligar a aquellos que no firmaron el contrato. Sólo alcanza a los firmantes. Por lo mismo no ofrece ninguna base para criticar a aquellos que no estuvieron de acuerdo ni respetan los términos del contrato.

Otro problema que tiene el Contactualismo es que sólo da un aspecto social de la moral, al tratar con obligaciones entre personas. Omite por completo la conducta referente al agente, a cuidarse a sí mismo. A lo sumo el Contractualismo sería un fundamento incompleto para algunos elementos morales.

No obstante, los contractualistas contestan a las críticas diciendo que los términos del contrato moral evitarían el relativismo, porque estos sirven para permitir que una persona alcance sus propios intereses y ese es el camino más razonable. El problema es que citar el interés propio o la razón como fundamento de la obligación moral es distanciarse de Contractualismo. Fortalecer el Contractualismo usando elementos extra-contractuales que establezcan la obligación de cumplimiento, muestra que el acuerdo mutuo no es el fundamento último de la obligación moral. El Contractualismo no puede originar la obligación moral siendo verdaderamente contractualista. Si la razón o el interés propio explican la obligación, el contrato es un instrumento incompleto para generar las obligaciones, e insuficiente para ser la base de la moral, y por lo tanto, es irrelevante e innecesario.

A lo que objetan la mayoría que critican el Contractualismo, es al egoísmo o interés propio como generador de obligaciones. Consideran que el Contractualismo no es una teoría moral si la gente acuerda restringirse en ciertas acciones porque le conviene, porque promueve su propio interés, porque le ayuda a alcanzar sus fines. Le falta al Contractualismo el carácter distintivo moral del “deber”. Es sólo una estrategia para servir al interés propio. Además, si el interés propio es lo que motiva a aceptar el contrato, también motivará a violarlo o rechazarlo cuando interfiera con el interés de uno. Por lo tanto no se puede basar la moralidad en el interés propio, dicen.

De hecho esta conclusión, que comparte el Contractualismo es errada. Consideran quienes así piensan que se puede servir mejor el propio interés violando lo moral. La moral sólo se concibe como una restricción al interés propio. Por tanto, la moral se visualiza como la segunda mejor opción para promover el interés propio. Si esta concepción de la moral fuera correcta, y la moral representa un mal necesario, la lógica del beneficiario gratuito es impecable. La moralidad, por tanto, debería eludirse cada vez que sea posible.

Hobbes responde al problema del beneficiario gratuito afirmando que una persona no puede estar segura que le será beneficioso desobedecer las reglas. Puede ser que cumplir con las reglas sea de su interés, porque uno no sabe cómo pueden cambiar los acontecimientos. Lo que es más, dice, uno necesita aliados. Particularmente, en nuestra natural condición antagonista de guerra, ningún hombre puede esperar que su propia fuerza o ingenio lo libre de la destrucción, sin la ayuda de aliados. Así que al quebrar el contrato, una persona se aislaría, tontamente, de otros, cuya amistad y ayuda necesita. Así que la mejor estrategia es la cooperación consistente. Según los contactualistas, el beneficiario gratuito se equivoca al creer que es de su interés hacer trampa, cuando de hecho no es así.

La objeción de los contractualistas al beneficiario gratuito, no consiste en que éste no pueda servir mejor sus intereses apartándose de las reglas morales por la naturaleza de los intereses o de las acciones inmorales, sino que en base a que sacrificar los beneficios que derivaría de ser inmoral es una mejor apuesta. El Contractualismo no invoca un estándar de bienestar objetivo que no se conseguiría siendo inmoral. Tampoco sostiene que sólo la adherencia disciplinada a un código particular de acción puede aumentar el bienestar personal. Lo que dice es que es mejor sacrificar algo del interés propio para conseguir la seguridad que da la fuerza grupal. El argumento de Hobbes, de que una persona no debería arriesgarse a alienar aliados potenciales haciendo trampa, implica que hay intereses que podrían servirse mejor violando las reglas, es decir, cuando pueda hacer lo que quiera. De hecho, esta mentalidad sugiere que si uno no es descubierto, es mejor violar las reglas. El escenario ideal, entonces, es aquel en el que la violación de la moral pueda hacerse sin ser detectado.

El Contractualismo no puede establecer qué se desvía del interés de las personas, pues no pueden establecer objetivamente lo que es de interés para cada quien. Una teoría subjetiva de intereses no sirve para criticar ninguna decisión de desviarse del contrato. ¿Qué es de interés personal? ¿Acaso ser reprimida y llevar burqa en la playa? O, ¿flagelarse y mutilarse? O, ¿andar desnuda en la playa? O ¿entrenarse para fortalecer el cuerpo? El interés objetivo no depende de cada quién, no es asunto arbitrario ni de gustos. El interés objetivo depende de una explicación de lo que es de interés, y de estándares apropiados para medirlo. Ahora la objetividad del interés debilita el argumento Contractualista, pues el papel del contrato sería menor, al apelar al egoísmo prudencial como base de la obligación moral.

Pero la falla más importante y fundamental del Contractualismo reside en su falta de fundamento para establecer las raíces de la moralidad. Su acercamiento a la autoridad moral es muy superficial, porque es muy social, basado en las actitudes y acciones de los otros. Según el Contractualismo, el problema fundamental a salvar por la moral son los otros. Es la amenaza de los intereses de los otros la que nos lleva a hacer las paces y establecer reglas de moralidad. Y es la perspectiva de que otros descubran las transgresiones lo que conduce a adherirse estrictamente al contrato. En ausencia de otra gente, el concepto de moralidad, no surgiría. La sociedad es la que define la moral para el Contractualismo; lo que un grupo de personas desean, determina las prescripciones morales. El Contractualismo, al asumir que lo que la gente acuerda hacer es la base de la obligación moral, falla en reconocer una necesidad más primitiva y natural de actuar de cierta manera y no de otra. Al suponer que la moralidad es cuestión de un arreglo opcional y contingente, que depende sólo de los deseos de un grupo de individuos, falla en identificar lo que verdaderamente está en juego cuando actuamos.

Cualquier código moral construido en base a los deseos de un grupo es tan caprichoso como el gusto popular. Al ser tan inconstante, el Contractualismo falla en proveer un código moral que llene la función de la moral.

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