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Cooptación del Estado: Crónica de un día en la audiencia

Eder Juarez
29 de julio, 2016

Eran las 7 horas cuando las puertas de la Torre de Tribunales se abrieron para recibir a los implicados en el caso Cooptación del Estado, los sindicados bajan del autobús del Sistema Penitenciario (SP) identificado con las siglas SP-014, para continuar un día más de audiencia.

De inmediato se enfilan para que los guardias del Organismo Judicial (OJ) los revisen de pies a cabeza. Minuciosamente los inspeccionan como que fueran un escáner, por un momento quedan solo en calcetines o medias. Al bajar la rampa se escuchan los gritos de la moral correcta y rectitud de vida de los reos que se encuentran en las carceletas.

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La primera vez que se oyen esos gritos asustan, por un momento se piensa en la posibilidad de que estos jóvenes, vinculados con pandillas, escapen y salten sobre quienes pasan por ahí, con igual furia con la cual insultan.

[/quote_center]Así inicia una larga caminata de escalones hacia la Sala de Vistas de la Corte Suprema de Justicia entre micrófonos y luces de las cámaras de los periodistas que buscan captar un gesto diferente, una declaración reveladora o simplemente reportar que “en estos momentos ingresan los acusados…”

Momentos más tarde se escuchan varias radiopatrullas con sirena abierta que trasportan al exbinomio presidencial, Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Con dignidad de mandatarios de Estado aún, viajan aparte de todos los sindicados en vehículos del Sistema Penitenciario, eso sí, también pasan por el registro de las manos de los guardias de tribunales.

Luego sigue la rutina, caminan y pronto se escuchan los gritos de los reos contra Baldetti en frases censuradas para un medio de comunicación. Al menos como periodistas no se entiende por qué gritan. Ellos no se inmutan, la costumbre de escucharlos durante los 27 días de audiencia, a estas alturas, los hizo indiferentes.

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Ya en el tercer piso de la CSJ son revisados de nuevo por agentes del Organismo Judicial antes de ingresar en la Sala. Son las 8:30 horas. La “palomilla” de abogados y acusados se encuentra en la Sala de Vistas a la espera que ingrese el Juez que lleva la causa. En la otra esquina el Ministerio Público, ya habiendo expuesto sus sindicaciones, espera iniciar sus investigaciones con ansias.

[/quote_center]Para periodistas y público visitante las condiciones de revisión son un poco distintas, antes de ingresar en la sala también pasan por el control de OJ. Cruzamos el detector de metales y la inspección de sus pertenencias, no pueden ingresar ningún tipo de alimento o agua, la cual deben dejar en una mesa designada para estos artículos.

Antes que llegue el Juzgador, en la sala hay pláticas entre los implicados con sus abogados e intercambios de chistes y conversaciones con otros sindicados. Ya pasada la vergüenza inicial de la captura y los primeros días en la cárcel, todo se reduce a adaptación y sobrevivencia. La costumbre gana terreno mientras la vergüenza lentamente se va…

Nosotros como reporteros que cubrimos la audiencia, atentos para tomar cualquier detalle. Dedo en los botones de las cámaras, con el celular a la mano y sentidos afilados. Son las 9:15 horas y por fin ingresa en la Sala el juez Miguel Ángel Gálvez, quien saluda a todos los presentes y como si fuera un “colegio”, inicia a pasar lista de quienes se encuentran presentes.

Posteriormente inicia con lo programado del día. Durante la audiencia los sindicados mantienen ánimos distintos, unos ríen, susurran y cruzan miradas, otros tienen la mirada fija, parecen serenos y meditabundos… Ya no hay nervios o pánico escénico. Se desentienden de lo que ocurre en la Sala por el aburrimiento de pasar entre 5 a 7 horas de escuchar la audiencia. El juez Gálvez repite su frase favorita: “me llama la atención…”

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La resolución del jurista, que lleva cinco días y que concluyó este martes, fue criticada por lo extenso, de un lado, mientras que por otro alaban la sapiencia como juzgador. Su dominio en el escenario, radar para localizar documentos, el manejo de sus manos y su dedo anular que señala en vez de su índice, son dignas de imitar. Incluso su muletilla de “Me llama la atención” o “me parece interesante”, se convirtieron en la línea “pop” de moda.

[/quote_center]Cada palabra de Gálvez es un paso más cerca al destino de los implicados. La idea que el cumplimiento de la justicia disponga de la vida de los demás al robarles su libertad es aterrador, pero eso también funciona cuando la corrupción se roba la educación y la salud.

Pese a todo esto, la fe de los implicados fue su aliada. Leían la Biblia, oraban, y rezaban en las largas jornadas que se vivieron en las audiencias. Tal fue esa búsqueda de espiritualidad que hasta un fraile llego a bendecir a algunos sindicados.

¿Dónde está Dios en todo esto si soy inocente o culpable?, ¿hace justicia dura o defiende al que clama?, ¿de qué sirve escribir padres nuestros en cuadernos o convertirse en cristiano tras las rejas?, ¿todo ese arrepentimiento solo usa a Dios como escudo?, ¿o es miedo al castigo judicial?

Son las 13.15 horas cuando el Juez da un receso para almorzar y los sindicados se toman el tiempo para conversar con los pocos familiares que los llega a ver. Sabemos que no hay capacidad en el juzgado para albergar a tantos de sus seres queridos. Asaltan otras preguntas: ¿Qué sentirán al ver así a sus parientes?, ¿de qué hablarán? Uno supone que preguntan por los hijos, el compañero de hogar, los padres y hasta por los amigos.

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El juez reinicia la audiencia y empieza a resolver. Solo cuatro personas se sienten liberadas, porque les dictó “falta de mérito”. Otros también sonríen y se persignan, pues los ligan por un delito de dos o tres indilgados por el Ministerio Público. Los medios de comunicación lo reportan de inmediato y pronto el tema se vuelve “tendencia en las redes”.

[/quote_center]En el ambiente se siente una descarga de energía, la tensión acumulada desaparece y el juez anuncia que, por hoy, finaliza la jornada. Todavía falta saber contra quienes dictará prisión, pero eso será otro día.

Los sindicados empiezan a salir de la Sala, guardias de Presidios se acercan a ellos para colocarles los grilletes. Nuevamente sus manos y su voluntad responden a los custodios. Vuelven a bajar hasta el sótano donde ya les espera el bus que los regresará a la prisión en donde seguirán detenidos.

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