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Lecciones de un debate

Redacción
27 de septiembre, 2016

El pasado lunes 26 de septiembre se celebró en el campus de una universidad norteamericana, el tan esperado debate presidencial entre Hillary Clinton y Donald Trump. El encuentro ofrecía espectáculo por anticipado. Con candidatos que no han sido necesariamente populares con las bases tradicionales de los Partidos que los postulan, y un nivel de Virulencia verbal que ambos se han recetado mutuamente durante toda la campaña, la mesa estaba servida. Y podemos decir que el encuentro, en esto, no defraudó las expectativas.

Sin entrar en los méritos o debilidades de las propuestas de uno y otro –que dicho sea de paso fueron bastante escasas-, el debate se concentró en el récord personal de cada candidato. Esto hizo que los 90 minutos fueran una seguidilla de descalificaciones y señalamientos para minar la credibilidad del contrario, que realmente se tornó en ocasiones hasta aburrido. Pero no es allí donde quiero centrar el análisis. A pesar de este giro negativo que tuvo el debate, sí se hizo evidente la diferencia entre un candidato y otro, lo que al final pesó en la opinión de la mayoría de analistas que terminaron levantando la mano de Clinton como vencedora la prueba. ¿En que radicó la diferencia? Yo lo atribuiría a la preparación para un debate. La candidata demócrata hizo su tarea. El republicano, quizá confiando en sus propias capacidades, llegó al encuentro a repetir estilo y mensaje. Por lo visto esto no le fue suficiente.

¿En qué consiste esa preparación y en qué momentos del debate se hizo evidente? Está claro que en el manejo de los datos la candidata demócrata tenía mayor dominio. En cuanto a las “frases titular” la ex secretaria de Estado las tenía muy ensayadas y las colocó el momento correcto. Al menos hubo cuatro de ellas. Trump en esto se vio menos efectivo. El trabajo de inteligencia que efectuó el equipo de Clinton sobre la personalidad e historia del republicano fue igualmente certero. Los casos en que Trump fue señalado, con fechas y circunstancias, hicieron que el candidato pasara los últimos 60 minutos a la defensiva. La genialidad de llevar a uno de los personajes afectados por el multimillonario, y ubicarlo en la audiencia tuvo también un impacto considerable. Por último, una tarea clave de un buen debatiente es tener preparado un juego de contra argumentos, para derribar la acusación del contrario. Trump se enredó en sus explicaciones; Clinton con una simple mirada a su tarjeta guía, utilizaba el mensaje que le interesaba colocar. En fin, estos cuatro temas son parte de la tarea obligada de candidato y equipo. Fue de lo que careció Trump. Hay que recordar que el buen instinto no sustituye, como se ha probado tantas veces en la política, a la buena preparación.

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Mucho se dirá de cuánto este debate realmente impactará en el electorado. Eso está por verse. Pero lo cierto es que ningún candidato quiere ver su nombre asociado a una derrota en el intercambio de ideas, porque ello conlleva riesgos eventuales en el marco de la campaña electoral. Tampoco es excusa decir que por dirigirse a un electorado base puede uno romper libremente las reglas de la buena comparecencia en un debate. Esta actitud de ser el iconoclasta e irreverente funciona quizá para aleccionar a sus votantes duros, pero no para ganar a los indecisos, que en este caso es lo que está en disputa. También hay que decir que del otro lado no necesariamente se tiene a una candidata que presente ideas claras o que transmita la transparencia que el electorado demanda. Pero al menos, y en este round, ha sabido sacar partido de las debilidades del adversario, haciendo algunas de sus tareas. Esa es, al menos para este primer debate, una importante lección.

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